Migrantes: clandestinos por no llevar papel

Por Gonzalo Fiore

Hace algunas semanas que Chile se encuentra viviendo una grave crisis humanitaria, que involucra a la inmigración y a la xenofobia. Los migrantes llegan al país a través de Bolivia, entran de manera ilegal, pero, justamente a causa de esa condición y de que no poseen ningún tipo de documentos, se encuentran imposibilitados de trabajar. Por ello, se ha generado una crisis humanitaria a la cuál un gobierno en retirada, como el de Sebastián Piñera, no está logrando dar respuesta.

En Chile, los migrantes se enfrentan a una doble condición que multiplica su marginalidad dentro de la sociedad actual. No solo provienen de otro país, Venezuela, sino que son pobres. En el rechazo visceral que una parte importante de los chilenos están mostrando frente a ellos subyace un fuerte trasfondo clasista, sumado al componente xenófobo.

Hace quince días, en la ciudad de Iquique (a más de 1.700 kilómetros de Santiago) se produjo una manifestación contra los migrantes donde se incendiaron colchones, e incluso juguetes de niños venezolanos sin techo. Fueron escenas que sorprenden e indignan al mismo tiempo debido a su brutalidad y falta de humanidad.

No hay, en la historia de Chile, acontecimientos registrados como los que están sucediendo estas últimas semanas; tampoco el país había tenido el volumen de inmigración que muestra en los últimos años: más de un millón de personas de otros países sudamericanos han llegado a Chile en la última década. Van en búsqueda de una mayor prosperidad, teniendo en cuenta que el país trasandino es una de las economías que más crece en América Latina. No obstante, ese crecimiento no se traduce, necesariamente, en una distribución equitativa de la riqueza, ya que todavía mantiene el índice de Gini más desigual de todo el continente y una de las desigualdades más altas del mundo.

En este contexto, la llegada de miles de seres humanos extranjeros, de ingresos bajos y hasta en la extrema pobreza, suma más leña al fuego de un escenario social complejo. Según el Departamento de Extranjería y Migración, hay 1,4 millones de migrantes en el país, lo cual representa un porcentaje superior al 7% de la población. A su vez, la mayoría de estas personas son venezolanas, seguidas por peruanos, haitianos, y colombianos.

En un año electoral, José Antonio Kast, líder del ultraderechista Partido Republicano y candidato a la presidencia del país por el espacio de extrema derecha, apoyó abiertamente las manifestaciones contra los migrantes, e incluso las convocó el mismo. Kast, al igual que los populistas de derecha radical en Europa, busca el miedo y el rechazo al “diferente” como aglutinador principal de su discurso político. En este caso, el chivo expiatorio son los migrantes ilegales, que, de acuerdo con Kast y sus seguidores, entran al país a “sacarles el trabajo a los chilenos”, o a “vivir del Estado”. No importa realmente el peso o la falta de solidez de los argumentos, ni siquiera es relevante que se utilicen de manera permanente las “fake news” para atacar a los migrantes. Por lo pronto, Kast se encuentra lejos de llegar a la Moneda, (por lo menos según lo que dicen las encuestas): con un 12%, se ubica detrás del candidato de la derecha tradicional, Sebastián Sichel; y de Gabriel Boric, el joven candidato de la izquierda que encabeza todos los sondeos para ser el próximo presidente de Chile.

También hubo manifestaciones masivas en contra de la discriminación y la xenofobia. A diferencia de lo que sucede en los países europeos, el rechazo a los migrantes en Chile no tiene que ver con lo cultural, sino más bien con la pobreza. El “problema” no es que traigan “otras costumbres” o que amenacen el “estilo de vida”. Sino que provengan de condición social pobre, ya que, supuestamente, vienen a “quitar el trabajo” a los chilenos “de bien”.

Al tiempo que Chile atraviesa cambios profundos para convertirse en un país más progresista e inclusivo, suceden acontecimientos como los de Iquique, que muestran el peor costado de la sociedad chilena. Nadie elije dejar su país solo con lo puesto sin motivo alguno. Un discurso que destila odio no puede llevar a ningún lado bueno más que a exacerbar los conflictos, las desigualdades y la miseria. Como cantaba Manu Chao, “me dicen el clandestino por no llevar papel”, como si la condición humana se redujera a los documentos que las personas portan.

 
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