El tallerista

Un recreo de todo esto | Por Valeria Tentoni

La última en irse siempre era Francisca. Ensayaba alguna excusa para retrasarse y en vez de salir con el grupo de alumnos se quedaba hojeando algún libro, prometiendo alcanzarlos después. Él lo sabía: después iban a un bar y ese era el único taller literario al que asistían. Se pasaban lecturas, se criticaban entre sí. Lo criticaban a él, a su manera de arrastrar la ene que no podía frenar a tiempo; una melodía que entre pares lo volvía especial pero que fuera de ese mundo lo convertía en un idiota.

Francisca, entonces, cuando volvía del pasillo, de abrirle la puerta de calle a los otros. Francisca sentada en una de las sillas alrededor de la mesa. Las piernas cruzadas, acariciándose el pelo por el costado, dejándolo caer sobre su hombro izquierdo. No la había besado ni una vez. De tanto ofrecimiento, lo había asqueado. El juego, además, subsistiría mientras no la tocase. Una vez quebrada esa valla, Francisca no iba a volver al taller. Él podía proyectarlo a la perfección: iba a empezar a faltar cada tanto y, en algún momento, iba a llamarlo por teléfono para decirle que los horarios se le complicaban, que no podía pagar más. Algo así, una excusa de esas que conocía de memoria. Cuando un alumno lo llamaba para dejar de ir, él podía saberlo con la primera línea de diálogo.

Hacía poco más de un año que Francisca estaba yendo a su casa y él todavía no se explicaba bien cómo había terminado por arrogarse la potestad de someterlo a una hora, a veces dos horas más de clase. Francisca le hacía muchísimas preguntas. Preguntas insólitas, preguntas de revistas del corazón. Que quién era su autor fetiche, que cómo se predisponía a escribir, que cuál era su comida favorita. Abría la boca y dejaba salir pájaros con pico de pato; pájaros que no podían levantar vuelo por el peso de su pico. Se reía de todo, de cualquier respuesta que él le diese. A veces, por pura crueldad, respondía cualquier delirio. Ella lo compraba todo. Tarde o temprano le ofrecía café, pero era sólo para poder tomarse uno también. Con el ingreso mínimo que lograba de los alumnos, las liquidaciones penosas y algunas colaboraciones sueltas, en clase apenas podía ofrecerles mate.

Francisca, entonces, se sentía bienvenida. Lo cierto es que él jamás hizo nada para echarla, aunque durante todo el tiempo en que ella permanecía en su casa se sentía algo incómodo. Las preguntas que Francisca le entregaba no eran para él. Eran preguntas para estrellas de cine, para presidentes. Preguntas para escritores exitosos, y él no era uno de esos. De algún modo, echarla de una buena vez por todas de su casa era hacerse cargo.

Había notado que a sus compañeros no les caía del todo simpática. Un poco, suponía, por envidia –o eso quería creer. Ellos probablemente imaginaran que sí se estaba aprovechando de ella. Otro motivo no se le ocurría. Durante las clases, Francisca participaba poco y apenas leía. Llegaba sin la consigna hecha y se limitaba a fumar en una esquina, jugando con la gata.

A Raimonda tampoco le caía bien, pero ella insistía en acariciarla y subírsela a las piernas. La gata quería bajarse. La arañaba, pero Francisca la rodeaba con manos firmes y la sometía a su cariño. Era un espectáculo penoso pero nadie intervenía. Había dos o tres buenos alumnos. El resto eran desechables, y era cuestión de tiempo que se diesen cuenta solos, ¿para qué adelantarles los motivos? Tenía uno, además, que era mejor que él, mucho mejor que él. A ese le hubiese encantado poder echarlo sin dar explicaciones.

Francisca había leído todos sus libros, y eso era algo parecido a un logro. Muchos no se habían reeditado y sólo se conseguían usados o en mesas de saldos. Por eso jamás entraba a las librerías: no quería encontrarse entre las sobras. Que ella los hubiese rastreado, encontrado y leído constituía el sacrificio más grande que alguien hubiese hecho por él jamás. ¿Podía ahuyentarla? ¿No sería eso ahuyentar a la única persona en el mundo que se interesaba por su obra? Francisca le daba miedo, pero no la quería lejos. Sabía pasajes completos de sus novelas de memoria. A veces se los recitaba y le preguntaba por ellos; eran preguntas complicadas que él no sabía responder.

Vivía en un dos ambientes ridículamente pequeño. En el primer cubo del departamento daba clases, en el otro dormía. Los libros ocupaban toda la casa. Odiaba que le hurgaran la biblioteca. Francisca escarbaba entre sus tomos, los desordenaba, los tomaba sin pedir permiso y recitaba en voz alta. “¿Cuándo leíste este libro por primera vez?”, preguntaba. Tenía por norma declarada a sus alumnos que él no hacía préstamos.

