Cada 17 de agosto, la Argentina recuerda la muerte de José de San Martín, el militar que condujo la independencia de su país, Chile y Perú, y cuya figura terminó convertida en uno de los pilares de la identidad nacional.
Pero detrás de las estatuas, los billetes y los nombres de calles que perpetúan su imagen, hay un hombre cuya personalidad real, esquiva, disciplinada y hermética, contrasta con la solemnidad del mito que ayudó a construir la propia historiografía argentina.
Un final marcado por el dolor y el silencio
San Martín pasó sus últimos dos años de vida en Boulogne-sur-Mer, una ciudad costera del norte de Francia adonde había llegado escapando de la revolución de 1848 en París, con la intención de buscar una salida hacia Inglaterra.

Alquiló tres plantas de una casa sobre la Grand Rue, rodeado de retratos de su vida americana: conservaba un cuadro de Simón Bolívar y el estandarte que le había regalado la ciudad de Lima tras su liberación.
Esos años finales estuvieron atravesados por el deterioro físico. El Libertador arrastraba desde hacía tiempo asma, úlcera duodenal y gota, además de haber sufrido cataratas, disentería, cólera y erisipelas a lo largo de su vida. Los médicos determinaron después que los dolores estomacales que lo aquejaban en la etapa final respondían al avance de un cáncer.
El sábado 17 de agosto de 1850, tras una breve mejoría engañosa en los días previos, la agonía se precipitó.
Esa mañana San Martín había permanecido sentado con tranquilidad en un sofá. Al sentir frío, pidió que lo trasladaran a la habitación de su hija Mercedes. Ya en sus brazos, alcanzó a murmurar una frase que quedaría grabada en la memoria histórica: «Mercedes, ésta es la fatiga de la muerte». Horas después, tras sufrir dolores agudos y una breve convulsión, murió a las dos de la tarde, acompañado por su hija, su yerno, sus nietas, el médico y el encargado de negocios de Chile. Tenía 72 años.
Su amigo Félix Frías, que pasó por la casa al día siguiente, dejó un testimonio que resume el carácter que se le atribuía en vida: relató haber contemplado «los despojos mortales de ese hombre cuya vida pertenece a las brillantes páginas de la historia americana» y señaló que su rostro conservaba «los rasgos marcados de su carácter severo y respetable».

San Martín había prohibido expresamente que se le realizara cualquier tipo de funeral, pero su hija organizó igualmente una ceremonia modesta. Sus restos descansaron primero en la cripta de la catedral de Boulogne y recién en 1880 fueron trasladados a Buenos Aires, donde hoy reposan en un mausoleo custodiado por los Granaderos a Caballo.
El hombre detrás del prócer
Los historiadores coinciden en que San Martín fue, ante todo, un militar profesional poco dado a la exposición pública. Se lo describe como una figura enigmática, austera y estoica, que guardaba sus emociones para sí y se mantenía alejado de cualquier gesto extravagante.
A diferencia de Simón Bolívar, con quien se lo compara habitualmente, ya que ambos marcan el punto más alto de la consagración heroica en América Latina, San Martín carecía del despliegue oratorio y la desenvoltura pública del venezolano. Su sentido de la reserva lo hacía reacio a hablar de su vida privada, algo que todavía hoy representa un desafío para quienes intentan reconstruir su figura íntima.
La disciplina, según quienes lo trataron de cerca, era la clave de toda su conducta, tanto dentro como fuera del campo de batalla. Era exigente y de trato severo con sus tropas, pero la preocupación constante por el bienestar de sus hombres le valió un profundo respeto entre la soldadesca.
El comodoro británico Bowles, que lo conoció personalmente, quedó impresionado por lo que definió como una «devoción fanática» por el trabajo, en la que no se le escapaba ningún detalle. Otro observador de la época, el cónsul británico Henry Chamberlain, informó a su gobierno que el carácter moral de San Martín estaba muy por encima del resto de los líderes independentistas y que sus capacidades militares eran de primer nivel.
