El próximo fin de semana, el Centro Cultural Córdoba se convertirá en el epicentro de la edición independiente con la quinta entrega de Tilde. Entre los más de 120 sellos editoriales de todo el país, la jornada del domingo destacará por la participación de Sofía de la Vega, quien integrará a las 19 una mesa de debate junto a las escritoras Camila Vázquez y Paulina Cruzeño, bajo la coordinación de Eloísa Oliva. La presencia de De la Vega en Córdoba no es casual; representa el desembarco de una de las voces más singulares de la narrativa contemporánea, capaz de amalgamar la precisión técnica de la investigación académica con la sensibilidad de una «poeta retirada» que ha decidido mapear las tensiones del Noroeste argentino.
Nacida en San Miguel de Tucumán en 1993, De la Vega ha construido una trayectoria que atraviesa la gestión cultural —como organizadora del Festival Internacional de Literatura de Tucumán (FILT) desde hace diez años— y la producción literaria en diversos géneros. Tras publicar los poemarios “Blancas y plateadas”, “La idea es vivir cerca pero no encima” y “Los ángeles son vacas”, su reciente libro de cuentos, “De los potrillos nacen ríos” (Alfaguara, 2025), ha consolidado su posición como una referente del Gótico norteño, explorando territorios donde la fe, el secreto y la animalidad conviven en un «amontonamiento» vital.
Para la autora, esta participación en Córdoba rompe con el eje porteñocentrista habitual, ofreciendo una oportunidad federal de intercambio: «A mí todo lo que pasa en Córdoba me re interesa: el mundo editorial, las librerías, los autores. Entonces, me parece una oportunidad, como autora, estar en ese campo».
Arrancarse el «yo»
Para De la Vega, el acto de escribir no es un ejercicio de introspección solipsista, sino una práctica de apertura radical hacia la alteridad. En sus propias palabras, «escribir es escuchar lo que me rodea». Esta premisa se traduce en una búsqueda por representar voces que escapen a su propia identidad de mujer blanca y ahora de ciudad. Según explica la autora, la escritura te permite poder salirse de sí y entrar en capas de imaginación más profundas. Esta deconstrucción del sujeto lírico le permite habitar personajes que el mercado editorial suele marginar. En sus relatos, los protagonistas son indigentes, curanderos, monjas y niños desobedientes, sujetos que ella denomina como «los invisibles de la sociedad».
Esta vocación surge de una raíz profunda en donde la escritura tiene que ver en cómo la vida es afectiva y expresa “lo que primero me movilizó a mí es una cuestión afectiva». Al mudarse a Buenos Aires, ese «desarraigo» activó la necesidad de recuperar voces tucumanas que se le «metían» por la memoria y el oído, permitiéndole experimentar con la ficción para «hacer algo que no sea yo» y simplemente divertirse o experimentar.
La figura de los animales y las «crianzas mutuas»
Uno de los ejes que la autora desarrollará en Tilde es el uso de la mirada animal como herramienta de extrañamiento. Inspirada por el concepto de “crianzas mutuas”, De la Vega busca una relación de paridad con lo no-humano. Según explica, el noroeste argentino conserva una visión andina donde los animales no son percibidos sólo desde su utilidad, sino que son parte de un mismo ecosistema: «los incas tienen una relación -como dicen los antropólogos- de crianzas mutuas, a las llamas y a los perros los consideran igual que a ellos. Hacían los mismos ritos y es bastante similar a como uno puede, no es una cuestión de humanizar al animal, tener una relación de par. Es otra cosa.»
Enlazada con esta noción aparece, con nitidez, la conciencia de que lo afectivo constituye el motor de su escritura. De la Vega señala: “Siempre me sentí muy cerca de los animales; me gustan mucho, y también en Tucumán existe otra relación con ellos, más bien simbiótica”. A su vez, añade que sus indagaciones recientes le permitieron comprender que el noroeste argentino posee una impronta profundamente andina, lo que complejiza y enriquece ese vínculo.
En su cuento «Tincazo», por ejemplo, el narrador es un caballo, una decisión que requirió un estudio riguroso de la percepción equina. «Tuve que aprender que los equinos solo ven hacia los costados, no ven de frente, entonces armé la narración con esa limitación, que en realidad fue ganancia». Esta apuesta, que también aplica a la percepción de un perro, nace de su fascinación por las fábulas antiguas y otra literatura que «jugaba con eso», permitiéndole explorar posibilidades que la mirada humana suele ignorar.