Se había divorciado hacía tantos años que no se acordaba del segundo apellido de su ex mujer. Iba camino a convertirse en un viejo y estaba solo. Pero no, no la había besado ni una vez.
Francisca, de todas maneras, jamás se le había ofrecido literalmente. “¿Qué estás escribiendo?”, preguntaba, sin variar el timbre, cada vez que se veían. Y él no estaba escribiendo. Hacía mucho que ya no escribía, pero no podía decirle eso. Ni a ella ni a sus alumnos, que terminarían por esfumarse si no se diluían antes por otros motivos.

Desde que había ganado cierto premio, no escribía. El premio había sido letal. No porque considerase que el trabajo del escritor debiese permanecer a resguardo de intereses profanos. No porque la presión de los críticos lo hubiese atemorizado. No escribía porque sabía que no se había merecido el premio y ese saber lo humillaba. Que lo habían elegido por no elegir a otro que había quedado finalista, como él, pero que a último momento había tenido una discusión con uno de los jurados. Y que había quedado finalista porque, según le había confesado una escritora amiga en una noche de borrachera, su novela se había traspapelado entre las otras.

Para lo único que le había servido el premio: los alumnos. Desde que en el suplemento cultural del diario habían publicado su nombre, decenas de jóvenes como Francisca habían querido estudiar con él. No podía decirles mucho. Escribir se había vuelto algo tan lejano como saltar a la soga. No se acordaba bien de cómo se hacía eso de mantener el equilibrio en movimiento, de levantar los pies en el momento justo. Así que se limitaba a escucharlos y a opinar, por lo general, con menos gloria que ellos.

Cada vez, por otra parte, eran menos. Conforme pasaban los años y él seguía sin publicar nada nuevo, el flujo decrecía. Las preguntas de su enamorada se le aparecían como un reclamo. Uno que, además, recibía como legítimo. Parecía ser la última persona en la tierra que todavía esperaba algo de él.

Un día Francisca faltó a clase sin avisar antes por teléfono. No era su costumbre. Ella jamás faltaba. Sus compañeros celebraron el descanso con comentarios más inteligentes y textos mejor resueltos.

Cuando se fueron se sentó frente a la computadora, quiso escribir. Intentó completar la consigna que les había dado esa misma tarde a sus alumnos y no pudo. Escribió, borró. Borró. Raimonda dormía contra la puerta como una piedra negra y brillante. Levantó los ojos y lo miró. Se acercó a él, maulló un poco. Le dejó leche en el tazón. Salió al patio interno, miró hacia arriba. Los departamentos se sucedían uno detrás del otro y apenas se llegaba a ver el cielo. Iba a llover, lo sentía en los huesos.

Prendió el televisor. No tenía cable, y la imagen que el aparato le devolvía estaba cruzada por líneas de hormiga. Alcanzó a encontrar una figura de mujer hablando en el noticiero. La voz de la periodista retumbaba entre los libros. La gata volvió a su puesto. Apagó el televisor.

Volvió a hasta donde estaba la computadora. La dejaba prendida cuando sus alumnos venían, en un archivo en blanco, para que creyesen que lo encontraban trabajando. Una línea corta y negra titilaba al inicio del documento como una señal de tránsito. En el fondo no había nada.

¿Por qué no había venido Francisca? No dejaba de preguntárselo. Le dolían los huesos, la humedad le arruinaba las articulaciones y el humor. Sacó un libro de la biblioteca e intentó leer. No se acordaba de haber terminado ese libro. No recordaba la trama, el engrudo de la historia. Apagado entre sus recuerdos, lo devolvió a su puesto y sacó el siguiente. Lo mismo. Estuvo varias horas excavando en su biblioteca con igual resultado. Se dio cuenta de que le costaba retener la trama del último libro que había leído. ¿Hacía cuánto no leía un libro nuevo? ¿De qué estaba hecho, sentado ahí martes y jueves, siempre a la misma hora?

Tuvo hambre y cocinó unas salchichas con puré instantáneo. Cenó sobre el escritorio, entre los libros que apilaba en los esquineros y cuidadosamente recambiaba. El humo que los alumnos habían dejado levitando no terminaba de irse. La puerta ventana que daba al patio interno estaba abierta, pero el aire no corría.

¿Dónde estaría Francisca ahora? Decidió llamarla. Después de todo, se sentía con derecho. Hizo sonar el celular varias veces sin que nadie atendiese. En tres oportunidades, el contestador automático capturó los pocos centavos que le quedaban de crédito. No le dejó ningún mensaje.

