El origen se rastrea hasta el Samain (o Samhain), festival de los antiguos celtas que marcaba el fin de la cosecha y el comienzo del invierno. Su nombre alude al “fin del verano” y funcionaba además como Año Nuevo. El paso de la mitad luminosa del año a la oscura. Se creía que esa noche las puertas entre el mundo de los vivos y el de los muertos se abrían y que los espíritus caminaban entre las personas. Algunas tradiciones incluso imaginaban a los difuntos sentados junto al fuego del hogar.
De todas maneras, debido a que las fuentes directas sobre el Samain son escasas, y historiadores como Ronald Hutton señalan que buena parte de lo que se sabe proviene del folclore de siglos posteriores. Aun así, hay consenso en que el 1 de noviembre era una fecha importante del calendario céltico, un tiempo para protegerse de las fuerzas sobrenaturales y ofrecerles ofrendas.
Disfrazarse para ahuyentar
Aquí aparece la clave de por qué Halloween nunca fue solo cuestión de disfraces. En las regiones célticas, jóvenes con el rostro tiznado o enmascarados, los guisers y mummers, recorrían las casas en plena oscuridad recitando versos a cambio de comida. Su función era imitar a los espíritus sueltos o mantenerlos a raya. Llevaban linternas hechas con nabos huecos y tallados con rostros grotescos, antecesores directos de la calabaza.
Esa noche se hacían además adivinaciones sobre bodas y muertes futuras, se encendían hogueras comunitarias y, en Gales o Irlanda, se dejaba comida y la puerta sin llave para las almas errantes. Asustar y asustarse era parte del ritual, dar cara al miedo para controlarlo.
La Iglesia, el 1 de noviembre y un mismo impulso
Cuando el cristianismo se expandió por Europa, la Iglesia ubicó el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre y el Día de los Difuntos el 2, y la víspera pasó a llamarse All Hallows’ Eve, de donde surge “Halloween”. Fue una práctica habitual, reinterpretar fiestas paganas en lugar de intentar borrarlas. La memoria de los muertos siguió viva con un nuevo ropaje.
Ese mismo mecanismo se repitió al otro lado del Atlántico. Tras la conquista, los españoles encontraron en México una fiesta de los muertos de raíz mexica, celebrada hacia agosto, y la trasladaron a las fechas cristianas. De esa mezcla de elementos indígenas, españoles y católicos nació el actual Día de Muertos, más festivo y familiar que aterrador, con altares, cempasúchil y pan de muerto.
De Irlanda a Hollywood
En el siglo XIX, la ola de migrantes irlandeses y escoceses llevó la tradición a Estados Unidos. Allí cambió, la calabaza, abundante en América, reemplazó al nabo, y los disfraces infantiles y el “dulce o truco” se hicieron masivos. Durante el siglo XX el cine, la televisión, la publicidad y la industria del entretenimiento terminaron de convertirla en un fenómeno global.
Su llegada a América Latina generó tensiones. En México, por ejemplo, algunos la vieron como una muestra de influencia cultural estadounidense, mientras que muchos niños la adoptaron con entusiasmo. Hoy ambas celebraciones conviven, comparten el interés por los difuntos y muestran que lo global no necesariamente borra lo local.
El miedo
Que esta fecha esté ligada al susto tiene raíces profundas. Según los estudios sobre la historia cultural del miedo, los humanos lo transformaron en relato desde la Antigüedad para explicar lo desconocido. Los mitos mesopotámicos y griegos mostraban a los dioses castigando a los mortales. El rey Licaón convertido en lobo, Aracne en araña. En Japón, el onryō regresaba del más allá en busca de venganza. En Europa del Este, el vampiro alimentó una histeria colectiva tan grande que se saquearon tumbas. En España, los “asustaniños” sirvieron durante siglos para disciplinar a los pequeños. El miedo, en suma, fue una herramienta de enseñanza.
Siglos después, la novela gótica, inaugurada en 1764 con El castillo de Otranto, convirtió la sensación de pavor en placer literario. Ann Radcliffe distinguió entre el terror, que expande el alma, y el horror, que la contrae y la paraliza. Luego llegaron Poe, Lovecraft, Stephen King y el cine, desde aquel tren de los hermanos Lumière que en 1896 hacía gritar al público, hasta el terror analógico que hoy circula por YouTube.
¿Por qué nos gusta?
La ciencia ofrece pistas. Ante un estímulo de miedo, el cerebro libera adrenalina; pero al confirmar que estamos a salvo, activa neurotransmisores asociados al placer y la recompensa, como la dopamina. Es la llamada «transferencia de la excitación», la tensión se transforma en alivio, y a veces en risas. La clave es la seguridad, se disfruta del susto cuando se sabe que el peligro es ficción.
Esta noche
Entonces, Halloween hoy sería la versión moderna de una vieja costumbre humana, mirar de frente a la muerte y a lo que no entendemos, con velas, máscaras y un buen susto. Esta noche, muchos apagarán las luces para ver una película de terror, o saldrán disfrazados a una fiesta. Lo harán, sin saberlo, igual que quienes hace siglos se reunían junto al fuego para contar historias de espíritus; para temblar un rato, sentirse a salvo y celebrar que, al final, la vida sigue a pesar del miedo.
Edgar Allan Poe: el escritor que convirtió el miedo en una forma de pensar











