Sartre en Córdoba

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatián

La introducción de la filosofía y la literatura de Jean-Paul Sartre en la Argentina data de fines de los años 30, a través de tempranas traducciones de sus textos en la revista Sur y en la editorial Losada (no obstante lo cual, Sartre fue el único filósofo de relevancia mundial no invitado al Congreso de Filosofía de 1949 en Mendoza). Pero será en los años 50 cuando el existencialismo sartreano y la ética del compromiso ocupan el centro de las discusiones intelectuales porteñas. Los jóvenes llamados “denuncialistas”, agrupados en la revista Contorno, pusieron en ronda el pensamiento sartreano, el marxismo, el psicoanálisis, el desciframiento del peronismo, para producir una poderosa intervención crítica que fue sólo literaria.

Esta breve mención de la importante recepción inicial de Sartre -que ha sido objeto de estudios muy detallados-, se propone llegar lo más rápidamente posible a un pequeño libro, publicado en Córdoba en 1965 por el grupo Pasado y Presente, bajo el sello editorial Nagelkop. El nombre de ese libro era “Historia de una amistad”. No fue la primera edición cordobesa de un escrito de Sartre (la Facultad de Filosofía y Humanidades había publicado una traducción del “Esbozo para una teoría de las emociones” en 1959); tampoco sería la última: varios ensayos de y sobre Sartre fueron incluidos en la revista Pasado y Presente y en los Cuadernos de PyP, en tanto que en 1968 Oscar del Barco incluyó “La trascendencia del ego” -traducido por Oscar Masotta- en la colección que dirigía para la editorial Caldén.

Sin embargo, una vibración especial se advierte en el pequeño volumen de tapas celestes editado por Nagelkop, como si sus páginas hubieran resguardado un fulgor de pasión viva bajo las cenizas que acumula el tiempo. La edición fue cuidada por José Aricó, y la traducción realizada por Elma Kolmeyer de Estrabou, cuyo nombre lleva hoy la Biblioteca de la Facultad de Filosofía, en la que enseñó, de donde fue expulsada, y donde tras la recuperación democrática sostuvo por muchos años un memorable seminario sobre el pensamiento de Husserl.

La historia del escrito que nos ocupa, y en el que hace más de 50 años reparó un grupo entrañable de intelectuales cordobeses, tal vez explica su intensidad. No se trata de un texto teórico, sino de una conmovida reflexión sobre la amistad como acontecimiento, y como aventura inmersa en las tormentas de la historia. En enero de 1950, Merleau-Ponty había escrito el editorial de Les Temps Modernes -revista que codirigía con Sartre- sobre “La URSS y los campos”. Sartre acusa a Merleau de “hacerle el juego a los reaccionarios” y en 1952 escribe, como respuesta, “Los comunistas y la paz”. La desavenencia con Merleau-Ponty había anticipado los términos de una de las polémicas más significativas del siglo, que tuvo a Albert Camus como contrincante en el verano de ese año y de la que, en nuestro país, la revista Sur publicó una extensa crónica algunos meses después.

Frente a la revelación de campos de trabajo forzado en la URSS, Camus se niega a tomar partido entre las dos clases de barbarie que se reparten el mundo; no hay, sostenía, un terror positivo y un terror negativo. Consonante con su filosofía de la existencia, Sartre postulaba que este no tomar partido es ya tomar partido creyendo no hacerlo; la historia, arguye, es un torrente de barro y de sangre en el que estamos inmersos y no admite neutralidad. A diferencia de los comunistas ortodoxos que negaban los crímenes cometidos en la URSS, Sartre los reconocía y los condenaba. No obstante, el mundo socialista continuaba siendo la única alternativa de los explotados. No hay otra moral ni otra verdad sino las que podemos encontrar en los dilemas de la historia: existir es tener ya “las manos sucias”.

El tiempo le dio la razón a Camus, quien a comienzos de 1960 perdería la vida en un accidente automovilístico. En mayo de 1961, Merleau-Ponty moría repentinamente, casi una década después de haber roto con Sartre. Durante esos dos años, el autor de “La náusea” escribe tres textos notables, que estilísticamente revelan el mejor Sartre y dan testimonio de su nobleza intelectual y humana. El primero sobre Paul Nizan, que había muerto en la guerra; los otros dos aparecerían en Les Temps Modernes. En “Albert Camus vivant” reconoce al autor de “El extranjero” lo que al fragor violento de las ideas le había negado. El otro artículo, “Merleau-Ponty vivant”, escrito con una prosa conmovida y vibrante, es el que fue traducido por Elma Estrabou y editado por Aricó como “Historia de una amistad”.

Vendrían después los últimos años, en los que Sartre radicaliza su izquierdismo (“elecciones, trampa para idiotas”; “creo en la ilegalidad”), su infinita generosidad para trabajar con quien se lo solicitara, en nombre de una causa que creía justa; la predilección por los pasquines que él mismo se ocupaba de distribuir como un militante de 20 años. Hasta sus últimos días una vida filosófica, todo lo contrario de una vida de filósofo.

Los años transcurridos desde la muerte de Sartre no fueron sartreanos. Hoy es el tiempo de quienes eligen la familia y la profesión. El mundo de Sartre era otro y su caso fue -como él mismo escribiera de su amigo Paul Nizan- el de “una existencia ejemplar, lo cual es todo lo contrario de una vida edificante”. Una vida filosófica no es la de quien aspira a ser filósofo sino la de quien se realiza como un gran viviente.

Un recrudecido moralismo y el odio de la ética como singularidad de una forma de vida trazan las coordenadas de la época. El siglo que transcurrimos no es sartreano, ni probablemente lo será el porvenir. Sin embargo, seguirá siendo preferible equivocarse con y como Sartre, que tener razón con el sentido común adocenado que impusieron las derrotas éticas y políticas del siglo XX.

 

Para Guillermo Ricca

 
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