Antropófugos

Por Darío Sandrone

Humanista, demasiado humanista

Probablemente, el humanismo sea el movimiento cultural y social más generalizado y potente de Occidente, plagado de consecuencias políticas. Surgido en el Renacimiento europeo, este movimiento bregó por organizar la vida alrededor de ciertos rasgos distintivos del ser humano: la inteligencia abstracta, las ciencias y las técnicas, la escritura, el estudio de la historia, la moral, el derecho, la política deliberativa. Posee, sin embargo, dos pecados originales. El primero de ellos surge de inferir que la singularidad supone una jerarquía, que, por ser distinto a otros seres, el humano es la autoridad indiscutible, y está en su derecho para dominarlos y servirse de estos para sus fines. Pero, ¿qué es un ser humano para el humanismo? En la respuesta a esta pregunta radica el segundo pecado: la difusión de un ideal sesgado, cuya versión gráfica es “el hombre vitruviano”, aquel dibujo de Leonardo da Vinci que representa las perfectas proporciones geométricas del cuerpo desnudo de un hombre. La inabarcable diversidad humana queda pobremente reducida a un tipo muy puntual de humano: varón, blanco, fuerte, que aspira a guardar un cierto equilibrio abstracto con la base racional (o sea científica) del mundo. Quien no encaje en esos parámetros es, para la tradición humanista, un poco menos humano.

Antihumanismo

En 2007, Pekka-Eric Auvinen, un joven finés de 18 años subió un video a YouTube en el que vestía una remera con la inscripción “la humanidad está sobrevalorada”. Acto seguido, tomó un arma, fue a su escuela y mató a ocho personas antes de suicidarse. La filósofa italo-australiana, Rosi Braidotti, trae a colación este episodio para distinguir al antihumanismo filosófico y político del mero odio a los demás humanos. El antihumanismo filosófico y político, que surgió en la segunda mitad del siglo XX es, ante todo, una crítica al segundo pecado original del humanismo. Si el humano ideal es varón, blanco, europeo y racional, entonces, por caso, las mujeres y los pueblos originarios de los demás continentes, sus saberes, sus necesidades y sus deseos, no son tan humanos como deberían. Como una reacción a esa injusticia conceptual (con consecuencias sociales muy concretas), emergió en la escena política mundial el antihumanismo, encarnado en los movimientos sociales y las culturas juveniles de las décadas de los 60 y 70, sobre todo en los movimientos feministas, anticolonialistas, antirracistas y antinucleares. La militancia antihumanista, así entendida, no propone un odio hacia los demás seres humanos (como el joven Auvinen), sino todo lo contrario: lleva adelante una lucha por igualar políticamente a todes aquelles humanes expulsades del ideal restringido del Renacimiento europeo. También implica una crítica a la racionalidad humanista como base de las transformaciones sociales y los derechos civiles, los cuales, en muchos casos, solo se consiguieron por medio de manifestaciones violentas. Difícil imaginar al hombre vitruviano pintando un grafiti, o arrojando una piedra.

Posthumanismo

En su libro “Lo posthumano”, la propia Braidotti cuenta que perteneció a esa lucha antihumanista de la segunda mitad del siglo XX, pero que en algún momento comenzó a parecerle insuficiente.

El antihumanismo filosófico y político solo ataca al segundo pecado, el interno. Es necesario, piensa Braidotti, atacar también al primero, aquel que separó al humano de los demás seres del planeta y lo impuso como autoridad central. Desde el punto de vista posthumanista, la historia entendida como un unipersonal humano es una ilusión que encubre el protagonismo de los animales, las plantas, las máquinas y la tierra en el devenir de los procesos sociales. El ecofeminismo es un movimiento social que podría ilustrar esta perspectiva, pues se basa en los profundos vínculos que unen a las mujeres, los demás vivientes y la tierra que, sin distinción, han sido subordinadas y explotadas destructivamente con la participación activa de disciplinas humanistas como la ciencia, el derecho y la política.

El posthumanismo pone en suspenso la excepción del ser humano e intenta construir una comunidad más amplia, no solo con todos y todas, sino también con todo, o al menos, con todo aquello oprimido y dañado por las lógicas capitalistas y patriarcales contemporáneas.

Transhumanismo

En la década de 1990, emergió una corriente de pensamiento llamada transhumanismo, que habría que diferenciar de las anteriores (sobre todo del posthumanismo), y que actualmente es una suerte de moda mediática, pero también académica.

Amainando la tormenta de la pandemia, podríamos pensar que los posthumanistas llegan a conclusiones muy diferentes que los transhumanistas. Para los primeros, el capitalismo tecnocientífico genera buena parte de los desequilibrios ambientales que fueron y son parte del problema, aumentando las dimensiones de la catástrofe y preparando el terreno para otras nuevas en el futuro.

Por el contrario, los transhumanistas ven en los productos generados por las ciencias y las tecnologías (las vacunas, por caso) las potentes prótesis con las que pudimos y podremos torcerles el brazo a los caprichos de la naturaleza. La base del transhumanismo es el biomejoramiento de la especie humana a través de la tecnociencia. Para esta corriente, la vejez, la enfermedad, e incluso la muerte, son errores biológicos que pueden ser corregidos tecnológicamente. Están convencidos, como afirma el filósofo Antonio Dieguez en su libro “Transhumanismo”, que “el ser humano es una entidad enteramente mejorable, no solo desde el punto de vista físico, sino también desde lo psicológico, lo cognitivo, lo moral y lo emocional”. Esa creencia en el progreso es compartida con el viejo (y no tan viejo) humanismo, solo que, a diferencia de éste, el transhumanismo no se queda en las “tecnologías sociales”, como la educación, las leyes y la política, sino que echa mano a la farmacología, la ingeniería genética y la inteligencia artificial.

Por otra parte, a diferencia del posthumanismo que intenta quitar al humano del centro histórico del planeta, el transhumanismo es absolutamente antropocéntrico: el planeta está al servicio del mejoramiento humano, incluso de su superación, trascendiendo la propia especie para convertirse en algo mejor. Por esto último, muchos críticos han señalado el costado cuasi religioso del transhumanismo, que tiene fe en una salvación laica y científica, que nos libere de las limitaciones biológicas originales de nuestros cuerpos para que puedan surgir nuevos seres, más fuertes, más inteligentes, más felices y saludables, que permanezcan jóvenes durante siglos.

En este sentido, el español Jorge Riechmann ha observado que aquellos transhumanistas más radicalizados intentan huir de la condición humana porque les parece intolerable. Los llamó de una manera muy curiosa: antropófugos. No me va a decir que no es una linda palabra para titular esta columna.

 
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