La historia detrás de las dos fotos más emblemáticas de la Guerra de Malvinas nos dice que, probablemente, no. Pero una imagen construye imaginarios, incide en decisiones políticas y define qué queda grabado en la memoria colectiva. Y eso no es poca cosa.
Rafael Wollmann no viajó a las islas a cubrir un conflicto bélico; fue a fotografiar pingüinos. Pero el destino lo ubicó en el lugar y el momento exactos en que todo cambiaba: el 2 de abril de 1982. Su cámara capturó una escena que dio la vuelta al mundo: un grupo de soldados británicos con las manos en alto, escoltados por tropas argentinas. Entre ellos estaba el marine Lou Armour.

Para unos, aquella captura fortuita fue la foto de una humillación; para otros, la de una victoria. Dos lecturas opuestas sobre un mismo instante. Sin embargo, su peso terminó siendo mucho más concreto que cualquier interpretación.
Años más tarde, el propio Lou Armour le confesó a Wollmann que esa imagen fue determinante para que Margaret Thatcher y el gobierno inglés reaccionaran enviando la flota hacia el Atlántico Sur. Una chispa involuntaria que aceleró la maquinaria de la guerra.

Para que el mundo pudiera ver ese material, Wollmann tuvo que colarse en un avión de la Fuerza Aérea el 3 de abril. Sabiendo que podían confiscarle los rollos, dejó material inservible a la vista como señuelo y escondió los originales. Así, las fotos volaron de Comodoro Rivadavia a París y se distribuyeron por todo el mundo. La prueba documental de una Inglaterra doblegada estaba en la calle y, para bien o para mal, cambió el rumbo de la historia.
En el otro extremo del conflicto, el fotógrafo británico Peter Holdgate inmortalizó el último día de la guerra. Su emblemática foto, conocida como The Yomper, muestra al comando Peter Robinson avanzando con la bandera de su país tras enterarse de la victoria británica. Dos fotos, dos días opuestos, dos caras de una misma moneda.

La Imagen Real en el Calamuchita FotoDoc
Toda esta trastienda es la que reconstruye con maestría La Imagen Real, un documental dirigido por Pablo Montllau. El film se proyectó recientemente como parte de las actividades del festival Calamuchita FotoDoc en la sede de Villa General Belgrano, mostrando cómo un mismo conflicto puede ser narrado desde sentidos completamente opuestos.

La proyección fue un cruce generacional e histórico inolvidable. La actividad contó con una charla en la que participaron el propio Rafael Wollmann, el director Pablo Montllau y la prestigiosa investigadora Cora Gamarnik, además de la muestra de los fotoperiodistas Eduardo Longoni, Tony Valdez y Juan Travnik. También estuvieron presentes veteranos de guerra y el creador del festival, Sebastián Gil Miranda.
Durante el debate, Gamarnik señaló algo fundamental: este tipo de documentales cumple la función clave de amplificar mensajes que, de otro modo, quedarían atrapados en densas investigaciones académicas leídas por muy pocos.
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La cámara como arma: una reflexión sobre el fotoperiodismo
Para quienes se inician en el fotoperiodismo, la lección que dejan Wollmann y Holdgate es profunda. La cámara no solo registra: construye y, a veces, reescribe la historia. Nos enseña que, aunque creas tener todo bajo control, el escenario puede cambiar de golpe y que estar preparado, incluso cuando crees no estarlo, es la única regla.
En un escenario de guerra, la cámara termina siendo un arma. Una que debe desenfundarse con la rapidez del reflejo, pero que también se dispara con la paciencia de quien sabe esperar el instante justo. Porque una foto quizás no inicie una guerra, pero tiene el poder de encender un incendio. Y sostener ese potencial en las manos es, sin dudas, un enorme compromiso.
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