Resistir desde la pasión

Entrevista a Roger Koza, programador del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín, que hoy inicia su décima edición

Por Martín Iparraguirre

El Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) comenzará a celebrar hoy su décima edición en un contexto complejo para el país. La explosión de la segunda ola del coronavirus obligó a sus organizadores a suspender la presencialidad, aunque no renuncian a sostenerla: desde hoy, hasta el domingo, el festival desplegará sus maravillas de forma enteramente virtual, mientras que en el segundo semestre del año planean realizar la edición de forma presencial. La idea es sostener el formato original del encuentro a través de su página web, con horarios fijos para ver las películas o asistir a sus charlas.

“El tema de los horarios se debe solamente a mantener las exigencias que implica el hecho de tomarse un tiempo, ir hasta otro lugar y ver una película. Saber que hay un horario y que este es el momento del encuentro”, explica en diálogo con HOY DÍA CÓRDOBA el programador del festival, Roger Koza, acaso el principal responsable de la actualidad del FICIC, reconocido desde hace tiempo a nivel nacional como uno de los festivales más importantes del país, tanto por la calidad y coherencia de su propuesta como por la amabilidad de sus responsables, que sin dudas no tiene parangón con ningún otro encuentro del tipo. Si bien las películas de apertura están programadas para las 21:30 (un programa doble irresistible de “Esquirlas”, de Natalia Garayalde, y “Mi última aventura”, de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas), ya desde horas de la mañana el encuentro estará presentado sus películas en su sitio oficial: https://cosquinfilmfest.com/.

HDC: FICIC cumple diez ediciones, lo que llama a pensar ese tiempo. ¿Cómo ves al festival? ¿Qué balance haces?

Roger Koza (RK): El festival se fue consolidando con el tiempo, y eso se debe a dos motivos: la programación fue delineando una propuesta estética legible y coherente; el festival jamás renunció a ser un espacio amable y sensible para discutir sobre cine y por ende volver a pensar, a través del cine, el mundo. El locro de recepción que se ha hecho famoso en estos años, el cual se ofrece a todos los invitados, ha sido tan decisivo como la presentación de las películas o la justificación estética que se intenta plasmar en el catálogo en cada crítica breve que se dispensa.

HDC: La emergencia de la segunda ola del Covid-19 cambió radicalmente sus planes, se tuvieron que adaptar sobre la marcha ¿Cómo llegaron a definir este formato doble (virtual y presencial diferido)?

RK: Un día antes de presentar la programación, el presidente (Alberto) Fernández dio a conocer el razonable decreto de necesidad y urgencia relacionado con el crecimiento exponencial de contagios. Nosotros teníamos todo listo para hacerlo presencial pero, en esta ocasión, tampoco subestimamos el comportamiento imprevisible del virus. Seguir adelante con la presencialidad era irresponsable. Pensamos tres opciones, y tomamos como modelo final el de la Berlinale (Festival Internacional de Cine de Berlín), que defendió la celebración del festival en sala dividiendo los tiempos en dos: la versión online para prensa e industria en el mes de siempre; la versión presencial unos meses después, ahora para el público. Nosotros quisimos mantener la fecha y también defender la realización presencial. En nuestro caso, las dos instancias están dirigidas para todo el público.

HDC: También se me ocurre pensar ¿qué posibilidades abre la virtualidad al festival y cuáles cierra?

RK: Detrás de esta decisión de desdoblamiento hay algo más: un festival de cine no es un servicio de streaming de breve duración; los festivales no son ni deben ser plataformas satelitales de streaming. Un festival de cine no debería dejar de defender la relación ontológica que existe entre sala y cine, comunidad y plano. La tradición que nació con la invención de la cámara es consustancial a la existencia de la sala de cine como recinto de descentramiento del universo personal y también de reunión con extraños y extrañas que están en la sala y en la pantalla. Es cierto que la virtualidad permite que personas de todo el país puedan ver nuestra programación, pero la experiencia del cine no es completa en el living de casa.

HDC: Vamos a las películas, contanos ¿cómo programaste la Competencia Internacional?