Esta búsqueda se nutre, además, de una tradición literaria previa que habilita ese desplazamiento de la mirada. De la Vega reconoce la influencia de Horacio Quiroga, así como del escritor uruguayo Felisberto Hernández, a quien menciona particularmente por su relato Una mujer parecida a mí, donde se produce una singular transformación vinculada a un caballo. A estas referencias se suma el universo más amplio de las fábulas, una de las formas narrativas más antiguas,
Lejos de tratarse de un procedimiento extraño, la autora subraya que esta operación tiene raíces profundas en la historia de la literatura. Sin embargo, advierte que en la contemporaneidad, marcada por una mirada más ensimismada en lo humano, este tipo de desplazamientos resulta inusual. “Si lo pensamos, es algo antiquísimo, pero hoy nos parece extraño”, señala, reivindicando así la potencia de volver a esas formas para imaginar otros modos de relación y percepción.
«Escribir es una manera de saber cosas»
Más allá de la ficción, la escritura de Sofía de la Vega se sostiene de un rigor académico que busca poner en visibilidad realidades del noroeste que la literatura porteño-centrista suele dejar de lado. Para la autora, este proceso no es solo una elección estética, sino que aparece una necesidad de registrar aquello que vivió en su infancia y que la mirada rioplatense y urbana suele omitir. La elección de la lengua y la construcción de la voz narrativa también responden a esa búsqueda por recuperar una experiencia situada. En ese sentido, la autora señala: “elijo que los personajes hablen como tucumanos. Todo tiene que ver con eso”. Y agrega « escribir sobre Tucumán es dejar una huella y también hacer que algún tucumano más pequeño diga: Ah, bueno, yo también puedo escribir. Porque si hay una persona que habla como yo y escribe en una editorial, eso quiere decir que es posible”.
«Las provincias del noroeste, que es lo que más conozco, está totalmente arraigado la cuestión del chamanismo, la curandería y no es algo negativo, convive perfectamente con la medicina alópata.«
También para Sofía, «escribir es una manera de saber cosas», una oportunidad para entender el mundo sin centrarse exclusivamente en su propia biografía. Esta curiosidad la ha llevado a utilizar los sistemas académicos no sólo para obtener un resultado formal, sino para alimentar su imaginación y seguir produciendo conocimiento desde diversos frentes. Bajo esta premisa, realizó una especialización en culturas del NOA con el fin de obtener nuevas ideas y fundamentos para su narrativa.
Este compromiso con el registro se extiende a su labor como investigadora. Actualmente, De la Vega trabaja sobre el archivo de Idea Vilariño, proceso que define no como una simple acumulación de papeles, sino como un «proceso de exhumación y transformación». Para ella, investigar un archivo permite «rever el pasado y la memoria» para generar nuevas lecturas en el presente. De la misma manera, considera que sus cuentos funcionan como un registro histórico que captura la «multitemporalidad» del norte argentino.
«En el noreste argentino hay una multitemporalidad. Están las comunidades muy vivas, esto que hablamos de los chamánicos parece, por la manera en que entendemos el mundo, que se hubieran cerrado y siguen ahí, están en tensión. Entonces lo divertido es poder mostrarlo y saber que no es algo antiguo», expresa.
Una Virgen pícara y el misterio de la prosa
Su presente creativo se encuentra volcado en la escritura de Muñecas, una novela histórica ambientada en el siglo XVIII que le ha exigido el desafío de explorar la voz de la Virgen del Valle. En este proyecto, De la Vega apuesta por alejarse de los binarismos para abrazar la complejidad: «aprovecho y hago como que la Virgen es medio graciosa y traviesa, y hace sus maldades», explica, con el objetivo de que los personajes no sean puramente buenos o malos, sino «un poquito más pícaro y complejo como es el ser humano».
Sin embargo, el camino hacia la publicación no ha sido lineal. La finalización de su tesis doctoral y las urgencias de la “vida económica” han dilatado un trabajo que originalmente estaba previsto para este año. Para Sofía, esta demora es parte de la naturaleza misma del oficio, una tensión entre la voluntad y lo inasible:
“Lo divertido de la literatura. Lo divertido, lo cruel y todo lo misterioso, es que uno puede sentarse todos los días a escribir y quizás no te salga nada. Es una mezcla de trabajo, disciplina, pero también hay un espacio que es el misterio y en el que te tenés que dejar atravesar, te puede salir algo y después por un montón de meses no. Y después vuelve a aparecer. Es extrañísimo”.
Muñecas no sólo explora la mística del NOA y el uso del kakan —idioma de los diaguitas del cual no quedaron registros—, sino que representa un proceso afectivo profundo que ha transformado la vida de la autora. Mientras espera el momento de soltar esta historia, De la Vega se prepara para compartir estos procesos en la Feria Tilde este domingo a las 19.
Tilde 2026: el mapa de la edición independiente se cita en el Centro Cultural Córdoba









