Leí con interés el artículo «Tal como está, ¿para qué sirve la educación argentina?» porque pone sobre la mesa un debate necesario. En tiempos donde abundan los diagnósticos sobre el sistema educativo, detenernos a pensar el sentido de la educación siempre resulta valioso. Sin embargo, mientras avanzaba en la lectura, una inquietud comenzó a ocupar el centro de mi reflexión: ¿y si la propia pregunta con la que inicia el debate también necesitara ser revisada?
Preguntarnos para qué sirve la educación supone, de alguna manera, aceptar que su valor depende de la utilidad que pueda demostrar. Es una pregunta legítima, pero también limitada. Porque la educación difícilmente pueda comprenderse únicamente desde la lógica de la eficiencia, la productividad o el rendimiento. Hay experiencias humanas cuyo valor no reside en aquello que producen, sino en aquello que hacen posible. Educar pertenece a esa categoría.
Desde que existen las sociedades humanas, educar ha significado mucho más que transmitir conocimientos o preparar personas para el trabajo. Ha sido el modo en que una comunidad transmite su cultura, su memoria, sus valores, sus conflictos y también sus esperanzas. Cada generación recibe un mundo que no construyó y tiene la responsabilidad de comprenderlo, transformarlo y legarlo a quienes vendrán. La educación es el puente que hace posible esa continuidad.
Quizás por eso, cuando afirmamos que la educación está en crisis, convenga preguntarnos si el problema radica únicamente en la escuela o si, en realidad, esa crisis expresa algo más profundo. ¿No será que la escuela refleja las tensiones de una sociedad que todavía no logra ponerse de acuerdo acerca de qué significa vivir en comunidad?
Esperamos que la escuela forme ciudadanos democráticos mientras el debate público se vuelve cada vez más agresivo. Le exigimos que enseñe solidaridad en una cultura atravesada por el individualismo. Reclamamos pensamiento crítico mientras predominan la inmediatez, la simplificación y la desinformación. Pretendemos que resuelva desigualdades económicas, conflictos sociales, problemas de convivencia y los efectos de las transformaciones tecnológicas. Quizás, sin advertirlo, hemos convertido a la escuela en el lugar donde depositamos todas las deudas que la sociedad mantiene consigo misma.
En ese escenario también resulta inevitable hablar del Estado. No para atribuirle todas las respuestas, sino para reconocer que ninguna comunidad puede construir un sistema educativo sólido cuando cada gestión redefine prioridades, programas o enfoques. La educación necesita continuidad, planificación y acuerdos capaces de trascender los tiempos electorales. Ningún proyecto educativo madura en cuatro años; sus resultados se construyen a lo largo de generaciones.
Sin embargo, tampoco sería justo reducir la educación a las políticas públicas. También educan las familias, los medios de comunicación, las redes sociales, las organizaciones, las instituciones y los discursos que circulan cotidianamente. La escuela nunca educó sola. Tal vez por eso resulte injusto responsabilizarla, en exclusividad, por problemas cuyo origen y cuya solución exceden ampliamente sus posibilidades.
En el fondo, educar supone un acto de confianza. Es reconocer que el mundo que heredamos no nos pertenece únicamente a nosotros y que tenemos la responsabilidad de entregarlo, enriquecido y no empobrecido, a quienes llegarán después. Cada decisión educativa expresa cuánto valoramos ese mundo y cuánto estamos dispuestos a comprometernos con su continuidad y su transformación.
Por eso, me permito devolver la pregunta que inspira el artículo con otra que, a mi entender, la amplía: ¿es posible pensar seriamente la educación sin preguntarnos antes qué proyecto de país y qué idea de ser humano deseamos construir? ¿Puede existir una educación de calidad cuando aún no hemos logrado construir un consenso social y político acerca del país que queremos ser?
Tal vez ahí comience la discusión que todavía nos debemos. No una discusión centrada únicamente en indicadores, reformas o resultados, sino una conversación más profunda sobre el sentido de educar, sobre el lugar que ocupa el conocimiento en nuestra vida democrática y sobre la responsabilidad compartida que tenemos frente a las nuevas generaciones.
Porque, quizás, la pregunta más importante no sea para qué sirve la educación. La pregunta verdaderamente incómoda sea otra: ¿Qué dice de nosotros la educación que somos capaces de imaginar, sostener y defender? Después de todo, toda educación expresa una decisión colectiva acerca del ser humano que queremos formar, del mundo que elegimos preservar y del futuro que estamos dispuestos a construir.
Gastón Emiliano Hrehorow
DNI: 31.217.818
Tu voz también cuenta. Compartí tus crónicas, reflexiones, reclamos o experiencias con nuestra redacción. Podés participar de dos maneras: redactando tu nota directamente desde el botón visible en la sección Hoy Comunidad o enviando tu texto a redaccion@hoydiacordoba.info, siempre firmando con tu nombre completo y DNI.









