Entre Frankenstein y Píndaro

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

La sonrisa del muerto

Hace unos años leí sobre Andrew Ure en una nota de Pablo Capanna, en la que repasaba un experimento que el médico escocés había realizado en noviembre de 1818. Defensor del galvanismo, Ure estaba convencido de que el movimiento de los organismos se regía por fenómenos eléctricos, y para demostrarlo hizo pasar electricidad, en público, a través del cadáver de Matthew Clydesdale, un homicida al que habían ejecutado en la horca unas horas antes. Al parecer, cuando se excitaron algunos nervios, el rostro del asesino muerto se estremeció en un gesto terrible de dolor, acompañado además de sonrisas espantosas que se dibujaban una tras otra. Según informó el propio Ure: “varios espectadores se vieron obligados a abandonar el auditorio debido al asco y el miedo, y un caballero se desmayó”. 

La interpretación popular del experimento fue que la ciencia estaba cerca de resucitar a los muertos, encima ladrones y asesinos. Capanna observa que ese mismo año Mary Shelley había publicado su famosa novela, “Frankenstein, o el moderno Prometeo”.

Educando al artesano

Andrew Ure había nacido en 1778, en Escocia. De origen humilde, llegó a graduarse en medicina, aunque casi no ejerció, pues desde 1804 se dedicó a la docencia en la cátedra de Filosofía Natural del Instituto Andersoniano de Glasgow. También allí se dedicó a la investigación en ciencias naturales (de esa época data el experimento al que nos referimos recién). Desde su cátedra, impulsó las reformas del sistema educativo británico. Su perspectiva era que la enseñanza de las ciencias debía dejar de ser “tan teórica" y enfocarse en la aplicación a los problemas de la producción industrial, que en ese momento se expandía velozmente. 

Estaba convencido, además, de que había que comenzar por la formación científica de los artesanos. Al menos para esos tiempos, se lo puede considerar un docente progresista, que permitía la asistencia de trabajadores no universitarios a sus clases, incluyendo a mujeres, tradicionalmente excluidas de los ámbitos de formación técnica. 

A pesar de que al principio lo apoyaron, con el tiempo Ure se encontró con la resistencia de los dueños de las fábricas, que, según él mismo contó, “se asustaron y retiraron su apoyo atribuyendo a la filosofía el espíritu de desgobierno e irreligión”. Para demostrar lo contrario, Ure fue cambiando paulatinamente su “enfoque pedagógico” y la composición de su alumnado. Con el paso de los años el número de artesanos se redujo, a la vez que aumentó el de los empleados administrativos y pequeños comerciantes. En otras palabras, cambió de bando y comenzó a capacitar a los capataces y empleados de “cuello blanco”, a quienes insistía en que la formación científica de los obreros tenía un rol esencial para disciplinarlos.

En su “Diccionario de química” escribió: “El gusto por la ciencia aleja las tentaciones de la taberna… el hombre que el sábado gasta en disturbios y borracheras, será un mal cristiano el sábado, un trabajador indiferente el lunes, y un esposo y padre infeliz toda la semana”. 

Filosofía de la manufactura

En 1830, Ure se mudó a Londres, donde vivió el resto de su vida. Salvo alguna que otra conferencia, abandonó la docencia por completo para resguardarse en la práctica privada de una nueva profesión, habitual en nuestros días, pero que no existía hasta que él la inventó: la consultoría científica y técnica para industrias. Se especializó en el análisis químico y se comentaba que sus servicios no eran baratos, los cuales además incluían viajes y gastos. El consultor científico no solo se ocupaba de aplicar la ciencia a los procesos productivos, sino que, además, la utilizaba para disciplinar a los “miembros inferiores rebeldes”, como Ure llamaba a los obreros. También, como parte de su trabajo, solía aparecer en los tribunales, haciendo las veces de perito en algún litigio.

E1835, publicó “La filosofía de la manufactura”, su libro más citado y conocido, en el cual realizó una defensa cerrada a la industria moderna, a cuyos dueños instaba a incorporar consultores científicos: “el capital que alista la ciencia a su servicio, siempre le enseñará docilidad a la mano rebelde del trabajo”, escribió. Por otro lado, resaltaba lo bien que la pasaban los niños que trabajaban en las fábricas de Manchester. “Jamás he visto niños tristes”, por el contrario, “parecían todos alegres y alertas, complaciéndose en poner en juego sus músculos sin fatiga, disfrutando a plenitud de la vivacidad natural de su edad”.

Diez años después, Friedrich Engels, que conocía de primera mano la situación de las fábricas en Manchester (porque su padre era dueño de una), le dedicaría unas páginas al libro de Ure, en “La situación actual de los trabajadores en Inglaterra”. Lo acusó de leer sesgadamente los informes médicos del trabajo infantil, y de visitar las fábricas al mediodía, después de 5 o 6 horas de trabajo, evitando quedarse hasta la noche, cuando esos niños aún continuaban trabajando en las máquinas. Antes de citarlo, Engels lo presentaba de la siguiente manera: “Escuchemos lo que nos dice la burguesía por boca del criado que ha elegido, el Dr. Ure”.

Píndaro

Lo que comenzó como un experimento de formación de la atrasada clase artesana en los nuevos conocimientos científicos y tecnológicos fue virando hacia una ciencia de la gestión y el pensamiento administrativo, que hoy llamaríamos “Management Thought”, y de la que generalmente Ure se considera uno de los primeros teóricos. Él encarnó la emergencia de un nuevo profesional de la industria, un trabajador inédito, de mayor rango y prestigio, un intelectual de clase media, experto en ciencias, que se ofrecía para cumplir un rol clave en el circuito de acumulación de ganancias.

Desde luego, también Marx se ocupó de Ure en “El capital”, donde incluso llegó a decir que “el alma de nuestro sistema industrial no son los capitalistas industriales, sino los administradores industriales”, como Andrew Ure. Ahí leí su nombre por primera vez, un poco antes de dar con la nota de Capanna. Recuerdo que me llamó la atención la manera en la que Marx calificaba a Ure: “Píndaro de la industria moderna”. Como yo no sabía qué o quién era Píndaro, allí me enteré que fue un poeta de la Grecia clásica, que componía odas emotivas en honor a los vencedores de las olimpíadas y las cantaba mientras los campeones desfilaban. A los vencidos, como se sabe, se les canta menos.

 
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