De príncipe a mendigo

El ojo de Horus

De príncipe a mendigo

Sin dudas, junto a Roberto De Vicenzo y Eduardo "Gato" Romero, el "Pato" Ángel Cabrera integra el podio de las glorias argentinas del golf. Dueño de uno de los golpes más potentes del circuito internacional, ganador del US Open en 2007 y del Master de Augusta en 2009, Cabrera protagonizó un memorable desempate con el norteamericano Kenny Perry, y se convirtió en el único latinoamericano en calzarse la chaqueta verde.

Los archivos fotográficos lo muestran llegando victorioso al aeropuerto de nuestra ciudad, con caravanas a Villa Allende, y con cientos de chicos y grandes peleando por conseguir una foto, un autógrafo, un saludo de ese fortachón con pinta de buen tipo que, entre pucho y pucho, no dejaba de sonreír y agradecer a tantos fanáticos.

Será por este pasado, tal vez, que impacta tanto imaginarlo encarcelado, aislado, en una celda especial de la prisión de Bower. El próximo jueves 1 de julio, de no surgir imprevistos, será juzgado en la Cámara Segunda del Crimen por, presuntamente, haber maltratado a su ex pareja, Cecilia Torres Mana. Además, en la fiscalía de Violencia Familiar del doctor Griffi, avanzan otras tres causas con denuncias similares, presentadas por otras dos mujeres que acompañaron al golfista en diferentes momentos de su vida.

No debería sorprender entonces que Cabrera resulte finalmente condenado a prisión efectiva, más allá de la pericia y experiencia de su defensor Carlos Hairabedián. La historia del “Pato” se puede graficar en una montaña rusa, nunca apta para quienes sufren vértigo. Cuando hay tanta distancia entre arriba y abajo, más fuerte se suele escuchar el estruendo. Imaginemos que, en un contexto de ley pareja para todos, la vida de este ídolo del golf se pueda parangonar también con la historia del príncipe que terminó siendo mendigo.

Carambola fatal

Nadie muere en la víspera, y todos morimos en la hora indicada. Sobre los misterios del destino se seguirán escribiendo infinidad de teorías, pero jamás la ciencia podrá encontrar una regla exacta capaz de predecir el momento fatal.

En la Cámara Once del Crimen empezaron a juzgar a Matías Cortés, Emiliano Miranda y Raúl Páez por el asesinato de José Orellana, ocurrido en barrio Cooperativa Los Paraísos, el 19 de junio del 2019.

Se trató de otro hecho de violencia urbana, con problemas previos entre Miranda y la víctima, quien también estaba armado con un calibre 38.

Lo llamativo de este hecho es que el autor del homicidio efectuó dos disparos, que rebotaron en el asfalto y uno de ellos terminó dando en un ojo de Orellana, pero sin orificio de entrada. El impacto le provocó un traumatismo frontal de cráneo con desvanecimiento, y otro golpe en la parte occipital de la cabeza al pegar contra el piso. Según la pericia balística, quien disparo estaba a 10 metros del punto de rebote, donde la bala cambio a un ángulo ascendente para lesionar al occiso, quien estaba a la increíble distancia de 35 metros. Dicho en vocabulario propio del billar, una carambola caprichosa imposible de hacer en un millón de intentos.

La discusión jurídica es si Miranda lo quiso matar a Orellana, o solo disparo al piso para amedrentarlo. Por supuesto, la diferencia es enorme ya que las eventuales condenas varían entre el homicidio doloso o el culposo. Más allá de lo que resuelvan los jueces, no nos equivocamos al decir que Orellana falleció por culpa de un rebote.

 
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