Durante años, la relación entre las personas mayores y la tecnología fue pensada en términos de déficit: lo que no saben, lo que no entienden, lo que no usan. Hoy, entender cómo se vinculan los adultos mayores con la tecnología implica correrse de ese estereotipo y observar prácticas, emociones y necesidades concretas en un mundo en el que los trámites, la comunicación y casi la totalidad de la vida cotidiana está mediada por las tecnologías.
Según proyecciones demográficas, para 2035 habrá en el mundo más personas mayores de 60 años que niños de 10 o menos, y América Latina será una de las regiones donde este proceso tendrá mayor impacto. En ese escenario, la brecha digital se convierte en un gran desafío.
Para saber más sobre el tema, Hoy Día Córdoba dialogó con Mariano Llanos, fundador de Eldy Project, una iniciativa que busca acercar la tecnología a personas mayores con el objetivo de combatir la soledad no deseada e integrarlas al presente.
El interés de Llanos por cómo se relacionan los adultos mayores con la tecnología surgió desde una experiencia personal previa. “Cuando tenía 20 años hice voluntariado en una residencia de adultos mayores. Iba a escuchar y a tener charlas una vez por semana. Y me impactó que había varios que la única persona con la que hablaban en la semana era conmigo”. Hoy, con 33 años, asegura que esa realidad no solo persiste sino que se expandió por fuera de las instituciones. “Ahí nace mi intención de trabajar en pos de combatir la soledad”, cuenta.
El conferencista planteó que el principal obstáculo no es técnico. “Yo creo que son dos motivos principales, por un lado el miedo y por otro lado el viejismo”, explica. El miedo, señala, está alimentado tanto por lo desconocido como por el modo en que los medios suelen mostrar al mundo digital: estafas, riesgos, amenazas. A eso se suma una percepción extendida de ajenidad: quienes hoy tienen más de 60 crecieron en un mundo analógico y muchas veces sienten que la tecnología no les pertenece.
Sin embargo, para Llanos, el factor más determinante es la discriminación por edad, sobre lo que asegura: “Es esta idea de ya estoy grande, yo nací en otra época. A veces no se dan cuenta y ellos mismos alimentan este viejismo”. Se trata de una mirada profundamente instalada en la sociedad, que asocia vejez con lentitud, incapacidad o inutilidad para aprender cosas nuevas. Incluso, advierte, aparece disfrazada de elogio. “Cuando vos le decís a alguien, che qué joven que te ves, ¿qué estás queriendo decir en el fondo?, que ser viejo es malo”, reflexiona.
Todas esas creencias hacen que muchas personas mayores se autoexcluyan del aprendizaje digital incluso antes de intentarlo. “Hay un viejismo implícito en la sociedad, donde el tipo grande no entiende, es más lento, donde el tipo grande para qué quiere aprender si no lo va a usar”, enumera el profesional. Frente a eso, propone romper con la idea de que la educación tiene fecha de vencimiento: “Tenemos que empezar a comprar la idea del paradigma de que la educación es continua y no de que la educación se termina a cierta edad”.
Desde esa perspectiva, la brecha digital es, ante todo, cultural y emocional. De hecho, remarca que el desarrollo tecnológico avanza en sentido contrario a la exclusión: las herramientas son cada vez más intuitivas y accesibles. El problema aparece cuando la cultura sigue ubicando a las personas mayores en un lugar pasivo, como si ya hubieran cumplido su ciclo.
Pero se debe tener en cuenta también una carencia estructural: la falta de espacios formativos pensados para adultos mayores. “La sociedad no está preparada para entrenar a los adultos mayores. Está todo el sistema educativo enfocado en los jóvenes”, señala Llanos, y aclara que, si bien eso es lógico, deja un vacío frente a una población que será la de mayor crecimiento en los próximos años.
¿Cómo usan la tecnología los adultos mayores?
Pese a estas barreras, la presencia de personas de más de 60 años en el entorno digital es un hecho. El uso de aplicaciones está lejos de ser homogéneo, pero hay patrones claros. “WhatsApp es lo que más utilizan, seguido de Youtube y Facebook”, detalla Mariano. En particular, Facebook cumple un rol social relevante: permite reencontrarse con amigos de la infancia o de distintas etapas de la vida, conversar y ver sus publicaciones.
