Lionel Messi suele ser abordado desde la estadística o la épica, pero rara vez se lo analiza como un sujeto inserto más allá de la cultura que desborda el fútbol. Su reciente intervención en el canal de streaming Luzu TV permitió observar, con una nitidez inusual, cómo el hombre más observado del mundo gestiona sus momentos de ocio y su identidad privada. Para la sección de Cultura, este testimonio trasciende la anécdota: es una hoja de ruta sobre cómo un individuo hiper-expuesto construye una “normalidad” a través de consumos culturales específicos y una estructura psicológica que prioriza el orden y la introspección.
La entrevista no fue una pieza de promoción deportiva, sino un ejercicio de desmitificación. Messi se presentó como un consumidor de contenidos que, a pesar de las décadas en el exterior, mantiene una dieta cultural estrictamente argentina. Este vínculo con lo propio no es casual; funciona como un anclaje identitario en un contexto de desarraigo permanente.
La dieta audiovisual y el interés por lo público
Uno de los puntos más reveladores fue su confesión sobre los consumos televisivos y de plataformas. Messi no es ajeno a los fenómenos de audiencia de su país. Confirmó que, junto a su esposa Antonela Roccuzzo, consumió íntegramente la serie Envidiosa, protagonizada por Griselda Siciliani. “Muy buena, sí. Hace poco la terminamos”, señaló, validando una ficción que explora las neurosis contemporáneas.
Más allá de la ficción, el capitán de la Selección reveló un interés por la crónica social y el pulso de la farándula nacional a través de programas como LAM. “Me gusta el chisme, soy como mi vieja que le gusta todo”, explicó. Este interés por el “chisme” puede leerse como un mecanismo de distracción y, a la vez, como una forma de mantenerse conectado con el murmullo social argentino. Para quien vive en una burbuja de exclusividad, el consumo de la cotidianeidad ajena parece ser un alivio frente a su propia trascendencia.
En cuanto a su interacción con las nuevas narrativas digitales, Messi admitió ser un usuario activo de TikTok y un observador cauteloso de las redes sociales. Su perspectiva sobre la gestión de su imagen pública es quirúrgica: “A veces quiero dejar de seguir alguno y no lo hago porque sé lo que puede pasar… todas esas boludeces después repercuten”. La frase expone a un sujeto plenamente consciente del peso simbólico de cada gesto en la cultura digital.
El fútbol también es cultura
Para Messi, el fútbol no es solo una actividad profesional, sino el eje central de la transmisión de valores y afectos en su núcleo familiar. Bajo esta premisa, la idea de que el fútbol también es cultura adquiere sentido al observar cómo el deporte estructura el vínculo con sus hijos y la memoria de su propio padre.
En la residencia de los Messi en Miami, la pelota es el objeto cultural por excelencia. “Vivimos con la pelota. A Mateo es al que más le gusta”, confesó. Sin embargo, este hábito tiene una frontera clara impuesta por las normas domésticas que lidera Antonela. “En casa no nos dejan jugar adentro… mucho quilombo no podemos hacer”, explicó. Esta restricción resulta significativa: el hogar no es una extensión de la cancha, sino un espacio de orden donde incluso el ídolo debe adaptarse a la vida civil.
Este vínculo cultural también se proyecta hacia atrás, en la figura de su padre y en los sacrificios que marcaron su recorrido. Messi despejó mitos sobre su frustrado paso por River Plate con un relato preciso y despojado de épica. “Fui por mi cuenta a River… me dijeron que se iban a hacer cargo del tratamiento, pero el pase no lo podían resolver”, recordó. En ese punto, el fútbol aparece como una estructura de poder y burocracia que terminó de definir su destino cultural en Europa, siempre acompañado por su padre.
La estructura psicológica: la soledad y el orden
Uno de los momentos de mayor honestidad fue cuando Messi habló de su personalidad introspectiva. Lejos del estereotipo del líder extrovertido, se definió como alguien que necesita la soledad para procesar el mundo. “Soy más raro que la mierda, me gusta estar solo… el quilombo de la casa me termina saturando”, admitió. La soledad aparece así como un refugio necesario frente al ruido constante de la fama.
Esa “rareza” está íntimamente ligada a una obsesión por el orden y la previsibilidad. “Me dejo la ropa preparada, las cosas de fútbol. No me gusta que me toquen las cosas”, explicó. Su estado emocional depende del respeto por la estructura: “Si tengo el día organizado y algo cambia, me pongo de mal humor. Me voy”. El control de lo cotidiano funciona como un contrapeso frente al caos de la exposición global.
Incluso en el plano afectivo, Messi se describió como poco demostrativo pero profundamente atento. “Me gusta dejar algún regalito, una notita me cuesta más”, confesó. Su historia con Antonela, marcada por la distancia y los reencuentros, refuerza la idea de un vínculo construido en el tiempo, sin urgencias ni gestos grandilocuentes.
Identidad lingüística y rituales de pertenencia
Otro pilar central de su identidad cultural es el idioma. En un mundo globalizado, Messi elige refugiarse en el español. “En inglés no hablo. Me da pudor, me siento raro”, afirmó. Más que una limitación, el idioma aparece como una trinchera identitaria, un espacio donde se preserva la autenticidad.
Esa sensibilidad se profundizó al recordar su encuentro con Charly García. “Fue algo inexplicable… tiene una energía especial, una magia”, dijo. En ese momento, Messi dejó de ser el ídolo para convertirse en un espectador más de la cultura argentina, deslumbrado por otro tipo de genialidad.
Finalmente, el Messi más terrenal emergió en sus hábitos de distensión. No es un gran bebedor, pero conserva rituales bien locales. “Para bailar tengo que estar un poquito escabiado. Me gusta el vino con Sprite”, contó. El detalle, lejos de ser menor, termina de anclarlo en una cultura cotidiana, reconocible y popular.
En sus expresiones, Lionel demuestra que el fútbol puede ser también una forma de cultura que une generaciones, enseña disciplina y constituye un eje de la vida familiar. La pelota, la rutina, la educación de los hijos y el consumo cultural se combinan en un ecosistema donde lo profesional y lo personal se entrelazan. Las series, el streaming, los clips y las redes sociales conviven con los entrenamientos y los momentos compartidos, mostrando un Messi que encarna los valores y hábitos de su generación, mientras transmite a sus hijos la pasión y el respeto por lo que ama.









