En distintos momentos de la historia política argentina, la escena pública estuvo atravesada por gestos, apariciones y vínculos con el mundo del espectáculo que, lejos de ser inocentes, formaron parte de estrategias de comunicación. La pregunta que reaparece es si estas imágenes buscan humanizar a los líderes o si, por el contrario, desplazan el foco de problemas estructurales que afectan la vida cotidiana.
En los últimos días, la figura del presidente Javier Milei, quedó asociada a escenas de alto impacto mediático: su presencia en un teatro, bailando junto a Fátima Florez; su participación en eventos partidarios como “La Derecha Fest” con formato de show; y apariciones públicas que priorizaron la épica, el gesto performático y la confrontación simbólica. Estas postales conviven con un contexto social y económico complejo, marcado por incendios en el sur del país, cierres de fábricas e incertidumbre laboral.
La simultaneidad no pasa inadvertida. Mientras los noticieros y las redes reproducen imágenes de celebración, amplios sectores de la sociedad enfrentan emergencias ambientales y productivas. La cuestión no es moral —si un presidente puede o no asistir a un espectáculo— sino política: qué lugar ocupa esa imagen en la construcción de la agenda pública.
El espectáculo como herramienta de poder
El recurso no es nuevo. Durante la década del noventa, Carlos Menem, entonces presidente, integró su vida personal y su cercanía con figuras del espectáculo y el deporte a su identidad política. Aquella estrategia convivió con privatizaciones, desindustrialización y profundas transformaciones del Estado. Para numerosos analistas, las tapas de revistas, los romances mediáticos y las apariciones públicas funcionaron como un velo que atenuaba o desplazaba el debate sobre las consecuencias sociales del modelo económico.

El fenómeno trasciende fronteras. En Estados Unidos, Donald Trump, presidente y figura central del Partido Republicano, consolidó un estilo distinto pero emparentado: el uso deliberado del show discursivo, con provocaciones, burlas y temas sensibles —como la inmigración— planteados en clave de confrontación y simplificación extrema. En ese esquema, la polémica constante mantiene la centralidad mediática y reordena la agenda pública en función del impacto emocional, más que del contenido de las políticas.
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El denominador común es la utilización del entretenimiento como lenguaje político. El sociólogo Pierre Bourdieu advertía que los medios no solo informan, sino que jerarquizan la realidad: aquello que ocupa más tiempo y visibilidad se convierte, para el público, en lo más importante (Sobre la televisión, 1996).
Simplificar para desplazar
El espectáculo tiene una ventaja decisiva: simplifica. El politólogo estadounidense Murray Edelman sostuvo que la política contemporánea se organiza en torno a montajes simbólicos que reemplazan la complejidad de los procesos reales por imágenes emocionalmente potentes, capaces de tranquilizar, movilizar o distraer más que de informar (Constructing the Political Spectacle, 1988). En ese marco, conflictos estructurales compiten en desventaja frente a una foto viral o un video de pocos segundos.
La política del show no elimina los problemas, pero puede postergar su discusión. En esa línea, Guy Debord advertía que, en las sociedades mediáticas, “todo lo que alguna vez fue vivido directamente se aleja en una representación” (La sociedad del espectáculo, 1967). Al desplazar el foco, se redefinen prioridades y se obliga a la sociedad a reaccionar más a gestos que a políticas públicas concretas.
El punto crítico aparece cuando la imagen ocupa más espacio que las respuestas a las urgencias sociales: el riesgo de que la política se transforme en espectáculo permanente.
La contradicción del tiempo político
La tensión se vuelve más evidente frente a la emergencia ambiental. Mientras el fuego avanza sin pausa, la respuesta estatal se mueve lentamente. El argumento institucional choca con una realidad material inapelable: el incendio no entiende de calendarios.
La paradoja se profundiza si se la contrasta con el propio estilo del Gobierno. En otras áreas consideradas estratégicas, el Ejecutivo recurrió con rapidez a Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU), bajo el argumento de la excepcionalidad. En el caso de los incendios, en cambio, la urgencia aparece aún en etapa de análisis.
La contradicción alimenta una pregunta central: qué define, para el poder, qué es verdaderamente urgente. Mientras los DNU se activan para desregular mercados o modificar estructuras del Estado, una crisis que pone en riesgo vidas, economías regionales y ecosistemas enteros queda atrapada en tiempos administrativos.
En ese contexto, las imágenes de espectáculo adquieren un peso simbólico mayor: ocupan el centro de la escena pública mientras la respuesta frente a la emergencia avanza tarde. Más allá de los bailes, las fotos y los escenarios, los incendios continúan ardiendo y las fábricas cerradas no reabren fuera del espectáculo.