Intentó dormirse sin suerte. Hacia las dos de la mañana miró la hora. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había venido? El pelo largo de su alumna flotaba como un río negro por toda su habitación. La debería haber besado, pensó. Francisca se había cansado y ya no iba a volver. Debería haberla invitado a comer, a dormir, a quedarse con él. ¿Cómo no le había devuelto el llamado todavía? Ni siquiera un mensaje de texto.

No era tan tarde, pensó. Se calzó un jean que no lavaba hace tiempo y una remera raída en las axilas. Salió a la calle. Apenas pasaban algunos taxis en la avenida que cortaba con su vereda. Caminó hasta la estación de servicio, compró cigarrillos y una tarjeta telefónica. Volvió a su casa.

Raspó el dorso de la tarjeta con una cucharita. La laca gris se deshizo y se le pegoteó en los dedos. Se limpió contra la lona del pantalón despidiendo minúsculas estrellas plateadas. Volvió a marcar el teléfono de Francisca. No atendió la primera ni la segunda vez. La tercera vez dejó un mensaje en el contestador, pero ni bien comenzó a hablar se arrepintió y cortó. “Hola, Francisca, soy yo. Quería saber por qué, en realidad quería saber si te había pasado algo”. Cortó. Se sentía ridículo. ¿Había tanto entre ellos como para un “Hola, Francisca, soy yo”? ¿Quién era él, además? ¿Dónde había quedado el escritor que Francisca atacaba con preguntas y más preguntas?

Volvió a la cocina, se preparó un café. No le quedaba más y vertió el agua de la pava directamente sobre el tarro, para aprovechar los restos. El calor del agua bajó por su garganta hasta su estómago. ¿Quién se pensaba que era, que podía no atenderle el teléfono? ¿Cómo se le había ocurrido? Llamó otra vez. Eran las cuatro. Dejó otro mensaje al medio. La computadora seguía encendida. La luz celeste reverberaba en las sombras. El resto de las luces estaban apagadas y los pequeños insectos de la noche golpeaban contra la pantalla.

Sí, definitivamente la tendría que haber besado cada vez, varias veces por visita, y más también. Empezaba a pensar que debía ponerse de novio con Francisca. Traérsela a vivir a su casa.

Después de todo, era una chica joven y para nada fea. Un poco lánguida, y con las caderas algo desproporcionadas. Pero era joven y lo amaba. Lo amaba, sí, aunque hoy no hubiese aparecido en clase. Estaba seguro. Estaba alucinada con él, lo adoraba.

Se lamentó de haberle negado un prólogo que le había pedido para su libro de cuentos. Eran malos, todos y cada uno de los que había llevado al taller. Pero era lo más cercano a volver a publicar algo que había tenido en mucho tiempo. Ya nadie lo invitaba a nada, en realidad.

¿Era por eso? Sintió que comprendía y la volvió a llamar.

Atendió el contestador, pero antes de hablar, esta vez, cortó. Se acordó.

Francisca ya había publicado su libro. De hecho, se lo había regalado, con dedicatoria y todo. Él jamás lo había leído. Estaba en la pila de libros del escritorio. Encendió la lámpara y los mosquitos empezaron a bailar alrededor de este nuevo centro. La gata se desperezó sobre el sillón. Buscó el libro, que ya había juntado polvo. Sacó el libro con cuidado de no desarmar la pila. La portada era horrible.

Cuando le preguntó, él le había respondido que sí lo había leído. Ahora se acordaba. Aplicó elogios universales, cambió de tema. De esto habían pasado algunas semanas.
Pero acá estaba. Eran varios cuentos, demasiados, y con títulos predecibles. No tenía prólogo. La edición era de autor, hojas blanco rabioso y mala calidad de encuadernado. Menos por curiosidad que por culpa leyó el índice -era lo máximo que estaba dispuesto a otorgar-. Le llamó particularmente la atención uno de los cuentos: “El tallerista”. 

Valeria Tentoni

(Bahía Blanca, 1985) En poesía publicó los libros Batalla sonora, Ajuar, Antitierra, Hologramas y Piedras preciosas. Además es autora de los libros de relatos El sistema del silencio y Furia diamante. Ha participado en antologías de México, Chile y España como Transfronterizas. 38 poetas latinoamericanas, Penúltimos: 33 poetas de Argentina, Nuevas narradoras argentinas y Extremas. Mantiene on line la Audioteca de poesía contemporánea y es editora de Eterna Cadencia Blog.

En el presente relato que forma parte del libro El sistema del silencio (17Grises Editora, Bahía Blanca, 2012), Tentoni hace un retrato despiadado del ecosistema literario. Con apenas una anécdota, un entredicho, unas suposiciones, la autora nos permite imaginar un complejo sistema de intercambio de favores bordado sobre el tapiz del ego y las miserias personales que atraviesan los mundillos literarios.

 
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