Historia de una estatua

Libro de los pasajes | Por Diego Tatian

En 1876 se formó una comisión internacional con el propósito de erigir una estatua de Baruch Spinoza, finalmente adjudicada al escultor francés Frédéric Hexamer y descubierta el 14 de septiembre de 1880. El documento donde consta la constitución de esa Internacional spinozista se halla incluido en el libro de sir Frederick Pollock, “Spinoza, his life and Philosophy” (1880). Estaba representada por miembros de Austria, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Irlanda, Rusia, Estados Unidos, Holanda y otros países. Como únicos integrantes argentinos, se consignan dos nombres: “Prof. H. Weyenbergh” y “Dr. D. F. Sarmiento”.

Y aquí comienza nuestro asunto. Es muy probable que el sanjuanido haya escuchado por primera vez el nombre de Spinoza por boca de Hendrik Weyenbergh, zoólogo holandés que había llegado a Córdoba por invitación del entonces presidente Sarmiento, a quien seguramente convenció de formar parte del grupo de sabios que impulsaba la memoria del filósofo y la construcción de su estatua. De ser así, el Dr. Weyenbergh habrá presentado a su compatriota del siglo XVII como el pensador del panteísmo, palabra que había fascinado a Sarmiento más de 20 años antes, cuando la escuchó de boca de Emerson durante su viaje a EEUU. Sarmiento y Weyenbergh tenían muchas cosas en común. Ambos eran darwinistas. En el diario de su viaje por Norteamérica en 1868, el autor del “Facundo” escribía: “La teoría de Darwin es argentina y me propongo nacionalizarla por Burmeister”. Sin embargo, Burmeister era antidarwinista acérrimo. Esa diferencia fue motivo de conflicto con Weyenbergh, quien, en la clase inaugural de la cátedra de Zoología en la UNC, señalaba: “Si alguna época ha sido favorable a los que se consagran a la ciencia es la presente, en la que Darwin proclama su magnífica teoría”. El naturalista inglés será nombrado en 1878 Miembro Honorario de la Academia Nacional de Ciencias -de la que Weyenbergh era ya Presidente-, honor que reconoce con el envío a Córdoba de un ejemplar de “El origen de las especies”, una fotografía autografiada y una carta de agradecimiento.

Sarmiento, por su parte, dictará una conferencia en defensa de la teoría evolucionista en el Teatro Nacional de Buenos Aires el 30 de mayo de 1882, donde rectifica la equivocada atribución de darwinismo a Burmeister -quien se hallaba entre el público-, no sin expresa cortesía ante su ilustre auditor: “No me atrevería a tener opinión propia sobre la teoría fundamental de Darwin en presencia de mi ilustre amigo, el sabio Burmeister, que no la acepta por considerarla no científica”. Sin embargo, Sarmiento tomaba partido por la teoría evolucionista, cuya validez dividía aguas entre los sabios argentinos.

Pocos meses antes, más precisamente el 26 de abril de 1881, en el diario “El Progreso” de Córdoba se publicaba un artículo que llevaba la siguiente presentación: “El 14 de setiembre del año pasado se celebró en La Haya una fiesta a la que casi todos los países civilizados han contribuido: la inauguración de una estatua al gran filósofo Espinosa… Como la Argentina contribuyó también a ella y ha sido aludida en los discursos pronunciados, nos pareció conveniente hacer conocer lo que se dijo en esa ocasión, y es por este motivo que la Redacción encargó a uno de sus amigos la traducción del discurso principal, que tenemos el placer de ofrecer ahora a nuestros lectores”.

Se trataba de un discurso del eminente spinozista Van Vloten. Y el “amigo” del periódico que lo tradujo y también autor de este copete no era otro que Weyenbergh –quien solía publicar en este mismo diario artículos de divulgación científica. Encontraba en Spinoza la base filosófica de la aventura científica, de la vida laica y de la política justa, pero hallaba sobre todo una idea de Naturaleza acorde con el darwinismo, como lo expresaba Van Vloten en su discurso, ahora traducido para un diario de Córdoba por un zoólogo holandés que había llegado a esa lejana ciudad invitado por un Presidente para hacer ciencia.

El spinozismo es considerado aquí la filosofía de una humanidad emancipada, que logra sustraerse de la superstición para llevar adelante una investigación interminable del mundo y un libre examen de todas las cosas, a máxima distancia de cualquier oscurantismo. La común tarea del pensamiento y el descubrimiento de la verdad encontraban en la filosofía de Spinoza una ruta que prescindía tanto de las tristezas teológicas como del pesimismo filosófico. Estrictamente, una filosofía para la ciencia.

Los estudios científicos de Weyenbergh durante su estancia cordobesa trataban temas tales como: “El sistema dental de los loricarios”; “Un caso letal por la mordedura de una araña”; “Descripción de nuevos gusanos”, o “Informe sobre puntas de flecha halladas en excursiones científicas a las sierras”. Pero nos interesa ahora un artículo de título “Unas reflexiones más sobre la tisis de Spinoza”, enviado desde Córdoba a la revista holandesa “De Levensbode” en 1877, que comienza con una referencia a la estatua de Spinoza y concluye con la descripción de un San Pedro y un San Pablo que se hallan junto al altar de la Catedral cordobesa.

Weyenbergh combate allí el mito de la presunta tuberculosis de Spinoza y para ello traza una analogía con esa imagen de San Pablo, que sería objeto de un “maltrato” estético sin fundamento histórico que pruebe su deformidad física: “El día de San Pedro y San Pablo, entré a la Iglesia Catedral local, y vi de un lado del altar un San Pablo terriblemente contrahecho… no comprendo el motivo por el cual se maltrata tanto al fundador del cristianismo. Sospecho que detrás se esconde algo doctrinario, al igual que en el caso de la presunta tuberculosis de Spinoza se desea atribuirle un requisito psicológico morboso. Córdoba, 20 de octubre de 1877”.

Enfermo, Weyenbergh regresó a Haarlem en 1884 para morir al año siguiente. Acaso arrumbado en alguna bodega conventual debido a su deformidad, el San Pablo que había capturado la atención de nuestro zoólogo no puede verse ya en la Catedral de Córdoba.

 
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