RK: Siempre programo del mismo modo: observo las películas que se han estrenado en otros festivales o que han llegado por convocatoria. A partir de esto, busco cuáles son las que permiten pensar algo sobre el cine contemporáneo y también sobre el mundo circundante. Siempre hay dos películas que inauguran una serie conceptual por cada sección. Vi “Todo lo que se olvida en un instante” (de Richard Shpuntoff) y sentí de inmediato que ahí había una película intempestiva. Era una para un inicio de serie. En esos días, también vi “Río Turbio” (de Tatiana Mazú González); las dos son radicales en su concepto formal y deliberadamente políticas. Ya se consolidaba una serie. A esta se sumó después “Pan y trabajo” (de Renan Rovida), una película delicadísima y popularmente brecthiana, y también “Adiós a la memoria” (de Nicolás Prividera) que, si bien es parte de la selección competitiva, no compite. La segunda serie tiene que ver con formas de hacer experiencia de la naturaleza. La relación con los árboles y el viento, la relación con el agua y la idiosincrasia, el vínculo con los animales (los perros) atraviesan “Ofrenda” (de Juan María Mónaco Cagni), “En compañía” (de Ada Frontini), “Un cuerpo estalló en mil pedazos” (de Martín Sappia, ver HDC de ayer) y “Virar mar” (de Phillip Hartman); desde ya que hay otras cosas para atender en esas películas, pero en todas hay otra forma de organizar y atender a la experiencia sensible.

HDC: Son muy interesantes también las retrospectivas a Edgardo Castro y Goyo Anchou, así como también el foco en Pablo García Canga…

RK: García Canga es un cineasta con un don admirable para filmar la misteriosa sintaxis errática de los sentimientos. Lo que sucede en “La noche de antes” es un pequeño milagro: ese cortometraje condensa una inteligencia sensible y un conocimiento de la puesta en escena que no suele verse con frecuencia. La presencia de Maud Wyler, por otra parte, es el mejor regalo que puede llevarse un espectador. Todos sus cortos son excelentes.

Castro y Anchou son presentados como cineastas desobedientes. Esa caracterización no es antojadiza y menos aún publicitaria. Sus películas nacen de la necesidad y se las ingenian para expresar cinematográficamente una lectura del mundo erótico, familiar, político y laboral. Anchou ostenta un conocimiento del cine que se entrevé en los encuadres y en la sagacidad para concebir el montaje; Castro tiene un don especial para emplear su experiencia de vida y transformarla en una experiencia cinematográfica. No sé aún del todo cómo lo consigue, pero sus tres películas tienen un misterioso encanto; llamémoslo a este “intimidad de la puesta en escena”.

HDC: Si bien esta siempre, el cine cordobés tiene este año una presencia destacada, acaso porque vive una revitalización desde el último año, ¿cómo ves su actualidad?

RK: “Un cuerpo estalló en mil pedazos”, “Esquirlas”, “En compañía”, “Mi última aventura” y “Homenaje a la obra de P. H. Gosse” han renovado mi fe en el cine de Córdoba. La razón es simple: son estéticamente arriesgadas y en algunos casos hasta estéticamente innovadoras, y exploran temáticas no atendidas por la mayoría de los cineastas cordobeses en actividad.

HDC: Por último, preguntarte por las actividades paralelas, que en este FICIC parecen haberse multiplicado: hay charlas con Miguel Gomes con los directores en foco, incluso con críticos jóvenes…

RK: Solamente en la virtualidad el FICIC puede ofrecer una charla con Miguel Gomes, a mi juicio, uno de los grandes cineastas del cine contemporáneo. En todas las “Conversaciones cinéfilas” pasa lo mismo: intentamos insistir con una vieja intuición de Henri Langlois: “El cine es la universidad del pueblo”. Quiero decir: circunscribir el cine al conocimiento no significa castrar el legítimo placer de entretenerse, pero es también decir que con el cine se puede aprender a sentir y a pensar. Transversalmente, cada una de esas charlas representan un intento de darle vida a ese adagio del viejo Langlois.

 
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