Crónicas de infancia

Reseña sobre “Crónicas de infancia. Filosofía con chicos para grandes y chicos”, de Joaquín Vazquez. Kintsugi Editora. 2018

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

¿Cuándo hay filosofía? Dejemos por un rato esa idea magnánima, de aspecto de catedral, de que la filosofía solo es un sistema ordenado de pensamiento cuyos creadores paren con lucidez, angustia y tenacidad. Esa imagen de volumen interminable y torniquete a los sesos ha hecho tanto bien como mal; ha alejado a la gente -no filósofa- de la filosofía, por percibirla aburrida, dura. Filosofamos todxs, pero es claro que sólo algunxs hacen filosofía sistemática. Pensamos todxs, pero es claro que algunxs logran ordenar y dar coherencia a ese pensamiento y traducirlo hasta estéticamente en un formato escrito. La filosofía es un saber y tiene como tío sospechoso a la divulgación, algo que creo necesario en estos tiempos que corren. Algunos divulgadores pueden gustar más o menos, pero su necesidad es una trinchera contra el sentido común chabacano, que postulan ciertos medios de comunicación, donde todo se equipara, todo tiene el mismo sabor, peso y resolución. La panelización de las ideas -y juro que acá paro, para hablar del libro- fagocita al “criterio propio” que es tan difícil de conseguir en la enmarañada espesura en la que estamos sumidos por los bytes, las imágenes, las novedades, el tener siempre algo que decir pero que no escape demasiado a lo esperable.

Joaquín Vazquez reúne en este librito (pequeño, bonito y desmesurado al mismo tiempo) tres pasiones y coordenadas: la infancia, la docencia y la filosofía. Dice en el prólogo Javier Freixas que “Lo ‘infantil’ llega muy pronto, en el sistema escolar, a convertirse en el más universal de los disvalores”. La “infancia desnuda” es atacada dentro del orden escolar, y cierra Freixas escribiendo que este libro anima a lxs docentes de primaria a tomar a la infancia como “una promesa”, algo que está al final, y no como algo que se abandona o supera.  

Decir cómo introduce y trata el autor esas tres coordenadas es hablar directamente de “Crónicas de infancia”; su trabajo está en la transcripción -medianamente espontánea- de escenas de la vida escolar donde lxs niñxs proponen, preguntan y traducen filosóficamente algo, sobre algún tema dado, con líneas que parten de alguna inquietud, texto literario, duda, pero que escapa de los manuales y cuya espontaneidad abre el espacio a pedagogías nutricias que desarman el estereotipo de la mirada adulta sobre lo que “debería ser” hacer filosofía con niñxs.

Nos encontramos de esta manera con 40 textos donde fluyen ideas, se descomprimen demandas y sale a la luz aquello que Vázquez, con un oído didáctico envidiable, logra captar en el hacer de sus educandos, en dos escuelas primarias de Río Cuarto. “Al momento de escribir cada una de las crónicas primaron la urgencia y la economía expresiva. Urgencia por no olvidar lo ocurrido en el aula, economía expresiva para contaminar lo menos posible las voces de los niños con mi visión”. Ese es su faro.

Thoreau, Platón, Parménides, Diógenes, Protágoras, Zenón, Bradbury, la Biblia. El autor describe debates que emulan y generan el trabajo filosófico en la senda de la más indestructible limpidez del pensamiento e imaginación, que aquí se hermanan. Vaya un primer ejemplo: “En tercer grado hablamos sobre la vida y Celeste dijo que es como una ropa que a los niños les queda grande y a los viejos, chica. Cuando uno crece se va ajustando al tamaño del tiempo, hasta que no entra más. Eso es la muerte. Ignacio no estuvo de acuerdo y dijo que lo que queda cada vez más chico es el cuerpo. Se sostuvieron la mirada. Celeste precisó: el cuerpo es la vida”. ¿Cuán lejos está el nudo de esta disquisición de las de por ejemplo los tomistas y los sofistas, o de un Locke y Berkeley? ¿No comienzan así las cosas? He aquí un ejercicio de esgrima de imaginación, dulzura y arte. Eso hacen en las clases los estudiantes de Vázquez, que es un poeta (y eso también se nota).

Otro ejemplo, en este caso de retórica: “Quinto grado. Divididos en tres grupos (creyentes, ateos y agnósticos) preguntaron y respondieron por turnos. Cuando le tocó a Martiniano preguntó, tal como Jenófanes hace 2.500 años: -Si fueran lagartijas, ¿su Dios sería una lagartija? Viky le respondió que los animales son tontos, que no piensan en Dios. Martiniano fue por más: -Los humanos somos animales, o sea que somos tontos. Pero vos pensás en Dios, eso te hace, según vos, más inteligente que un animal. O sea, no sos humana. Los que piensan en Dios no son humanos.” Y cierra Vázquez: “Sacala a bailar, Protágoras”.

En el libro encontramos reflexiones del autor, nacidas a la luz de aquellas crónicas vividas con sus pequeños estudiantes. Plantea a la infancia -para los adultos que leen su libro- no como una identificación tierna pero no exenta de distancia con sus estudiantes, sino como un “fui el que voy a ser”, donde la infancia es meta, es caos imaginativo, no superación; en esa reconciliación con lo perdido está la tarea docente para pensar junto a los niños. Hay una frase del poeta norteamericano e.e.cummings que dice: “Se necesita valor para crecer y convertirte en lo que realmente eres”; convertirse en el niño que sos lleva toda la vida, y eso parece que lo entiende el profesor Vazquez. Y vaya si lo comprende: no transcribiré el episodio de la crónica número 26, pero cuando la lean, se darán cuenta lo que es alguien que sabe mirar, escuchar, atender lo que sucede en el “acontecer” de una clase y sus alrededores. Un docente que sabe que el valor inmenso de la educación e integración que transforman una vida están en unas crocs, un chiste, una corrida y una carcajada.

"Crónicas de infancia” es una entusiasta introducción a la vida docente, es una clase de estilo y narración, y tiene la fortaleza de avisarnos que educar es algo que puede reflexionarse y realizarse como un acto a contracorriente. Enseñar no sirve, si no se enseña a aprender. Cierro con algo que coloca Vazquez hacia el final de su libro, agradeciendo y recordando a esos niños en el aula que cada vez lo irán siendo menos. Rescato la contraseña que tenía el maestro con sus pequeñitos, y que burlaba con elegancia e inteligencia las normas coercitivas que -sabemos con Piaget, Foucault, Bourdieu y tantos- impiden a veces despertar esa pasión por el saber y conocimiento que se da de forma única en cada uno de los educandos: “Siempre me hacían burla porque a cada pregunta de permiso les respondía: ‘Si me preguntan, no’. Podían hacer todo, no los iba a acusar de nada ante nadie, pero si preguntaban les tenía que decir que no. Cierro sin cursilerías. Sé que me entendieron”. ¿Hay alguna manera más atinada de comprometer y confiar en la libertad de los otrxs?

 
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