El visible éxito económico de algunos países con partido único –China, Singapur-, han puesto a las democracias frente a un desafío que pone en crisis sus valores, en la medida que parece que sería imposible igualarlos en ese aspecto desde democracias.
Sin embargo, es claro que no todos los países con partido único o hegemónico, son exitosos. Corea del Norte, Cuba, Irán, Afganistán, Myanmar, Turkmenistán, Uzbekistán, Chad, etc. son muestra de ello y generalmente se sostienen en un estado de beligerancia permanente, que los empobrece día a día.
La novedad es que en los últimos años, países que se enorgullecían de sus democracias, están desnaturalizándolas poco a poco, los están empujando a conflictos –económicos, geopolíticos, tecnológicos y militares- y guerras de baja intensidad que amenazan con escalar. Así, esa beligerancia y situación de crisis permanente genera miedo y condiciones para proscribir partidos y candidatos, reducir la libertad de expresión, reducir beneficios sociales en favor de presupuestos militares, postergar o anular elecciones, etc. Eso es claro que gobiernos como el de Netanyahu en Israel, el de Zelensky en Ucrania o Erdogan en Turquía y aunque en menor medida en la Alemania de Merz, en Rumania, Moldavia, Georgia, etc.
Los cuestionamientos a las estructuras existentes, también se extienden a sus instituciones supranacionales, que sin elección directa de los ciudadanos son cuestionadas en su legitimidad y representatividad en cada vez más campos de actuación en los que los países le ceden de sus competencias –financieras, ambientales, estratégicas, etc.
El Consejo Europeo –de Presidentes o Jefes de Gobierno-, la Comisión Europea –como órgano ejecutivo- y la OTAN, están no solo perdiendo su coherencia externa al aceptar países en donde autócratas impiden el funcionamiento democrático, sino que también con sus decisiones evitan hacia dentro el ejercicio de valores democráticos que parecían inviolables.
Entre ellos, la pérdida de la libertad de expresión –justificada en la guerra contra Rusia-, de derechos humanos de inmigrantes, problemas de representatividad en la propia elección y en elecciones de los países miembros con proscripciones, además de la pérdida de igualdad y aumento de la concentración de riqueza.
En América Latina, donde los menores de 40 desconocen lo que es vivir en una dictadura las mayorías evalúan negativamente las democracias y salvo Chile y Uruguay no aprobarían el examen.
En el libro “Como mueren las democracias” de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (Harvard University), señalan que ellas ya no mueren por golpes de estado o intervenciones militares sino porque los pueblos prefieren líderes autoritarios sin límites y contrapesos institucionales, sean de derecha o izquierda.
Entonces la pregunta ¿Por qué se embarró la cancha democrática y quien se beneficia con eso? es clave para resolver el problema. Veamos:
1) La trampa del nosotros y ellos, es el primer paso que nos convierte en tribus en donde se acepta acríticamente todo lo propio y se rechaza todo “lo de ellos”.
2) Los hilos de la marioneta en donde el titiritero aplica las normas reveladas por Edward Bernays (1928) en su libro “Propaganda” y aplicadas por Josep Goebbels durante el nazismo con solo 5 reglas.
a) Evita las ideas abstractas y apela siempre a las emociones. La emoción y el miedo mueven mucho más que la evidencia.
b) Repite continuamente unas pocas ideas con frases estereotipadas. Una mentira repetida mil veces, comienza a ser vista como verdad.
c) Da siempre un único lado de la argumentación. Nunca muestres el cuadro completo. Afirma tu versión y oculta o ataques todo lo demás.
d) Critica o ataca siempre a tus oponentes. La defensa aburre, el ataque entretiene.
e) Elige siempre un enemigo para atacar con mayor saña. El rechazo por el otro es el método más efectivo para aglutinar a la propia tropa y suprimir las diferencias internas.
Ellas están basadas en tres sesgos mentales que describe la psicología cognitiva, el de confirmación por el que buscamos confirmar lo que ya creemos: El de perseverancia de creencias, por el que aún ante evidencias reforzamos nuestra postura. El razonamiento motivado por el que, cuanto más inteligentes somos, más sofisticadas son las excusas que inventamos para defender lo que ya decidimos creer.
3) La teoría de la minoría ruidosa. Cada palabra que aumente las emociones aumenta un 20% los retuits y una noticia falsa tiene un 70% más de posibilidades de viralizarse. Ese es el resultado de los algoritmos de las redes. En donde reinan quienes insultan, acosan y bloquean destruyendo el debate de ideas. Pero lo más dañino no son las discusiones políticas de sobremesa, sino el efecto que refuerza el silencio de mayorías, debilitando lo que caracteriza las democracias –el dialogo, el respeto y la confianza-
En ella, la ideología no es el problema. El problema es que hayan logrado que tu ideología se convierta en tu identidad y rechaces, ataques o descalifiques al que piensa distinto, mucho más si se idealiza a una persona, sea quien sea.
Así, llegamos a demonizar la moderación de quienes incluso llegan a calificar de traidores. Los polarizados de izquierda y derecha se parecen entre sí, más que con los moderados de ambos espacios.
Entonces. ¿Cómo actuar para defender los valores democráticos? La respuesta es simple y tiene el riesgo de ser vituperada por los extremos fanatizados. Animarse a hablar desde el centro o al menos entender que el peligro real no es el bando contrario, sino el fanatismo de cualquier lado.
En la historia de la humanidad, la norma son las tiranías, las democracias son la excepción y es un acuerdo frágil, que imperfecto nos permite decidir y cambiar cuando nos parezca necesario. En ella los ciudadanos, son los únicos que tienen derecho a equivocarse, so pena de caer en el voto calificado o peor aún en tiranías que descalifican el voto popular y el derecho a rectificar el rumbo con más democracia.









