Mercosur, pesos y contrapesos

Por Constanza Carolina Caminos 

El 26 de marzo se cumplió el 30 aniversario de la firma del Tratado de Asunción, que dio origen al Mercado Común del Sur - Mercosur, y abrió la puerta a uno de los procesos de integración primordiales del Cono Sur y el más importante para Argentina. Tal como se publicó en este diario el 3 de marzo, el presidente Alberto Fernández, como presidente pro tempore del bloque, realizó una reunión virtual con sus pares homólogos de Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Chile. Pero llama la atención la falta de repercusión de este aniversario, ¿es que acaso puede uno preguntarse si no hay nada que celebrar?

El nacimiento del Mercosur se llevó a cabo en una década (1990) marcada por el avance del neoliberalismo en la región latinoamericana, y para este bloque los lineamientos de esta corriente fueron centrales para el proceso y acto de creación del tratado. Tal es así que los socios fundadores (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) reconocieron “la necesidad de aunar sus esfuerzos para hacer frente a los grandes espacios económicos (NAFTA – Comunidad Económica Europea hoy Unión Europea) y para, de esta manera, lograr una adecuada inserción internacional y lograr un desarrollo económico con justicia social.

A 30 años de su nacimiento es necesario hacer un balance de su situación actual, para saber si este bloque tiene un destino claro, o si sigue anclado en alta mar.

En lo relativo al logro de una mejor inserción internacional, se puede decir que, en términos comerciales, para 2019 el superávit con los países extrazona ascendió a 66 millones de dólares. Alza que viene constituyéndose con tendiente positiva desde el 2015. Claro que hay que tener en cuenta que el 77% de las exportaciones en 2019 son de Brasil; el 19% de Argentina, el 2% de Uruguay y un 1% solamente de Paraguay. Asimetría que pese los esfuerzos sigue manteniéndose luego de 30 años. Ello se debe, entre otras razones, a la escala de la economía brasileña, que absorbe mayoritariamente las exportaciones de sus vecinos y se convierte en su principal socio comercial.

En términos económicos es claro el liderazgo del gigante latinoamericano, pero ¿qué pasa en términos políticos? El Tratado de Asunción sugiere la base institucional del bloque, pero la estructura, competencia y funciones de los órganos fue ampliada mediante el Protocolo complementario de Ouro Preto, firmado el 17 de diciembre de 1994. Desde su creación al día de hoy ninguna modificación significativa se ha llevado a cabo en la estructura institucional, pese a los cambios y dinamismos propios de la realidad internacional, regional y nacional de los Estados parte.

Esta crítica a la estructura y toma de decisiones de índole política del bloque hacen entrever las grietas de un proceso que depende, en gran medida, del color político de los jefes de Estado de los países miembros. Tal es así que, en los últimos 30 años, cuando coincidieron los matices ideológicos de los presidentes de turno, denominados dentro de la corriente del “giro a la izquierda”, se establecieron lineamientos claves en términos políticos, como fue la Cumbre de Mar del Plata, en 2005, donde se desechó el Tratado de Libre Comercio con EEUU (ALCA) y, en palabras de Hugo Chávez, se cerró esta posibilidad mediante su discurso “NO AL ALCA, ALCArajo”. 

Lástima que posterior a este acontecimiento y a las energías de una ciudadanía comprometida, los líderes políticos no supieron aprovechar los vientos a favor para crear una organización más democrática y cercana a las sociedades de los países miembros, y quedo sujeta a las mezquindades y egos de turno, que no quisieron elegir un capitán que dirija el barco.

A 30 años del nacimiento del Mercosur, puede decirse que, en términos económico-comerciales no hay dudas que los países han podido consolidarse, y que el trabajo conjunto en aras de ratificar procesos de mega regionalismos, con la UE por ejemplo, puede llegar a ser una posibilidad. Pero en términos político-sociales, el bloque tiene una gran deuda pendiente para con la ciudadanía de los países miembros, puesto que ningún proceso de integración puede ser exitoso sin un acervo identitario común que presione a la alta dirigencia política para el logro de los objetivos.

Sin que se generen los cambios estructurales e institucionales, vinculados al desarrollo sostenible con justicia social, el Mercosur seguirá siendo un bloque ajeno a sus ciudadanos, que lejos se encuentran de poder celebrar algo con lo que no se logran identificar.

 
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