Vuelvo

Por Nelson Specchia

Vuelvo

El “yoruga” Mario Benedetti escribía: “Vuelvo/ quiero creer que estoy volviendo/ con mi peor y mi mejor historia/ conozco este camino de memoria/ pero igual me sorprendo.” Hace tiempo que las diversas ocupaciones relacionadas con la dirección del diario me habían ausentado -paradógicamente- de sus páginas: leer y editar los artículos y las columnas de los demás había ido llenando el tiempo que podía dedicarle a las propias; intentaremos equilibrar un poco más esas pesas, y volver a proponerles algunas ideas, interpretaciones y lecturas desde estas líneas.

Además, los primeros días de marzo se presentan como propicios para los reinicios (la “rentrée”, como decían los parisinos que volvían a la ciudad tras la pausa estival), con los chicos volviendo a llenar las aulas de las escuelas (y los sufridos maestros teniendo que hacer la primera movilización del año por sus salarios); los jefes de los Ejecutivos presentándose ante las asambleas legislativas para dar cuenta de lo actuado y hacer la prospectiva del año político que se inicia; hasta ciertos cortes generales de energía, que dejan a oscuras a medio país en minutos y ponen de manifiesto (cualquiera que haya sido la causa que finalmente se determine, si se determina alguna vez) la extrema debilidad y provisionalidad a la que está llegando todo el sistema energético, tras años de vaciamiento, desidia y políticas erráticas.

Este marzo de reinicios, además, trae un aniversario importante a nivel internacional y especialmente caro a los argentinos: los diez años al frente de la iglesia del jesuita Jorge Mario Bergoglio. Quienes me han leído con alguna habitualidad, saben que durante esta década he escrito múltiples ensayos, en estas mismas páginas y en otros lados, prestando especial atención a la figura y al accionar del papa Francisco, desde aquella sorpresiva tarde de marzo de 2013 cuando, en el enorme televisor instalado en la redacción de HOY DÍA CÓRDOBA, apareció la figura de Bergoglio en el balcón de la basílica de San Pedro, bendiciendo a la multitud; diciendo que los cardenales habían ido a buscar a un papa al fin del mundo; y pidiéndoles a todos que rezaran por él.

Esa misma solicitud me la ha repetido cada vez que he podido saludarlo y dialogar con él en Roma, como cuando fuimos a presentarle nuestro libro, escrito junto al colega Gonzalo Fiore, “Hagan lío! Lecturas políticas de un papado incómodo”. El papa lo agradeció, como siempre y como con todos los aportes, y terminó la audiencia de la misma manera: “Rezá por mí”.

No es una solicitud vana, habida cuenta de los complejos escenarios que ha abierto. Y por el que transita ahora, cuando se cumple el décimo año de su gobierno, con la reciente desaparición de su antecesor, Joseph Ratzinger, y la renovada embestida interna de los sectores conservadores de la curia romana -desde el interior de la iglesia- y de la derecha política global, desde el exterior.

Estuve en Roma el año pasado, unas semanas antes del fallecimiento del centenario papa emérito Benedicto XVI. La situación ya era tensa, y de mucha expectativa; la deteriorada salud del anciano ex pontífice alemán hacía previsible un desenlace cercano, y estaba claro que esa muerte abriría más problemas de los que clausuraría.

Ratzinger había sido original y sorpresivo en más de un aspecto: fue elegido papa, contra todo pronóstico y cálculo, entre los dos únicos cardenales que Juan Pablo II no había nombrado; de los 115 purpurados que entraron al cónclave en la Capilla Sixtina, el polaco Karol Wojtyla, durante sus 26 años de pontificado había nombrado 113; apenas dos no eran creaciones suyas: el estadounidense William Baum (que entró al consistorio en silla de ruedas), y Ratzinger. Y eligieron a éste. El Espíritu Santo, dice la tradición católica, suele meterse a veces en las votaciones de la Capilla Sixtina.

Otra de las originalidades de Ratzinger, por primera vez en un milenio, fue renunciar a ser papa. Y otra más, quedarse a vivir, una vez renunciado, dentro de los muros del mismo Vaticano, sin sacarse la sotana blanca. Estas decisiones supusieron una situación tan excepcional y extraordinaria, que fue muy difícil de sortear para Bergoglio. Llegó a hablarse de “doble comando”, y algunos sectores del conservadorismo más recalcitrante sostuvieron que en la iglesia había, en efecto, dos papas: un “papa reinante” y un “papa contemplativo”.

Pero, ahora, con Ratzinger muerto y enterrado, aparece un nuevo escenario: queda en evidencia que, por más que los sectores conservadores tuvieran al papa emérito como referente, éste actuaba como una barrera, una frontera, un límite a las críticas y a las acciones contra Bergoglio. Ahora, sin él, esas restricciones han desaparecido y los ataques arrecian. Escribiré aquí sobre algunos de ellos en particular.

Y en Córdoba, quienes adhieren y apoyan las políticas de renovación del papa Francisco, están organizando una movida interesante: será el 13 de marzo a las 16:30, en la UEPC de San Jerónimo 558. Todos invitados, Habemus papam.

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