¿Volver a vivir, volver a estudiar o, simplemente, volver a renegar? Seguramente alguna de estas preguntas nos asaltan a los sexagenarios cuando decidimos patear el tablero de los mandatos sociales. A nuestra edad, el mundo espera que bajemos los decibeles, que entremos en una zona de quietud, como si la vida tuviera que ser un susurro.
Hay un libreto invisible que la sociedad nos pone en la mano apenas pasamos la barrera de los 60. Ese libreto dice que ya cumplimos, que ahora nos toca el rol de espectadores sabios. Es un mandato de invisibilidad: se espera que ocupemos menos espacio, que hablemos más bajo y que nuestras ambiciones se reduzcan a mantener el jardín o a que no nos falle la salud.
Pero el cascarón late. Y a veces, la necesidad de concretar un viejo sueño postergado -como el de estudiar percusión en la Facultad de Arte y Diseño (FAD) de la Universidad Provincial de Córdoba (UPC)– tiene más fuerza que cualquier etiqueta. Sumergirse en esta aventura es, ante todo, una rebelión contra esa muerte civil que nos quieren imponer antes de tiempo. Es decir: “Mi tiempo no se terminó, solo cambió de compás”.
Claro que salir de la agenda del descanso para entrar en la de los jóvenes requiere un coraje especial. Es rebelarse contra el mandato que dice que a los 60 ya no se siembra, solo se ve crecer lo ajeno.
Paso a paso
El laberinto empieza con el Sistema Guaraní, ese espacio curricular donde uno se inscribe, hace trabajos prácticos, envía tareas y está en contacto con los docentes. Para los que venimos de la ficha de cartón y la lapicera a mano firme, este enigma digital es el primer gran examen de humildad. Pero tras superar la burocracia, llega el verdadero Día D. El día en que se atraviesa el umbral y uno se da cuenta de que el mayor peso no son los libros, sino los prejuicios que llevamos en la mochila.
Entrás al aula y te encontrás rodeado de chicos y chicas de 18 años para arriba. Ahí aparece la pregunta inevitable: “¿Podré seguirles el ritmo?”. En mi caso, la pregunta es literal. Mientras la sociedad espera que uno se conforme con el tic-tac monocorde de un reloj de pared, uno elige el repique y la vibración de un parche. Estudiar percusión es la forma más ruidosa y hermosa de decirle al mundo que nuestro pulso todavía tiene potencia.
Hablan los estudiantes
Juan Carlos Orozco, tiene 67 años, está jubilado, es técnico de Laboratorio y profesor de Qi Gong: «No se empieza algo nuevo para llenar el tiempo, sino para honrar la esencia de uno mismo. Es un acto de amor propio para vincularse con el mundo desde la plenitud. Después de toda una vida de responsabilidades familiares y 38 años como técnico de laboratorio, la jubilación me dio el espacio para retomar esa impronta musical que me acompaña desde la infancia en Laboulaye. Volver a estudiar a los 67 años no es cerrar un ciclo, sino completar verdades internas que siempre me pertenecieron. Aceptar el desafío de ingresar a la Universidad Provincial para cursar percusión requiere disciplina y voluntad, pero nace de una necesidad profunda de transformar la frecuencia personal en lenguaje musical».
“Después de dedicar más de 50 años a la medicina, la música seguía siendo esa asignatura pendiente. Hoy, a los 79 años, la decisión de sentarme en un aula universitaria rodeado de jóvenes no responde a una necesidad de llenar el día, sino a la actitud vital de cumplir un sueño largamente anhelado: aprender a tocar la guitarra. Me inspira la idea de que la vejez es una etapa existencial que debe encararse con resolución, priorizando el deseo personal sobre las limitaciones que el tiempo parece imponer. En este tercer año de facultad, entiendo que lo más valioso es el hoy y la meta que me he trazado. Lo verdaderamente importante es el camino y la voluntad de emprender una actividad nueva como una forma de habitar el presente con propósito. Quizás mis objetivos sean distintos a los de mis compañeros de banco, pero compartimos la misma aula y la misma pasión por aprender, demostrando que nunca es tarde para habitar ese mundo que uno siempre imaginó”, dice José Muscarello, médico jubilado y actualmente cursando el trayecto de Formación Musical en la FAD.
Luis Garzón es músico y rockero desde siempre. También cursa el Trayecto en la UPC: «Después de años de transitar academias privadas decidí que a los 69 años era el momento de ir al fondo de la cuestión. Volver a la facultad para aprender a leer una partitura y entender los tiempos musicales no es solo un capricho, sino una forma de mantenerme activo y de no claudicar ante la idea de la derrota que a veces impone la vejez. Entrar a la universidad es como sumergirse en una escena de la película Fama: un pasillo lleno de sonidos que me carga de pilas y me hace sentir que el pulso del rock sigue más vivo que nunca. El contacto con los estudiantes jóvenes funciona como un verdadero oxígeno para el cuerpo y la mente, recordándome que la edad es apenas un número cuando hay ganas de superarse. No me interesa si me va bien o mal en los exámenes. Lo fundamental es haber encontrado un espacio que me da vida y me permite decir con orgullo que, mientras haya música y voluntad, el futuro sigue siendo un territorio por conquistar«.









