Morir en las redes sociales

Por Pancho Marchiaro

Eludiendo citar posteos de dudosa perdurabilidad, esta nota recupera citas de autores analógicos para plantear los bemoles de la vida después de la muerte en las redes sociales.

Todo parece indicar que la humanidad nació un Miércoles 12 de mayo del año 297.979 aC. Llevamos, desde entonces, 300.000 años enterrando bien abajo a los muertos, para creernos inmortales, y exactamente la misma cantidad de tiempo tratando de acumular algo que nos haga trascender. Cuando el griego Tánatos, un semáforo no respetado, o San Pedro convoquen, todos querremos haber dejado un legado que nos trascienda.

Hace muchas décadas se puso de moda dejar recursos como criptomonedas, inmuebles, colecciones de estampillas, o sencillamente dólares (que son un poco vulgares pero queribles). Así todo, repasando la historia reciente de nuestra civilización, lo que está bien visto -además de extensas cuentas bancarias- es un puñado de palabras de difícil dilución. En este caso, el occiso trascenderá y evitará una desaparición absoluta una vez que la herencia cambie de titularidad.

“Hay solamente una cosa en el mundo peor a que hablen de vos, y es que no hablen de vos”, propuso Oscar Wilde. La gloria, como antítesis de la muerte, era posible mediante el enorme esfuerzo de un conquistador, o el afilado ejercicio de la retórica.

“- ¿Sabe qué, Borges? soy peronista. - No se preocupe, muchacho, yo también soy ciego”, habría acuñado Georgie, cuyas palabras indisolubles fueron transformadas en dólares por María Kodama. Cabe la respuesta de otro argentino con similar legado: “- Mire: hay un 30% de liberales, un 30% de conservadores, y otro tanto de socialistas. - Pero General, ¿y dónde están los peronistas? - ¡Ah no…! ¡Peronistas somos todos!”, dijo el viejo caudillo.

En este siglo de telepresencialidad, la reencarnación o supervivencia de las personas está cada vez más ligada al mundo de las ideas: se pueden poner fichas en lo material o, como dijo Rimbaud, considerar que “la vida es la farsa que todos debemos representar”. En este caso lo dicho valdrá más que el metálico, puesto que “el dinero ha aniquilado más almas que cuerpos el hierro”, como propuso Scott Fitzgerlad. Pasar por la tierra “sin pena ni gloria”, como dice la banda No te va a gustar, nos volverá intrascendentes. ¿Son nuestras palabras un pasaporte a la inmortalidad? ¿nuestras acciones describen un trazo semiótico que será archivado con nuestro nombre? Las ideas, antes evanescentes, hoy son lo único que realmente perdurará de nosotros, como lo corroboran los tokens no fungibles o TNF, una prueba cabal que un meme vale más que mil billetes.

Tú puedes

La cuenta es sencilla. En determinado momento van a doblar tu ropa y embalarla en una caja hecha de lágrimas para donarla. Alguien señalará con extrañeza un moño y toda esa tela tendrá más vida que vos. Tu cuenta corriente será ultrajada por el Estado y -ojalá- malgastada por tus sucesores, pero las palabras seguirán ahí, en la pantalla titilando con digna indiferencia a tu velorio.

No hay que perder de vista lo propuesto por el poeta Robert Frost: “La mitad del mundo tiene algo para decir, pero no puede; la otra mitad no tiene nada que decir, pero no calla.” La trascendentalidad de tu vida, de nuestras memorias que antes eran una responsabilidad exclusiva de líderes, ahora está uberizada: cualquiera puede dejar una ristra de odio en una cuenta social y ésta permanecerá rígida como una lápida, intoxicando lectores incautos por los siglos de los siglos en busca de celebridad póstuma. Es que “Nunca debes dejar pasar la posibilidad de tener sexo o salir en televisión”, habría dicho Gore Vidal.

La banalización de lo escrito y publicado ha subvaluado lo que antes conocíamos como últimas palabras, o frases célebres. Por eso “hay solamente dos maneras de esparcir la luz, ser una vela o el espejo que la refleje”, como habría dicho Edith Wharton, quien también acuñó (no casualmente): “La única forma de no pensar en el dinero es tener una gran cantidad”.

Reencarnacion o supervivencia del alma, en el sistema productivo actual, tiene mucho de virtual, incluso con tus seres queridos. Aún atesoro unos pocos mails que me dejó mi papá buscando su voz y la calidez de sus manos.

El teclado no devuelve mucho, pero las redes sociales lo han entendido y, aunque seas un simple usuario sin millones de seguidores, tu perfil será una sinécdoque de la gloria bélica de antaño.

La sensación de posible trascendencia cobrará mayor espesor si has hecho reír a alguien en Twitter o TikTok. Hay mucha payasada junto a un desesperado intento por subsistir con humor, porque “cuando el hombre ríe, el bruto que lleva dentro huye”, según Gorki.

Facebook permite configurar sus opciones para establecer quién será el albacea de tus beboteos, sentencias sin juicio y recuerdos sin acuerdos y, si quisieras pasar a ser una tumba virtual, podés cambiar a perfil conmemorativo para tus días después de Minolli. Instagram ofrece similares posibilidades de postrimerías, mientras que Twitter permite a los deudos presentar la documentación y sepultar la cuenta junto al cuerpo, como su si se tratara de un faraón del siglo XXI.

Con nuestras vidas edulcoradas para las redes sociales, nos proyectamos inteligentes y felices -sin problemas para pagar el resumen de la Visa y simulando tener el tanque lleno- e integramos una calesita de pueblo con la Pantera Rosa, Skeletor, el abuelito de Heidi y IronMan de la mano. La muerte en las redes sociales pasa a ser un sinfín de vueltas en el centro del síndrome de la edad de oro.

Resucitar en las redes sociales

Salvo el rigor mortis, la inflexibilidad de la muerte ha sido enredada en la virtualidad donde las personas cercanas a un fallecido le dejan mensajes en su muro y se interconectan ofreciéndose consuelo. Muchas veces la sucesión de comentarios construye una ilusoria sensación de presencia incandescente. En estos casos el luto transcurre con menos dolor, escondido detrás de una presencia telemática.

Si alguien era un perfil, una cuenta, en cierta medida sigue en la esfera pública. Y podemos hablarle al muerto. Si queremos sufrir a conciencia, se recomienda abrazar regularmente a quien queramos extrañar una vez muertos.

En “El sujeto escondido en la realidad virtual”, la doctora Litvinoff considera que en las redes se sostienen vínculos que diluyen las pérdidas, especialmente frente a algo tan complejo de incorporar como la muerte. Resulta emocionante ilustrar estas posibilidades con un capítulo de la serie Black Mirror, llamado “Ahora mismo vuelvo”: el episodio propone una hipérbole sobre un clon robótico construido con las publicaciones en redes sociales de una persona muerta repentinamente. Una especie de Frankenstein surge de utilizar las acciones y reacciones guardadas y, por espantoso que suene, no deja de ser una apuesta un poco más alta para una práctica de morbo participativa 2.0.

Cuando el último ápice de WiFi arrolle tu vida con el alma en el asiento del acompañante exhalarás un tuit, saldrá borrosa la última historia de Instagram, pero puede que sigas allí, en los extensos aportes del blog, en el Facebook para la tribuna, o resistiendo el olvido desde una pantalla.

 
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