Cada 29 de junio, Argentina rinde homenaje a los camarógrafos y reporteros gráficos, profesionales cuya labor consiste en registrar con imágenes los acontecimientos que luego pasan a formar parte de la memoria colectiva. La fecha recuerda el asesinato del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, ocurrido el 29 de junio de 1973 en Santiago de Chile, mientras cubría periodísticamente el fallido levantamiento militar de Salvador Allende conocido como el «Tanquetazo».
Leonardo Henrichsen nació en Buenos Aires en 1940 y se formó en Sucesos Argentinos, el primer noticiero cinematográfico argentino. Su mentor fue Tadeo Bortnowski, veterano corresponsal de la Segunda Guerra Mundial, quien supo reconocer en él una vocación poco común para el reportaje de campo.
Desde 1963, cuando cubrió el golpe de Estado contra Juan Bosch en la República Dominicana, Henrichsen se convirtió en uno de los cronistas más reconocidos de los convulsionados años sesenta en América Latina, testigo de levantamientos, cambios políticos y catástrofes naturales.
En 1969 comenzó a trabajar junto al periodista sueco Jan Sandquist para SVT, la Televisión Pública de Suecia, que había apostado fuerte por la cobertura de América Latina. Para junio de 1973, ambos estaban en Chile preparando un reportaje, conscientes de la tensión creciente contra el gobierno de Salvador Allende y del riesgo inminente de un golpe militar.
La mañana del 29 de junio de ese año, mientras Sandquist transmitía por teléfono a Estocolmo lo que ocurría en el centro de Santiago, Henrichsen se ubicó en la esquina de Agustinas y Morandé para filmar el levantamiento del regimiento Blindado N° 2, encabezado por el teniente coronel Roberto Souper Onfray: el episodio que pasaría a la historia como el Tanquetazo.
Con su cámara Éclair de 16 mm en mano, registró a los militares sublevados bajando de sus tanques, a los transeúntes huyendo bajo los disparos. Siguió filmando incluso cuando uno de los soldados, el cabo Héctor Hernán Bustamante Gómez, le apuntó directamente con su arma y disparó. Fue la última escena que captó su lente. Gravemente herido, Henrichsen murió en la misma calle.


La cinta quedó atrapada en el chasis de la cámara. Gracias a las características del equipo, el fragmento grabado sobrevivió y llegó, de manera clandestina, a Buenos Aires para ser revelado. En las semanas siguientes, esas imágenes recorrieron el mundo. Era la primera vez en la historia que un periodista filmaba el arma de la que saldría el disparo que lo mataría, el rostro de su asesino, la secuencia completa de su propio asesinato.
El intento de golpe fue sofocado ese mismo día, pero el material filmado por Henrichsen cobró una dimensión simbólica que trascendió el hecho puntual. El cineasta Patricio Guzmán lo incluyó como secuencia clave en su trilogía documental La batalla de Chile, consolidando a Henrichsen como figura emblemática de toda una época.
En 1989, el Congreso Nacional argentino sancionó la Ley N° 23.689 estableciendo que cada 29 de junio se conmemoraría el Día Nacional del Camarógrafo Argentino. La decisión fue interpretada como un gesto de la sociedad argentina para repudiar los sistemas dictatoriales y reconocer el valor de quienes documentan la historia con la cámara como única herramienta de resistencia.

El caso, sin embargo, tardó décadas en tener una resolución aunque fuera parcial. Recién en 2005, el periodista Ernesto Carmona logró identificar al cabo Bustamante como el responsable del asesinato tras años de investigación. Nunca llegó a ser juzgado: murió en 2007 en total impunidad, luego de que la Justicia chilena sobreseyera la causa por prescripción. El 29 de junio de 2013, cuarenta años después de su muerte, la alcaldesa de Santiago instaló una placa conmemorativa en la esquina donde Henrichsen fue asesinado.
El valor del fotoperiodismo y el peso de una imagen
El caso de Henrichsen no es el único que ilustra el poder singular del fotoperiodismo para interferir en la historia que se registra. En Argentina, durante la frágil transición democrática iniciada en 1983, una serie de fotografías de prensa demostraron que, en determinadas circunstancias, una imagen no solo documenta un hecho sino que lo modifica.
En agosto de 1984, el fotógrafo Enrique Rosito captó al general retirado Luciano Benjamín Menéndez, responsable de campos clandestinos de detención durante la dictadura y aún en libertad, abalanzándose con un cuchillo sobre un grupo de manifestantes frente al canal de televisión donde acababa de participar de un programa. La foto apareció en la tapa de los principales diarios nacionales e internacionales. Una semana después, Menéndez quedaba detenido. La imagen, más que registrar una escena, la detonó.

En diciembre de 1987, Rafael Calviño fotografió desde el interior de un auto el momento en que un militar de la custodia del líder carapintada Aldo Rico les apuntaba con un arma mientras lo perseguían para obtener una declaración gráfica de su liberación. La imagen, publicada en la tapa de Página 12, sacudió al país y terminó con la exoneración del militar que aparecía en el disparo.

Y en junio de 1989, Marcelo Ranea encontró al ex almirante Emilio Massera, condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, caminando libremente por un barrio porteño y abriendo con sus propias llaves la puerta del edificio donde vivía su amante. La foto dio la vuelta al mundo y Massera regresó a prisión.
En los tres casos, la secuencia fue similar: el fotógrafo registró algo que el poder intentaba mantener invisible; la imagen fue publicada; la sociedad reaccionó; algo cambió. Como señala la investigadora Cora Gamarnik, estas fotografías no reprodujeron un acontecimiento externo sino que se incorporaron a la disputa por el sentido de ese acontecimiento: fueron pruebas, denuncias y vehículos de memoria al mismo tiempo.
Roland Barthes planteó que la fotografía posee una «fuerza constativa» que atañe más al tiempo que al objeto: su poder reside en dar testimonio no de una cosa, sino de que algo ocurrió, de que alguien estuvo ahí. En el caso de Henrichsen, esa fuerza alcanza su expresión más extrema: la cámara siguió filmando cuando su operador ya no podía hacerlo. El registro sobrevivió a quien lo hizo. Y cuatro décadas después, sigue siendo la prueba más contundente de un crimen que nunca fue juzgado.
La inteligencia artificial y el nuevo desafío del fotoperiodismo
Las redacciones de todo el mundo enfrentan hoy el desafío de reforzar sus procesos de verificación y autenticación de imágenes, mientras los reporteros gráficos incorporan nuevas herramientas para certificar el origen de su trabajo y preservar la confianza del público. En este contexto, la inteligencia artificial representa un avance tecnológico de enorme potencial, pero también exige una utilización responsable para evitar la desinformación y la manipulación de la opinión pública.
Paradójicamente, cuanto más fácil resulta fabricar imágenes convincentes, más valioso se vuelve el trabajo de quienes salen a la calle con una cámara para registrar la realidad tal como sucede. En una época donde lo falso puede parecer verdadero, el fotoperiodismo reafirma su papel como uno de los principales garantes de la memoria, la transparencia y el derecho de la sociedad a recibir información verificada.
A más de cinco décadas de la muerte de Leonardo Henrichsen, su legado continúa vigente. Cada 29 de junio, el Día del Camarógrafo Argentino recuerda que detrás de cada imagen existe un profesional dispuesto a asumir riesgos para que los hechos no queden en el olvido y para que la historia pueda contarse, una vez más e innumerables veces, a través del poder irreemplazable de una imagen captada en el momento exacto.
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