WhatsApp, sin embargo, atraviesa a todas las edades. “Si hay una app que engloba, diría a todos, hasta gente de 90 años, es Whatsapp”, afirma. El uso, no obstante, suele limitarse a funciones básicas. “Saben mandar mensajes, pero vos les pedís para que suban una foto que está a dos clics de distancia y no saben cómo hacerlo”. Ese límite técnico, lejos de ser trivial, puede marcar la diferencia entre sentirse dentro o fuera de la conversación digital.

Eldy Project trabaja precisamente sobre ese punto: profundizar el uso de herramientas ya conocidas para que tengan mayor alcance en la vida cotidiana. “Buscamos herramientas para que las personas mayores aprendan a utilizar aplicaciones que ya existen pero de una forma un poquito más profunda”, explica Llanos. No se trata de dominar la tecnología, sino de apropiarse de ella.
En cuanto a las redes sociales, el uso es diverso. Sobre esto, el fundador del proyecto afirma: “La usan un poco para todo, pero por sobre todo para pasar el tiempo igual que los jóvenes y para no sentirse tan solos”. En los últimos años, incluso plataformas asociadas a públicos más jóvenes comenzaron a sumar usuarios mayores. “Cada vez más personas de más de 60 años, 70 años, están utilizando TikTok”, señala.
Contra la soledad no deseada
La cuestión de la soledad aparece como un eje central en esta relación con la tecnología. Llanos distingue entre aislamiento y soledad no deseada, dos conceptos que suelen confundirse. “La soledad no deseada es el sentimiento subjetivo de sentirme solo”, explica. Puede darse incluso en contextos de convivencia familiar, cuando una persona no se siente escuchada o tenida en cuenta. Sobre este concepto profundizamos en una nota de noviembre del año pasado, en la cual se detalló sobre cómo podemos sentir la soledad no deseada incluso en épocas de hiperconexión, cuando estamos más conectados que nunca en lo digital pero muy aislados en cuanto a vínculos humanos.
Se trata de un fenómeno extendido: “Una de cada tres personas mayores de 60 años sufren este sentimiento bastante seguido. La soledad aumenta aproximadamente un 30% de muerte prematura”, advierte, además de incrementar el riesgo de enfermedades y acelerar procesos de deterioro cognitivo.
Desde una mirada evolutiva, el impacto no sorprende. Llanos recuerda que, a nivel primitivo, quedar solo equivalía a morir. “Cuando uno se siente solo hoy en día, el cuerpo responde de la misma forma que hace miles de años”, explica, activando mecanismos de estrés que afectan a la salud.
Pero Mariano aclara: “La tecnología ayuda como medio, no reemplaza al contacto humano”. En Eldy Project lo sintetizan en una frase: “La tecnología es la excusa para el encuentro humano”. En ese sentido, aprender juntos, debatir, compartir experiencias digitales se convierte en un pretexto para generar lazos.
Además, la tecnología ofrece apoyos concretos frente a limitaciones físicas asociadas a la edad. Asistentes virtuales, mejoras en accesibilidad visual y auditiva, o simples funciones de comunicación pueden ampliar la autonomía. Pero el eje, insiste Llanos, sigue siendo el vínculo. Cita un metaestudio que analizó datos de unas tres millones de personas y concluyó que el principal factor para vivir más y mejor son “las relaciones de calidad”.
Las reacciones ante la IA
La inteligencia artificial genera reacciones ambivalentes. “Al principio un poco con miedo”, describe. Y aparecen frases conocidas: “Yo ya estoy grande, yo ya soy de otra época”. Sin embargo, esa resistencia suele ceder cuando se experimenta el uso. “Cuando ven lo que pueden hacer, ven que de repente pueden tener una conversación o que la IA tiene sentido del humor o que los escucha”, explica. Allí aparece el alivio y disminuye el estrés frente a lo nuevo.
El desafío, entonces, no pasa solo por enseñar a usar dispositivos, sino por revisar las narrativas que rodean a la vejez. En una sociedad que envejece, integrar a las personas mayores al presente digital no es un gesto de inclusión simbólica, sino una condición necesaria para la autonomía, la participación social y la salud. Como plantea Llanos, aprender no debería ser una excepción en la vejez, sino una posibilidad permanente.
Trabajar en territorios, cuando jugar y aprender no está garantizado









