Covid: uno que sepamos todxs

Por Nicolás Jozami

Quiero invitarlos a un juego, donde las reglas son para todos en todo momento, que remeda aquellas simulaciones que muchos ejercitamos de niños. No sé desde dónde partió el juego, ni de quién, pero lo escuché y me pareció urgente replicarlo.

Hay una sola clave: todos aquellos que podamos, hagamos de cuenta que tenemos Covid-19, es decir, manejémonos con cada una de las personas con las que tenemos contacto como si estuviésemos atravesando esta enfermedad.

¿Vieron qué simple? Tengo para mí (por experiencia inmediata, no por saber de neurología) que nuestro cerebro es cómodo, hasta camuflar y no resistir la tentativa de la aniquilación; no por ello es tonto: lo que hace es traducir la pulsión vital en conciencia de persistir en la vida. Cuando se explican las conductas humanas frente a tragedias colectivas, como esta pandemia, se aclara que los seres humanos no somos solo individualistas o irresponsables por negligencia o desconsideración, que la hay y mucha: hay un componente que en términos psicológicos se denomina “sesgo optimista”, y que funciona como una inclinación comportamental que expresa el típico “a mí no me va a pasar” y que lleva a mucha gente a tomar riesgos.

Ese modo tranquilizador que invita a creer que el virus afecta solo a los demás, esta conjetura, funciona como la posibilidad del aplazamiento del contagio y la posible muerte. Llevado al extremo: nos levantamos cada día para hacer lo que hacemos (los que podemos) sabiendo que vamos a morir; en ese sentido los animales serían más sensatos porque “no saben” que mueren. ¿Por qué lo hacemos nosotros? Simplemente porque el aplazamiento de la muerte, de ese suceso, último bastión de todo lo que hagamos, se pone adelante, y los proyectos son los que constituyen nuestro quehacer diario.

Con la pandemia enfrente muchos no queremos pensar que nos tocará, entonces el mecanismo tranquiliza en vez de paralizar, aunque afecte el discurrir social.

Dicha la única regla, recordemos ahora momentos en que -con familiares, amigos, conocidos- jugamos de niños a estar en una guerra, en la sala de doctor, en la cocina, a los cowboys, a los superhéroes y un largo etcétera; les niñes la tienen muy clara a esta dimensión; creo que les adultes tenemos que volver a ella con un poco más de esfuerzo para poder cuidarnos. Voy a casos concretos: si hace meses o años que no vemos a alguien y por esas cuestiones de la vida planeamos encontrarnos, querremos como mínimo abrazarlo; ahora, sabiendo ambos que “estamos jugando a tener Covid-19” la cosa cambia: la frialdad se convierte en tierna remembranza compartida y el resultado será positivo, pero porque los dos comparten la regla. Imaginemos que -sin decirlo, uno de los dos reencontrados actúa “como si tuviera el virus” y se lo dice cuando llega a un par de metros del otro: conocemos estas épocas de susceptibilidades y ofensas; quién les dice que el reencontrado no pega media vuelta y se va, ante la frialdad estéril del amigo. Por eso, consenso en la regla para el juego del cuidado.

Otro: nietos con sus abuelos. ¿No sería, cuando se ven, un juego más de simulación, que les quite a los niños un poco más de tiempo con las pantallitas de celulares? Jugar a meter las cosas en plásticos o bolsitas, por ejemplo, como si estuviéramos en un laboratorio, cubiertos, platos, caramelos, donde no podemos pasarnos las cosas si no tienen un envase, previa puesta de alcohol en las manos. Imaginen por un momento lo que sería poner la mesa familiar de ese modo: jugando nos cuidamos. El cerebro y nuestra conducta tarda en registrar esto, lo rechaza, pero el fracaso seguro es no intentarlo.  

Este bichito salido de Wuhan es inteligente y busca su persistencia; de allí las cepas, las transformaciones, los daños diferentes en los huéspedes con el paso del tiempo. Sabemos que estamos complicados. La evolución, el progreso, el bienestar han traído sus avances y sus logros en épocas de globalización y capitalismo conectado, pero vemos cómo esa relación directa entre progreso y amenaza tiene actualmente un enemigo perfecto: el virus, que viaja con nosotros en aviones, barcos, colectivos; que migra, porque somos ciudadanos del mundo. No hubo en la historia humana una pandemia de estas características, que afectara al globo terráqueo entero (alguna islita perdida no sufre el flagelo, porque no está “conectada” con otros sitios ni gente: el “no progreso” tiene sus deficiencias, pero no este tipo de enemigos, que le van como anillo al dedo a lo que hemos construido, aceptado y que vivimos a esta altura en la Tierra. Mayores avances, mayor infraestructura, tecnología, tiene su palpable y enorme correlato negativo).

Ojalá estas breves líneas se viralicen. Porque hay algunos virus que, con la vacuna del juego, pueden ayudar a detener un poco al otro.

 
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