Manuel Rodeiro, la conquista de la soledad

Por Diego Tatian

Simples, despojados, breves, publicados siempre en ediciones de autor, los libros de Manuel Rodeiro carecen de toda referencia biográfica. En ellos solo se consignan el título, el año de edición y directamente el texto, como si no importara nada más. El arqueólogo cultural que se interesa por la estela sutil de su labor intelectual y social se halla condenado a reconstruirla con pocos vestigios, dejados, como a su pesar, por quien relegó con deliberación y minucia todo lo que hubiera de personal en su trabajo.

Su padre, un herrero español republicano acérrimo, incentivó en Manuel la atracción por las letras y la sensibilidad por las vidas ajenas que desde hace siglos lleva el nombre de humanismo. Aunque aún era niño en 1918, se formó en la cepa reformista y de un modo u otro estuvo involucrado en la posterior irradiación cultural de la Reforma.

Siendo muy joven participó como columnista en la revista “Clarín”, que el filósofo Carlos Astrada funda en 1926 y cuya dirección quedará al poco tiempo en manos de Saúl Taborda, uno de sus maestros. Con su patrocinio, sin haber cumplido aún 20 años, Rodeiro publica allí breves textos de crítica literaria (sobre Norah Lange, Leopoldo Marechal, Bernardo Canal-Feijoo, o el chileno Rosamel del Valle), un cuento llamado “Estrías”, la reseña de una muestra de Antonio Pedone en la galería Fasce, y varios ensayos de espíritu polémico. Uno de ellos, “Estímulo e inercia”, espeta una concisa diatriba contra Córdoba: “Nuestra ciudad tiene el espíritu herrumbrado, la emoción y el sentimiento reducidos… acaso venga toda su mediocridad de la pereza y de la tradición. Pereza de vivir y de amar”. En otro se lee un alegato universalista contra el sometimiento cultural a Europa, a la vez que contra el nacionalismo literario, en términos que anticipan al Borges de “El escritor argentino y la tradición”. Gesto de provocación contra el atávico conservadurismo cultural y político de la ciudad, el elogio de la vanguardia en la literatura y el arte que animaba a “Clarín” tuvo en el joven Manuel Rodeiro una de sus plumas más comprometidas.

Las tertulias de la vieja casona de Unquillo en la que Taborda lo recibía, y las salas del Hospital de Clínicas, donde su maestro el doctor Antonio Navarro le transmitió el sentido social de la medicina, establecen dos dimensiones inescindibles de su formación humanista y una geografía simbólica emblemática de la otra Córdoba. A esa geografía debiera añadirse la casa de Rosalía y Ernesto Soneira, en barrio General Paz; y a los ya mencionados Taborda, Astrada y Navarro los nombres de Deodoro Roca, Oliverio de Allende, Gumersindo Sayago, Enrique Barros, Jorge Orgaz, Adolfo Mochkofsky, Juan Filloy, Horacio Juárez y Alberto Barral, que trazan el círculo encantado de la medicina, el arte y las letras dentro del que transcurrió la vida atenta de Manuel Rodeiro. Una vida intensa y sutil, nunca turbada por un anhelo de celebridad.

Olvidados o secretos -destino que su autor había barruntado y acaso deseado para ellos- los libros de Rodeiro trasuntan una extraña prosa poética. “Cuaderno” (1937), “Damiana” (1947), “La mesa” (1952), “El río” (1959), “La casa del caracol” (1965), “El camino” (1992), “Los días y las noches” (1994), “La casa” (1995) y el póstumo “La tierra y el cielo” (1996), componen una desconcertante exploración de motivos universales que sin embargo toma “partido por las cosas” y evoca en el lector ciertas páginas de Francis Ponge (en algunos casos sobre las mismas cosas, como en esa especie de “tentativa” sobre el agua que se lee en “El camino”). Los muebles, las habitaciones de la casa, los objetos, los oficios… son escrutados por las palabras para hallar en ellos un sentido encriptado que permita pensar el curso del tiempo y su interrupción.

El ensayo, el periodismo cultural y la crítica literaria ceden el centro de la escritura a un género inclasificable, o más bien a páginas que desmantelan los géneros. Se trata de literatura. Una literatura que evoca como en sordina la del Siglo de Oro español, a la vez que deja sentir, nítida, su inspiración en la filosofía alemana del siglo XX (sobre la que mantuvo un diálogo constante con Carlos Astrada). Y que se vale, además, del cuento clásico, de la parábola, el ensayo, la narración oral, la fábula, y la restitución de ese tiempo sin tiempo que la expresión “había una vez” de las historias infantiles recuerdan en cada uno de sus comienzos, como si quisieran evitar que todo se desvanezca para siempre.

Quizá Manuel Rodeiro buscaba contar un cuento que le permitiera entrar en la ciudad, como sucede en una antigua leyenda evocada por él mismo. Solo que en este caso esa ciudad es la suya, y quien procura abrirla para entrar en ella no es un transeúnte que acaba de llegar sino uno de los habitantes que mejor la conoce y más la caminó. O quizá Manuel Rodeiro se dio por vencido, abandonó cualquier pretensión de hospitalidad en una ciudad tan esquiva y torva, y escribió sus libros con un propósito distinto: la conquista de la soledad (“Advertí entonces que debía estar solo y que a la soledad debía ganarla con la misma tenacidad con la que se gana el pan”).

Dejó inédito un poemario que se llama, precisamente, “De soledades y coplas”. Pero como ocurre con todo ser humano que cumple con los días que la vida concede, fue más lo que se llevó.

 
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