Entre los ideales impuestos y las rebeldías

Mujeres | Por Jaqueline Vassallo

Llegó diciembre, pasó el día 8 y se aproxima la Navidad, una época del año en la que María-Madre cobra especial protagonismo: múltiples imágenes se reproducen en tarjetas, mensajes y en los pesebres que muchos arman en sus casas. Mientras tanto, como argentinos atravesamos un fascinante momento histórico en el que se producen debates sobre las maternidades deseadas y no deseadas, en el marco de la discusión de los proyectos de ley sobre la Regulación de la Interrupción Voluntaria del Embarazo y del Plan de los 1.000 Días, que acaban de obtener media sanción en la Cámara de Diputados.

María–Madre fue ensalzada por los hombres de la iglesia de tiempos medievales como ideal modélico destinado a las mujeres. Un interesante trabajo del historiador francés Jacques Dalarum, publicado en los años 90 del siglo pasado, se ocupó de María como sujeto histórico, reveló de forma inteligente y erudita el complejo proceso de construcción de este ideal modélico, como también la necesidad que tuvieron de acudir a otras mujeres: Eva y Magdalena.

No olvidemos que los fundadores del pensamiento cristiano, Agustín y Jerónimo, ya habían responsabilizado a las mujeres por la llegada del “mal” a este mundo, siguiendo de cerca el conocido pasaje del Génesis que involucró a Eva, la serpiente y la manzana. Fue entonces cuando todas ellas serían consideradas seres manchados y de peligrosa sexualidad. Solo María había logrado sortear la impureza que afectaba a las mujeres del mundo terreno.

Agustín y Ambrosio no dudaron en exhortar a las mujeres a practicar la castidad, conservar la virginidad y señalaban a María como el modelo por antonomasia, ya que para ellos constituía un ejemplo de “virtud”. Pero según Dalarum fue durante el siglo XII -también llamado el siglo del “surgimiento mariano”- cuando María-Madre se convirtió en uno de los modelos de la iconografía femenina. La simbología de la Navidad y de la familia, la exaltación de la maternidad, la placidez, el afecto (pero también el sacrificio), pueden verse a partir de entonces en miles de iglesias y catedrales del mundo. Como también, en cientos de tratados y obras de moralistas y teólogos que se dedicaron a reflexionar sobre ella.

María, como “virgen”, fue una figura de referencia constante como símbolo de perfección femenina, pero resultaba demasiado perfecta y lejana para la mayoría de las mujeres que no lo eran. Sin lugar a dudas los hombres de la iglesia habían proyectado a la Virgen-Madre fuera del alcance de las mujeres de este mundo, y fue entonces cuando necesitaron acudir a Magdalena. Al fin y al cabo, todo “pecador” debía “redimirse”.

De esta suerte, Magdalena se transformó en el símbolo de la mujer redimida, de la pecadora arrepentida, a la que acudieron para lograr efectos de redención en las vidas de las mujeres que suponían trasgresoras del sexto mandamiento y para quienes caían en el refinamiento, el lujo, el uso de joyas y la complacencia del propio cuerpo.

Magdalena también fue pintada y esculpida. Y a través de estas obras se intentó implantar un modelo de conducta, un ejemplo de cómo asociar sexualidad y salvación. Desde entonces, numerosos varones de la iglesia dedicaron sus días a escribir y dar sermones exigiéndoles castidad, continencia, piedad. Y ello no fue casual, ya que, como bien señala la investigadora española Adelina Sarrión Mora, llevaban muchos años alejados de ellas por imposición del celibato.

Con la llegada de la Contrarreforma, las ideas sostenidas en relación a la situación de las mujeres, el matrimonio indisoluble, la castidad, la “perfección de la virginidad”, fueron considerados baluartes de la iglesia católica, lo que también supuso que se subrayara la contraposición entre María y Magdalena. Fueron escritas más obras. Los ideales modélicos, las culpas, las restricciones y las imposiciones destinadas a las mujeres se desparramaron por siglos a través de sermones y confesionarios. Antonio de Guevara, un sacerdote español, escribió en su famosa obra “Reloj de Príncipes” algunos consejos destinados a quienes debían criar hijas mujeres: “Cuando las vieran andar, hanles de cortar las piernas, si quisieren mirar, sacarles los ojos, si quisieren oír, taparles los oídos, si quisieren dar a tomar, cortarles las manos, si osaren hablar, coserles las bocas, si intentasen alguna liviandad, enterrarlas vivas, porque a la hija mala le conviene darle dote de muerte, y en ajuar, los gusanos, y por casa, la sepultura”.

Inferioridad, castigos, violencias, restricciones, destinos, obligaciones y roles no deseados que también fueron recogidos por otros discursos sociales (como el derecho) contribuyeron en sostener durante siglos la inferioridad y el control masculino sobre las vidas y los cuerpos de las mujeres. El trabajo y la militancia de miles de feministas en el mundo fueron desmontando poco a poco tanta desigualdad e injusticia, y aún hoy nos encuentra ocupadas en ello.

 
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