«Estoy aquí frente a ustedes para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto». Con esa frase, Javier Milei abrió su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos el 21 de enero de 2026. Sonó rotunda, definitiva, como quien cierra un debate de siglos. Luego vino una exposición de 40 minutos sobre Jesús Huerta de Soto, Murray Rothbard, eficiencia dinámica, función empresarial y rendimientos crecientes.
Maquiavelo no volvió a ser mencionado. Ni una sola vez.
Bajo la consigna de la “muerte de Maquiavelo”, el discurso derivó en una extensa exposición sobre economía austríaca, donde el gesto inicial operó más como recurso narrativo que como eje conceptual. El florentino fue el gancho, pero el argumento nunca lo tocó. Porque lo que el presidente atacó no fue el pensamiento de Nicolás Maquiavelo, sino un muñeco de utilería: la idea de que la política obliga a elegir entre lo eficiente y lo justo.
Ese dilema —que Milei le atribuye vagamente a Maquiavelo— no es maquiaveliano. Es una construcción posterior, un lugar común de manuales y discursos de campaña. Demolerlo no requería enterrar a nadie. Bastaba con decir: «El libre mercado es justo y eficiente al mismo tiempo». Fin del argumento.
Pero eso no tiene el mismo impacto que declarar muerto a uno de los pensadores políticos más influyentes de occidente. Aunque no se hable de él.
Revivir el dilema para enterrar la bandera
La tesis central del discurso es esta: durante años se nos presentó una oposición donde había que elegir entre eficiencia o valores éticos. Milei dice que esa dicotomía es falsa. Que lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto.
Hasta ahí, nada que objetar. El problema es que atribuye ese dilema a Maquiavelo sin explicar en qué parte de su obra el florentino planteó semejante cosa.
Porque Maquiavelo nunca dijo que haya que elegir entre justicia y eficacia. Lo que dijo es algo distinto: que la ética del gobernante no puede ser la misma que la del ciudadano común, porque sus responsabilidades son distintas. Que el Estado tiene una lógica propia que no responde a las mismas reglas que la moral individual.
Eso no es proponer un dilema entre valores y eficiencia. Es reconocer que gobernar implica decisiones que, vistas desde afuera, pueden ser cuestionables, pero que desde el ejercicio del poder son inevitables.
Milei, en cambio, construye un Maquiavelo que nunca existió —un pensador que justifica la inmoralidad en nombre de la eficacia— y luego lo derriba con un argumento que no tiene nada que ver con él.
Más allá de Maquiavelo, qué propone Milei
El corazón del discurso está en otra parte. Milei dedica 40 minutos a exponer una tesis precisa: que el capitalismo de libre empresa no solo es más productivo, sino que es el único sistema justo. Que la propiedad privada, el intercambio voluntario y la función empresarial no son solo herramientas eficientes, sino principios éticos fundados en el derecho natural.
Para sostener eso recorre un canon completo: de Locke a la Escuela Austríaca, pasando por el concepto de eficiencia dinámica como motor de crecimiento.
Es una defensa filosófica del liberalismo libertario. Articulada con rigor. No es improvisado.
El inconveniente es que nada de eso tiene que ver con Maquiavelo. Milei no lo refuta porque nunca habla de él. Lo usa como sinónimo de «pragmatismo amoral» y luego desarrolla un argumento completamente ajeno.
Podría haber empezado diciendo: «El dilema entre eficiencia y justicia es falso». Habría sido exactamente el mismo discurso, menos la frase marketinera del principio.
Matar a Maquiavelo, matar a un ruiseñor: dos caras de la misma moneda
Leído desde una clave maquiaveliana, muchas de las decisiones del gobierno de Milei responden a una lógica clásica del ejercicio del poder: tomar medidas drásticas, asumir costos políticos elevados y justificar esas decisiones en nombre de un objetivo mayor.
Eso no contradice a Maquiavelo. Es virtù política —«virtù» según Maquiavelo habla de la capacidad y habilidad política y marcial del líder para lograr fines (eficacia)— con otro nombre: la capacidad de leer el contexto, asumir el conflicto y sostener un rumbo aun cuando implique pagar precios sociales y políticos.
La diferencia es que Milei reviste esas decisiones con un lenguaje de certezas éticas. No aparecen como elecciones de poder, sino como verdades indiscutibles. Y ahí surge una tensión clave: cuando un gobernante deja de reconocerse como tal —cuando deja de admitir que decide—, el poder pierde autocrítica sobre sus propios límites.
Cuando Milei dice que “mata” a Maquiavelo, lo que en realidad anuncia es el cierre de una tensión histórica: la que separa lo justo de lo eficiente. En su marco teórico no hay contradicción posible, porque lo eficiente —el mercado, la propiedad privada, el ajuste— es también lo moralmente justo. La libertad funciona como valor absoluto y clausura cualquier discusión ética.
El tema es que esas tensiones no desaparecen porque se las declare muertas. Solo se desplazan. Y en ese desplazamiento, lo que se sacrifica ya no es una abstracción teórica, sino sectores sociales concretos. El desfinanciamiento del Estado, la eliminación de políticas públicas y el ajuste sobre los más vulnerables dejan de leerse como decisiones políticas con costos humanos y pasan a presentarse como consecuencias inevitables de una verdad superior.
En ese sentido, la “muerte de Maquiavelo” cumple una función simbólica: permite sostener un relato de pureza moral mientras se producen daños reales. Como en Matar a un ruiseñor, no se elimina a quien ejerce el daño, sino a quien incomoda el relato. Y lo que termina siendo sacrificado no es un dilema teórico, sino quienes no encajan en la lógica de la eficiencia.
Maquiavelo sigue vivo
Lo que Milei declaró muerto fue un espantapájaros. Atribuírselo a Maquiavelo es una maniobra retórica, no un argumento filosófico.
La verdadera pregunta no es si Maquiavelo murió. Es por qué Milei necesitaba declararlo muerto.
Porque en política, los gestos simbólicos importan tanto como los argumentos. Y «Maquiavelo ha muerto» es uno perfecto.
Pero gobernar siempre es hacer política.
Y Maquiavelo vuelve a aparecer cada vez que alguien lo necesita para justificar decisiones difíciles. Incluso —especialmente— cuando lo declara muerto.









