Luis Alberto Spinetta es una pieza central en la identidad de la música argentina. Su obra atraviesa generaciones y territorios, y su paso por el valle de Punilla dejó una huella indeleble en la memoria del Cosquín Rock.
El 12 de febrero de 2011, en el debut del festival en su actual sede de Santa María de Punilla, el “Flaco” regresó a un formato que siempre le resultó ajeno: los grandes festivales y las multitudes. Sin embargo, su presencia se transformó en uno de los hitos más significativos del encuentro.
Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 23 de enero de 1950 – 8 de febrero de 2012).
conocido como El Flaco, fue cantante, guitarrista, poeta y compositor argentino, y una de las figuras más influyentes del rock en Hispanoamérica. Por la Ley 27.106, la fecha de su nacimiento fue declarada Día Nacional del Músico en la Argentina.
A poco de comenzar el show, Spinetta se sentó en una silla, al lado de su baterista. Desde allí, interpretó todo su repertorio, en un gesto íntimo, casi austero, que contrastaba con la magnitud del evento. Aquella noche fue, sin saberlo, el último concierto de Spinetta en el Cosquín Rock, y uno de los últimos grandes registros públicos antes de su fallecimiento, ocurrido un año después.
“Espero que le hayan prestado atención y hayan disfrutado de la música… que es lo más importante”, dijo antes de despedirse.
La presencia de Spinetta consolidó una idea que el Cosquín Rock fue construyendo con los años: la de un festival capaz de reunir no solo a las nuevas generaciones del rock, sino también a los grandes referentes de la cultura nacional.
El impacto de su figura se sintió con fuerza al año siguiente. En la edición 2012, que convocó a más de 100 mil personas, el Cosquín Rock rindió un homenaje transversal al “Flaco”. Desde versiones de sus canciones hasta menciones explícitas desde el escenario, su obra atravesó las tres jornadas del festival. Charly García recordó al «Flaco» con Rezo por vos:
“Todos saben que son tiempos difíciles y todos sabemos por qué. Acá falta algo, pero se puede ser feliz también con ese recuerdo», dijo García.
Durante su presentación con Illya Kuryaki and The Valderramas, Dante Spinetta se dirigió al público con una frase cargada de emoción: “Mi viejo está acá hoy. Está acá, y por eso vamos a seguir celebrando la vida”.
Artistas de distintas generaciones y estilos —Massacre, Catupecu Machu, Calle 13, Ciro, entre otros— versionaron canciones emblemáticas como “Ana no duerme”, “Seguir viviendo sin tu amor” o “Todas las hojas son del viento”, confirmando la vigencia y amplitud de su legado.
A casi una década y media de aquel concierto sentado en las sierras cordobesas, la impronta del autor de “Muchacha ojos de papel” sigue funcionando como un estandarte de sensibilidad, libertad y búsqueda artística. Valores que el Cosquín Rock reconoce como parte de su ADN y que proyecta hacia el futuro, en su camino de consolidación como uno de los festivales más importantes de la región.
Spinetta y La Falda: un lazo profundo con las sierras
Pero la relación de Luis Alberto Spinetta con las sierras cordobesas no se agotó en el Cosquín Rock. Antes y después, La Falda fue uno de los territorios donde el “Flaco” construyó un vínculo artístico y afectivo excepcional, a través de presentaciones históricas que marcaron la identidad del rock argentino en el interior del país.
Spinetta fue protagonista central del Festival de La Falda, un encuentro clave del rock nacional nacido a comienzos de los años ochenta y concebido —con el impulso y la visión del propio Spinetta— por el productor y gestor cultural Mario Luna. Allí se presentó en múltiples ocasiones y con distintas formaciones, desde Almendra hasta Spinetta Jade, pasando por shows solistas y formatos acústicos, entre 1981 y 2002.
Uno de los momentos más recordados ocurrió en la edición de 1992, cuando La Falda fue escenario de un cruce generacional que quedaría en la historia. Según relata Mario Luna en Luisito, volumen 2, de Jorge Kasparian, el episodio se gestó casi por azar. Durante una prueba de sonido en el Teatro Gran Rex, donde Spinetta presentaba Pelusón of milk, Luna conoció a Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur, que recién comenzaban a dar forma a Illya Kuryaki and The Valderramas.

“¿Y cuándo van a debutar?”, les preguntó. La respuesta fue incierta. Entonces Luna no dudó: los invitó a hacerlo en La Falda ‘92. Cuando Spinetta padre llegó al teatro y se enteró de la propuesta, puso una sola condición: “Ellos viajan conmigo, se hospedan conmigo y tocamos el mismo día”. Así fue como el Flaco volvió a presentarse en La Falda y, al mismo tiempo, Illya Kuryaki debutó oficialmente en los escenarios de Punilla, bajo su tutela.
La huella de Spinetta en La Falda fue tan profunda que trascendió lo musical. En el marco del proyecto cultural “La Falda Rock”, la ciudad impulsó el cambio de nombre de calles en homenaje a figuras fundamentales del rock nacional. Tras Miguel Abuelo, Luca Prodan y Norberto “Pappo” Napolitano, en abril de 2023 se inauguró oficialmente la calle Luis Alberto Spinetta, en el valle de Punilla, como reconocimiento a su legado artístico y humano.
Ese gesto urbano cristalizó un vínculo sostenido durante décadas: Spinetta no solo tocó en La Falda, sino que la pensó, la defendió y la eligió como espacio de libertad, convivencia y renovación cultural. Un amor real entre el Flaco y las sierras cordobesas, que sigue vivo en la memoria colectiva.
Un cordobés en la vida cotidiana del Flaco
Otra de las conexiones de Luis Alberto Spinetta con Córdoba —difundida también en el libro de Jorge Kasparian— se inscribe en una dimensión íntima y poco conocida, lejos de los escenarios. En Villa Urquiza, el barrio porteño donde vivía el músico, una panadería formaba parte de su rutina cotidiana. Allí trabajaba Daniel Ponce, panadero nacido en Uacha, localidad del sur cordobés ubicada entre La Carlota y Río Cuarto, a quien el Flaco bautizó cariñosamente como “el Bill Evans de los panaderos”.
El apodo no fue casual ni irónico. Spinetta admiraba la atención, la calidez y el cuidado artesanal con el que Ponce hacía su trabajo, y en ese gesto cotidiano encontró una forma de excelencia que merecía ser celebrada. Como el pianista de jazz al que aludía el sobrenombre, aquel panadero cordobés representaba para él la sensibilidad puesta en lo simple, el arte en lo mínimo.

La panadería de Ponce se convirtió así en un pequeño refugio barrial frecuentado por Spinetta, y la anécdota quedó grabada como una de esas historias entrañables que revelan su mirada sobre el mundo: una ética donde la poesía no estaba solo en las canciones, sino también en los vínculos, en los oficios y en las personas comunes.