En materia de amistades fue igual de selectivo. Entre sus contemporáneos argentinos, encontraba a pocos que le generaran verdadera confianza: consideraba a Bernardino Rivadavia grosero, a Carlos de Alvear insidioso y a Bernardo de Monteagudo errático. En cambio, con Bernardo O’Higgins, a quien describía como un hombre de carácter afable y sencillo, construyó una amistad instantánea que se prolongó durante toda su vida pública.
En su círculo más cercano privilegiaba vínculos concretos por sobre las alianzas de conveniencia: fue amigo del comodoro Bowles y no de Cochrane, de O’Higgins y no de Bolívar, de Tomás Guido y no de Rivadavia.
Quienes coincidieron con él en Lima, durante los años en que ejerció el Protectorado del Perú, señalaron que, aunque en los asuntos de gobierno nunca abandonaba su formalidad y su carácter estricto, en los ambientes sociales podía mostrarse cercano y hasta afable, sobre todo con los oficiales más jóvenes, a quienes alentaba a participar de las tertulias limeñas.
Respecto de su vida espiritual, los biógrafos remarcan que, si bien se preocupó porque su hija recibiera una educación católica y nunca renunció del todo a la práctica de su fe, la religión no ocupó un lugar central en sus últimos años de exilio. En su testamento se refirió a Dios como «Hacedor del Universo», pero sin mención alguna a la Iglesia católica, algo inusual para la época en un hombre de convicciones religiosas fervientes.
De soldado del rey a símbolo de la Patria
La trayectoria que llevó a este hombre reservado a convertirse en el máximo héroe nacional argentino comenzó muy lejos del Río de la Plata. San Martín inició su carrera militar en España desde muy joven y combatió durante años en el ejército realista antes de embarcarse, junto a otros americanos residentes en Europa, en la organización de sociedades secretas destinadas a impulsar la independencia hispanoamericana.
Cuando desembarcó en Buenos Aires en 1812, su círculo de contactos se reducía prácticamente a sus compañeros de viaje: no tenía lazos previos que lo ataran al Río de la Plata, lo que hace aún más notable la convicción con la que asumió la causa emancipadora.
Como gobernador de Cuyo, entre 1814 y 1817, construyó lo que la historiadora Beatriz Bragoni definió como un «gobierno de amigos sólidos»: un sistema de alianzas político-territoriales que le permitió sostener una verdadera economía de guerra en Mendoza y forjar, con recursos escasos, el Ejército de los Andes.
La proeza del cruce de la cordillera y la posterior victoria en Chacabuco, en 1817, lo consagraron como el gran prototipo de héroe para el Río de la Plata. Tras la independencia de Chile y la campaña al Perú, donde estableció el Protectorado, decidió renunciar al poder en 1822 en lugar de disputarlo con Bolívar, un gesto que la posteridad terminaría de convertir en la piedra angular de su leyenda: la de un libertador sin ambición personal.
Un mito que sobrevive a cualquier relato
Casi dos siglos después de su muerte, la figura de San Martín sigue funcionando como uno de los cimientos del imaginario colectivo argentino. Ya sea en la estatuaria pública, los billetes, los nombres de calles o los actos escolares, su imagen ha sido apropiada por las más diversas corrientes políticas, desde el nacionalismo más conservador hasta la izquierda de proyección continental.
Fue el propio Bartolomé Mitre quien, en el siglo XIX, construyó a través de una intensa labor historiográfica la imagen de un San Martín ecuménico y sin mancha, útil para cohesionar una identidad nacional en tiempos de fuerte inmigración.
Curiosamente, incluso en la literatura, donde escritores como Vicente Fidel López, Ricardo Palma, Manuel Mujica Láinez, Carlos Fuentes o Martín Kohan lo llevaron a la ficción, San Martín rara vez ocupa el centro absoluto de los relatos. Los especialistas señalan que su figura suele desplazarse hacia un segundo plano, dejando el protagonismo a personajes secundarios o ficticios, sin que ello implique nunca una pérdida de su prestigio heroico.
Es, según los estudiosos de su legado, una prueba de que la construcción del «mito San Martín» ya está tan consolidada en la memoria social que no necesita del protagonismo narrativo para seguir irradiando sentido: funciona como un capital simbólico que la cultura argentina sigue evocando, generación tras generación, cada 17 de agosto.
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