Nació en el Bronx, hijo de inmigrantes judíos de origen bielorruso, Fraydl Kotlar y Frank Lifshitz, pintor de brocha gorda. Nada en esa casa anticipaba los salones de madera oscura ni los caballos de polo. Lo que sí había, según se repite en los relatos sobre su juventud, era una mirada particular, Ralph vestía distinto y tenía un sentido del estilo que decidió capitalizar.
Su primer gran cambio fue de nombre, y nació de algo mucho más terrenal que una estrategia. A los dieciséis años dejó el apellido Lifshitz y adoptó Lauren, siguiendo el camino de su hermano mayor Jerry, que lo había hecho antes. El motivo, contado por el propio diseñador años después, fue una incomodidad cotidiana, las burlas de sus compañeros, que se reían de la pronunciación y de lo que el apellido sugería en inglés. Siempre rechazó la lectura de que lo hubiera hecho para ocultar su origen judío. Lo que vino después, convertir ese nombre en sinónimo de estilo de vida, fue una construcción posterior.
Las corbatas y el polo
Pasó por la universidad y en 1962 hizo el servicio militar. En 1967 entró a trabajar en Beau Brummel Neckwear, una firma de corbatas, y allí lanzó sus diseños propios bajo un nombre que parecía un capricho y terminó siendo su horizonte: Polo. Lo eligió por su interés en el deporte, aunque con los años quedó claro que el polo funcionaba como símbolo antes que como disciplina. Aquel jinete bordado en el pecho nunca quiso representar un partido, sino la idea de pertenecer a algo.
La expansión fue rápida. En 1968 se asoció con Norman Hilton y fundó Polo Fashions New York. En 1970 llegó el premio Coty por su trabajo en ropa masculina. Según se cuenta, las corbatas llamaron la atención de Bloomingdale’s, y cuando los responsables de la tienda le propusieron vender sus diseños bajo una etiqueta propia de los grandes almacenes, Lauren dijo que no. Prefirió seguir siendo dueño de su visión antes que fabricante de la visión de otro, y esa negativa suele leerse como el verdadero acto fundacional de la empresa.
Hollywood y la marca con nombre propio
Los años setenta lo encontraron en plena construcción de su mundo. En 1973 le encargaron el vestuario de El gran Gatsby, que le valió un segundo Coty. Fue una coincidencia elocuente; el personaje de Fitzgerald también se había inventado a sí mismo desde la nada. En 1974 abrió su primera tienda y lanzó su primera línea femenina. En 1977 vistió a Diane Keaton en Annie Hall, de Woody Allen, y ese mismo año rebautizó su firma como Ralph Lauren. El apellido que había adoptado a los dieciséis años pasaba a ser, por fin, una marca.

Con el tiempo ya no se trató solo de ropa. La compañía avanzó hacia los deportes, la belleza, el hogar y la hospitalidad, y sus tiendas insignia fueron pensadas para que quien entre sienta que pisa la casa del propio diseñador. El Polo Bar, en Nueva York, lleva esa lógica al extremo: un restaurante con fama de ser el más difícil de reservar de la ciudad.
Un símbolo que no se limitó
Lo más curioso de su obra es que la fantasía elitista no quedó encerrada en la élite. En los años noventa, grupos como los Lo Lifes, en Nueva York, adoptaron las prendas de Polo, y lo hicieron al revés de lo que proponía la publicidad. No porque la marca reflejara su realidad, sino para tomar un símbolo de riqueza y hacerlo propio. Esa capacidad de ser reinterpretada, quizá, es la que explica la longevidad de la firma.
Reconocimientos, fortuna y una pausa
En 2010 el presidente francés Nicolas Sarkozy lo nombró Caballero de la Legión de Honor. Forbes estimó su fortuna en 7.000 millones de dólares en septiembre de 2012 y en 8.000 millones en enero de 2015. Ese mismo año, el 29 de septiembre, se anunció que dejaría el cargo de CEO para ocupar los de presidente ejecutivo y director creativo, es decir, el lugar desde donde siempre había querido mandar: el de quien imagina.
Más allá de la ropa

Quien aprendió a pensar la moda como una promesa suele desconfiar del diseño por el simple hecho de ser diseño. Lo dijo él mismo: «No entiendo el diseño por el diseño. Los creadores debemos tener una visión que refleje lo que la gente quiere».
A los 87 años, Ralph Lauren deja una historia que excede la moda. La de cómo la ropa puede convertir los signos del privilegio en una forma de pertenencia al alcance de quienes pueden comprarlos. Su mayor creación no fue solo una marca, sino un universo de referencias sociales y culturales que permitió acercarse simbólicamente a un estilo de vida sin haber nacido en él. Lauren comprendió que también se consume lo que una prenda representa. Una identidad, una posición, una imagen ante los demás. Y en esa distancia entre pertenecer y parecer que se pertenece, aparece una pregunta sobre una sociedad que no solo consume objetos, sino también las identidades que promete proyectar.
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