Bill Gates y la reforma agraria

Por José María Las Heras

Bill Gates, fundador de Microsoft, direcciona parte de su fortuna a la primera actividad económica del hombre: la agricultura. Con su última compra de tierras en EEUU es un poderoso propietario de 98.000 hectáreas destinadas al cultivo intensivo y sustentable. Aunque exista el prejuicio de pensar en la maldicidad de los millonarios, apostemos a la nobleza de sus palabras en ayudar a “pequeños agricultores, para que la producción de alimentos en países de ingresos bajos y medios (financia a campesinos de África y Asia) sea más productiva, adaptable y sostenible”.      Preocupado por el cambio climático, propone el desarrollo de variedades resistentes al calentamiento global, abordando el temor a la carencia de alimentos en el mundo.

De la noticia caben varias lecturas. En primer lugar, la concentración de la propiedad rural en EEUU y nuestro país. Según el Registro de Tierras Rurales, 62 millones de hectáreas de Argentina son de propiedad de 1.250 terratenientes (0,1% de los propietarios privados), algunas de los cuales superan en superficie a nuestra provincia más pequeña: Tucumán. El mayor propietario es Benetton, con 900.000 hectáreas, seguido por el Grupo Walbrook, de Gran Bretaña, con 600.000. El polémico Lázaro Báez, con 470.000; la familia Sapag, con 420.000 hectáreas; y la tradicional familia Menéndez Behety, con 400.000. La concentración no discrepa en mucho con la de EEUU, en donde los diez más importantes propietarios de tierras –partiendo de un “mínimo” de 336.000 hectáreas- poseen un total de 5,5 millones de hectáreas. Uno de ellos es el dueño de CNN, Ted Turner, con 809.000.

Los grandes propietarios, en ambos países, se dedican preferencialmente, por las características agroecológicas, a la explotación extensiva. Por ello las casi 100.000 hectáreas de propiedad de Bill Gates se valorizan, en cuanto se destinan a cultivos intensivos autosustentables.

En segundo lugar, el origen de la propiedad de la tierra en uno y otro país. Señala Alexis de Tocqueville, en “La democracia en América”, que en EEUU, detrás del ejercito iban pequeños colonos –también fusil en mano-, y a medida que desalojaban a los nativos (en verdad, los masacraban) fueron apropiándose de ellas y explotándolas. En cambio, en nuestro país, ejércitos de “leva” formados por el pobrerío gaucho, pusieron el pecho para desalojar a los pueblos originarios. Por detrás, personajes ligados al poder, mediante diversos artificios ocuparon las tierras feraces. Ajenos al fragor de la Conquista del Desierto, constituyeron la llamada oligarquía vacuna. Como escribe Perla Suez en su magistral “El país del diablo”, en la época de la conquista “quien desea fortuna debe conquistar territorio, con leguas de alambre y palos”.

Por último, la grieta argentina entre una visión agropecuaria y otra industrialista. Está arraigada la cultura de los primeros, asumiendo conductas sectarias con la afirmación de que “a este país lo hizo rico el campo”. Un reduccionismo maniqueo, en cuanto hay que preguntarse cuán poderosa sería Argentina si el desarrollo industrial se hubiera iniciado a fines del siglo XIX, como bregaba Pellegrini, o por lo menos se hubiera sostenido el registrado entre 1945 y 1976. Habríamos evitado la abrupta caída de la economía, como de los desastrosos indicadores sociales de pobreza.

Tal vez la polémica actual entre el dirigente social Juan Grabois y el empresario Marcos Galperin, el argentino más rico y dueño de Mercado Libre, comenzaría a zanjarse si quienes construyen poderosos cibermercados imitaran iniciativas como las de Gates, apoyando una reforma agraria. Su capacidad innovadora, mostrada en tantos negocios, ayudaría para dar productividad a tierras marginales o sub utilizadas. Nadie habla de apropiación por la fuerza. Muy ajeno a un “remake” de la Conquista del Desierto post moderna, echando violentamente a sus propietarios, sino utilizando tierras fiscales o expropiando con indemnización lo indispensable, para así impulsar proyectos agroindustriales sustentables. Además de contar con un sistema tributario justo, habría que pensar en un impuesto a la renta potencial de la tierra en reemplazo de las retenciones.

Cuánto así ganaríamos en paz social, zafando de la concentración urbana en el AMBA y sus bolsones de pobreza.     El país necesita de una burguesía inteligente y transgresora. Seguramente los movimientos sociales, que han demostrado su solidaridad y conducta pacifica en la pandemia, se sumarían al desafío.

El Estado presente, presente deberá estar. Existe el mito que en EEUU el Estado estuvo ajeno a la propiedad de la tierra, pero no es así. Según el historiador Chester Wright, la “política pública de tierras tuvo como efectos beneficiosos el crecimiento exponencial del poblamiento del país, el desarrollo de la actividad privada, la financiación de proyectos estatales de importancia social, la mejora de las condiciones de las clases más pobres, la atracción de inmigrantes y la consolidación del espíritu de una sociedad más democrática”.

Es hora de organizar, con experiencias piloto, granjas autosustentables, no desechándolas bajo la premisa que los pobres están acostumbrados a planes y subsidios.

Ex ministro de Finanzas, profesor consulto de la UNC

 
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