La Policía de Israel impidió el ingreso del cardenal Pierbattista Pizzaballa al Santo Sepulcro durante la celebración del Domingo de Ramos, en un hecho que la Iglesia católica calificó como “un grave precedente”. El patriarca latino de Jerusalén se dirigía al templo para oficiar la tradicional misa que marca el inicio de la Semana Santa, pero fue bloqueado junto al Custodio de Tierra Santa, el padre Francesco Ielpo, pese a que ambos intentaban acceder de forma privada y sin ceremonias públicas.
La restricción, aplicada por primera vez en siglos, se enmarca en las estrictas medidas de seguridad adoptadas por el gobierno israelí en medio de la guerra con Irán. Las autoridades han limitado las concentraciones en la Ciudad Vieja de Jerusalén y justificaron la decisión al señalar que se trata de “un área compleja que dificulta el acceso de vehículos de rescate” ante un eventual ataque.
Según un comunicado oficial, “la petición del Patriarcado fue revisada y no podía ser aprobada”, aludiendo a la necesidad de proteger la integridad de los líderes religiosos.
Sin embargo, la medida generó una fuerte polémica, ya que otros templos cercanos sí pudieron celebrar ceremonias religiosas, lo que alimentó las críticas por un posible trato desigual.
Desde el Patriarcado Latino de Jerusalén denunciaron que la decisión es “manifiestamente irrazonable y gravemente desproporcionada”, y advirtieron que constituye “un desprecio hacia la sensibilidad de miles de millones de fieles” en todo el mundo.
Las autoridades eclesiásticas recordaron además que incluso durante la pandemia de Covid-19 se permitió el acceso limitado al templo, por lo que consideran que el bloqueo total supone una vulneración de la libertad de culto. El malestar se extendió también entre otras confesiones cristianas, donde algunos líderes calificaron lo ocurrido como un “juego de poder” en medio de las tensiones actuales.
El episodio trascendió el ámbito religioso y derivó en un conflicto diplomático. El Gobierno de Italia calificó el veto como “una ofensa a la libertad religiosa”, mientras que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, advirtió sobre la “preocupante multiplicación de las violaciones del estatus de los Lugares Santos”.
Por su parte, el Ejecutivo de Benjamin Netanyahu negó cualquier intencionalidad política y aseguró que la medida respondió “exclusivamente a preocupaciones de seguridad”, ante el riesgo real de ataques en la zona.
Ante la imposibilidad de acceder al Santo Sepulcro, Pizzaballa trasladó la celebración a Getsemaní, donde ofreció una homilía marcada por el contexto bélico. Allí afirmó que “hoy Jesús llora una vez más por Jerusalén”, una ciudad que describió como “signo de esperanza y dolor, de gracia y sufrimiento”, y llamó a los fieles a no renunciar a la paz.
En paralelo, desde el Vaticano, el papa León XIV reforzó ese mensaje durante la misa del Domingo de Ramos al pedir el fin de los conflictos armados.
“¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!”, exclamó ante miles de fieles, al tiempo que subrayó que ninguna religión puede utilizarse para justificar la violencia. El Pontífice expresó además su cercanía con los cristianos de Medio Oriente, muchos de los cuales, señaló, “no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos”.
La celebración de este año, que marca el inicio de la Semana Santa, se desarrolla así en un contexto de máxima tensión en Jerusalén y en toda la región, donde las restricciones de seguridad y el conflicto armado han vuelto a poner en el centro del debate la libertad religiosa y el acceso a los lugares sagrados.









