Yandel presentó “Sinfónico” junto a una orquesta dirigida por Ezequiel Silberstein, con arreglos de cuerdas y vientos que reversionaron sus grandes éxitos. Pasadas las 21, con la ansiedad todavía acomodándose en las tribunas del Quality Arena, un DJ comenzó a calentar la noche.
Minutos después, las cuerdas tomaron posición, los vientos afinaron y la orquesta sinfónica —dirigida por el argentino Ezequiel Silberstein, ex Teatro Colón y colaborador de artistas como Fito Páez y Nathy Peluso— marcó el primer pulso. Entonces apareció él. Yandel. Saludó con una sonrisa cómplice y lanzó la pregunta que encendió la arena: “¿Quieren un poco de reggaetón de verdad?”. La respuesta entre el público fue un grito que prendió la noche.
La velada abrió con la potencia de “Puño de Tito”, una declaración de principios: beats urbanos sostenidos por arreglos de cuerda y viento que ampliaban cada golpe. Los clásicos desfilaron con nueva piel. “Rakata”, “Pam Pam”, “Abusadora”, “Noche de Sexo”, “El Teléfono”, “Encantadora”, “Ay Mi Dios” y la explosiva “Yandel 150” sonaron más épicas, más grandes, casi cinematográficas. En algunos temas, el piso literalmente vibraba. El reggaetón, elevado a sinfonía, no perdió calle ni energía; la multiplicó.
Hubo lugar para todo el recorrido de su carrera: hits de la era Wisin & Yandel, colaboraciones con Don Omar y Bad Bunny, y canciones de su etapa solista y su último álbum, Infinito. Cada bloque parecía dialogar con una etapa distinta de su historia, como si la orquesta subrayara la evolución de un género que él mismo ayudó a construir.
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Uno de los momentos más inesperados llegó con un baile de tango sobre el escenario, mientras la orquesta envolvía la escena con dramatismo y una bandera argentina iluminaba el fondo. Un guiño local que mezcló tradición y urbano con naturalidad.
Las luces acompañaron cada clima: rojos intensos para los perreos más crudos, azules y dorados para las partes orquestales, destellos blancos cuando el público cantaba a capela. El show, que se extendió hasta cerca de las 23, mantuvo tensión y elegancia sin perder fiesta. Reggaetón con traje de gala. Cada canción invitaba a bailar, a cantar y a emocionarse; cada momento reforzaba la conexión con un público que no dejó de acompañar y disfrutar el show.
Durante el concierto, Yandel se dirigió a la multitud: “Estoy contento de estar aquí con todos ustedes. Me dicen que muchos reggaetoneros no llegan aquí. Y yo decidí darles este cariño porque yo sé que aquí hay un público hermoso y siempre agradecido. Por eso quiero que nunca me olviden”.
Estrenado originalmente en Miami, este formato sinfónico confirma a Yandel no solo como una leyenda del reggaetón, sino como un artista dispuesto a arriesgar. Fusionar lo clásico con lo urbano sin que suene forzado no es sencillo. Él lo logra con naturalidad. En Córdoba, quedó claro: el reggaetón también puede sonar majestuoso. Y aun así, hacer temblar el piso.
Tras su paso por el Quality Arena el pasado martes, el espectáculo continúa su recorrido con presentación en el Movistar Arena de Buenos Aires. Tras casi dos horas de show, quedó claro que “Yandel Sinfónico” no es una rareza ni un experimento, sino una evolución. La fusión entre lo urbano y lo clásico funciona, emociona y amplifica cada hit. Si la intención era demostrar que el reggaetón puede ocupar escenarios de gala sin perder calle, Córdoba fue la prueba definitiva.









