La Revolución y las guerras de Independencia desde las cocinas

Por Jaqueline Vassallo 

Un nuevo 25 de mayo, uno de los mitos de origen de la Nación argentina, que se complementa con la declaración de la Independencia. Sin embargo, entendemos que no podemos considerar a la Revolución de Mayo como un hecho aislado, sino como parte de un entramado mayor de situaciones acaecidas con anterioridad a 1810 y que se prolongaron a lo largo del tiempo, incluso, en diferentes espacios geográficos.

En las últimas décadas, la historiografía argentina avanzó considerablemente en la renovación de los estudios sobre la Revolución y las Guerras de la Independencia, y entre ellos podemos contar los que se dedicaron a visibilizar la participación de las mujeres.

Sin lugar a dudas la transformación social y política impulsada por la Revolución conmovió tanto la vida privada como la pública de entonces. Como consecuencia de la presión permanente que ejercía sobre la sociedad, se produjo una incesante movilización de sectores muy amplios y una progresiva politización, al que las mujeres, tanto urbanas como rurales, no fueron ajenas.

A través del cruce de innumerables fuentes históricas, hoy sabemos que muchas participaron dentro de los cánones de los roles tradicionales de género, que pueden considerarse una extensión de la esfera reproductiva y del espacio doméstico: anfitrionas de tertulias, fandangos y saraos, enfermeras, costureras, tejedoras y bordadoras de banderas. Las que cuidaron heridos y dieron alojamiento en sus casas a los militares, entre muchas otras. Como también las mujeres que sobrepasaron los imperativos sociales, vistieron ropas masculinas y combatieron en el campo de batalla.

Pero no siempre visibilizamos a quienes cocinaron para que las tertulias pudieran realizarse, a quienes alimentaron a los revolucionarios cuando llegaban a sus casas o a una reunión política, a las que cebaron mates o sirvieron chocolate, café, vino o aguardientes en casas particulares, en las pulperías o en las postas.

Juana Manuela Gorriti, en su libro “Cocina ecléctica”, nos anotició que también se crearon platos nuevos en ese contexto, y especialmente dedicados, como el “dorando a la San Martín”. Porque la Revolución y las guerras también necesitaron de bebidas y fogones, como de camas y catres a los que fueron llevados algunos realistas para que cambiaran de bando luego de pasar una noche con una mujer revolucionaria.  

Para estos días de Mayo, que nos encuentra nuevamente confinados, proponemos atravesar experiencias que están proponiendo algunos investigadores andaluces desde la arqueología experimental: el reproducir recetas de otros tiempos históricos, gracias a la existencia de fuentes escritas que nos acercan a ellas. Juana Manuela, en su libro, nos comparte una receta del chocolate –como lo preparaba una monja de entonces-, y del mate –según indicaciones de un gaucho-:    

Chocolate

Se pone una onza de chocolate previamente rallado, en una taza, y se llena con el agua o leche en que éste haya de hacerse. Se vacía en la chocolatera, y se pone al fuego, removiendo sin cesar con el batidor para mezclarlo. Cuando comience a hervir, se quita del fuego, se bate durante dos minutos, y se le vuelve al fuego, batiendo, y removiéndolo siempre. Cuando con el segundo hervor haya subido hasta el borde del recipiente, se le quita el fuego otra vez, se bate durante otros dos minutos y se le vuelve al fuego aún. Y cuando, subiendo aun, dé el tercer hervor, se le quita del fuego, se bate y se sirve.

Mate

Hiérvase el agua con tres hervores en una pava de barro o fierro esmaltado. En el mate ya cebado con la yerba sola, y al dar el agua el primer hervor, se echan a través de la bombilla, dos cucharadas de agua fría. Se presiona sin revolver, y se deja humedecer la yerba, a fin de que la acción del agua fría le arranque su aroma. Cuando el agua de la pava haya dado los tres hervores, se extrae del mate el agua fría que haya quedado después de humedecer la yerba, y a esto se procede, ladeando con cuidado al mate, y presionándolo del otro lado con la bombilla. Se le pone azúcar, y tras éste se le echa con calma el agua caliente. Al servirlo, se mueve la bombilla en torno, pero sin levantarla.  

Tal vez probando hacer estas recetas, nos ayuden a sumergirnos de algún modo, en la vida cotidiana de quienes transitaron sus vidas durante el siglo XIX, aun sabiendo que los preparamos en cocinas a gas y con recipientes confeccionados con materiales diferentes. Pero también constituye una oportunidad para alejarnos de los estereotipos a lo que la historia escolar hizo de todos ellos.   

 
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