Un tsunami llamado Los Violadores

Por José Emilio Ortega

Mi vieja insiste: Vayan en un taxi. Me defiendo, bufando: ¡Son quince cuadras! Disimulo algún accesorio y remera de ocasión bajo la campera y me largo a desandar los mil quinientos metros que, sin cruzar de vereda, me llevan desde Humberto Primero y Tucumán hasta el Hindú Club, donde la misma calle toma la denominación de Sarmiento, entre Pringles y Jacinto Ríos. En el camino se van sumando amigos. Promediamos los catorce años de edad. Llegando al puente, contenemos la respiración y, sigilosos, nos hacemos los distraídos ante los controles policiales, felizmente más preocupados por los que pretenden arribar al centro que por los que se escapan de sus bordes.

Ocurre que, en 1984, la actitud policial urbana no había cambiado tanto respecto a los años de plomo, y probablemente informar nuestro destino final -el concierto de Los Violadores-, encendería una sinfonía de alarmas entre los guardianes del orden.

Los “nerds” no existían en la Córdoba de 1984. Si eras un adolescente que priorizabas la lectura o la radio a la tele, los cine-clubs a los cines, el rock al pop y te gustaba la política, eras definitivamente raro. Pero había opciones y a pesar de la cerrazón que caracterizó históricamente al medio local, encontrabas suficiente información como para esperar aquel recital con ansiedad. “Los Violadores de la Ley”, habían arrancado en 1979/80 por el impulso de Hari B (Pedro Braun) y Sergio Gramática, comenzando a escribir la historia del punk en Argentina. Explica Juan Carlos Kreimer en su obra cumbre que el término no era nuevo en el idioma inglés: se utilizó para denotar a las prostitutas trescientos años antes, y en el siglo XX referenció del otro lado del charco a criminales de bajísima estofa. En plena tensión racial, los negros la emplearon para denostar a los blancos. La profunda crisis económica, social y política de mediados de los 70 recupera el término, esta vez desde un auto rotulado, que ahora quiere decir “básicamente, podrido, inferior, sin valor, marginal, chatarra” (Kreimer, 2015).

Hari ha podido viajar y conocer el punk en su versión original. El profundo impacto contracultural que percibe, lo determina al regreso. Corre 1978. Una generación que apenas ha salido de la adolescencia y que no se siente representada en la oferta artística existente, no quiere estancarse. Solo necesita dar el primer paso.

Lo demás, es historia conocida. La banda se completa un año después, y entre cambios de nombre e integrantes, presentaciones tumultuosas y ensayos a todo vapor, completa un repertorio.

Grabará en 1982, pero el disco verá la luz un año y medio después. Es una colección de puñetazos: Represión, Moral y buenas costumbres, Un producto de su suciedad, Viejos patéticos, Guerra total, Mirando la guerra por T.V., Cambio violento, Sucio Poder, y hasta una tremenda versión de El extraño de pelo largo, son el arsenal con el que comenzarán a conquistar el continente.

Teníamos el disco, conocíamos sus temas y fuimos testigos de la enorme batalla cultural que comenzaban a desplegar, a base de letras formidables que, por primera vez, además de cuestionar a mamá, papá, profesores y mundo adulto en general, criticaban ácidamente a las propias tribus adoptadas por los jóvenes, incluso como refugio.

Otra mirada

En su óptica, los hippies eran “gente piojosa”; “tu vida es un programa/ dependes de él/ tú quieres la oficina, el banco, el taller/ estás muerto” era la dura interpelación al joven “mass media” de entonces.

Su rechazo al consumo enlatado de series en la canción Patrulla Americana, se complementaba con un sensato atisbo geopolítico: “Alemania dividida/ luego de eso Guerra Fría/ tantos años de especulaciones/ para llegar a la bomba de neutrones”.

Y el puñal que llegaba al corazón de muchos: “Ella tiene quince años/ va a un colegio antipunk/ ella es todo mi amor/ pero no puedo”, que articulaba con el grito de guerra: “Represión/ a la vuelta de tu casa/ represión/ en el quiosco de la esquina/ represión/ en la panadería/ represión/ veinticuatro horas al día”. Y un mandato subyacente: “hay que volar con lo establecido/ regido por el tiempo/ podrido por el tiempo/ no queremos aburrirnos/ no queremos convertirnos/ solo queremos despertar a la realidad”.

El Hindú era un caldo espeso, a punto de romper el hervor. Si eran muchos o pocos, no importa; estábamos bien. Telonearon los entrañables Pax, como cuando una anterior presentación de LV, en el Gato Jazz. Para cuando Enrique Chalar (Pil-Trafa), Sergio Gramática, Gustavo Fossá (Stuka) y Robert Zelazek subieron al escenario -Hari había emigrado del grupo-, la fiesta era plena.

Esos “Violadores” que Youtube nos muestra en blanco y negro, gracias a documentales como “Ellos Son” (Juan Riggirozzi, 2009), estaban ahí, a todo color y sonido; jovencísimos, repletos de talento.

Porque “Los Violadores” no solo tocaban o tocan rápido o fuerte. Son excelentes intérpretes. Gramática y Robert construyeron un tándem inexpugnable. Stuka es tan aguerrido como sutil. Y Pil, la fachada del grupo, lo puede todo.    Tras los saludos, compartiendo una cerveza que le arriman anónimamente, Pil anuncia: “vamos a arrancar con un tema nuevo”. Stuka desgrana los acordes de la Novena Sinfonía de Beethoven, sonando la versión de Uno, dos, ultraviolento más potente que recuerde. Esos tipos estaban ahí para nosotros, y nosotros para ellos.

Más de treinta años después, invitado a un ciclo de rock en la UNC, Pil recordará ese concierto con lujo de detalles. Y nos emocionará otra vez.

“Los Violadores” remontaron desde el margen, encendiendo la mecha del cuestionamiento preciso. Se hicieron masivos con el siguiente disco -Y ahora qué pasa, eh?-, recorrieron Latinoamérica y su renovada impronta acusará recibo de esas experiencias.

Editaron diez placas de estudio y tres en vivo, con algunos cambios en la formación y varias etapas (1979-1992, 1995-1996, 2000-2001, 2016-¿?), sosteniendo un mensaje consistente.

Acelerados tweets que amén de aclaraciones soslayan este legado nos motivan a referenciarlo; aunque más no sea para respirar otra vez aquella brisa nocturna que nos devolvió Sarmiento abajo, levitando desde el Hindú, cuando sin querer queriendo, habíamos participado del inicio de un tsunami.

 
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