En el marco de la apertura de la 40° Feria del Libro Córdoba, el escritor e historiador Esteban «Tito» Dómina compartirá con el público su más reciente publicación, «Yo, Rivadavia. Una memoria conjetural», lanzada por Ediciones del Boulevard. La cita está fijada para este viernes a las 21 en la Carpa Lilia Lardone / Naranja, ubicada en la Plaza de la Intendencia. En esta oportunidad, el autor estará acompañado en el escenario por el periodista Rodolfo «Rolo» Pedrotti y por los integrantes del programa La Calesita de la Historia, Federico Sylvester y Nacho Alcántara.
La obra se adentra en los últimos días de Bernardino Rivadavia en Cádiz, España, donde el prócer eligió residir tras quedar viudo. A través de una trama ambiental fundamentada en un estricto rigor histórico pero desplegada en un tono ameno y coloquial, la narración reconstruye esos momentos finales entre nostalgias, alucinaciones, quebrantos de salud y visitas contadas. Dado que el primer presidente argentino no dejó memorias escritas —a diferencia de otras figuras contemporáneas—, Dómina asume el desafío literario de dar vida a un relato conjetural donde el protagonista repasa sus luces, sus sombras, los conflictos familiares y el marcado encono que mantuvo hacia sus compatriotas hasta el final de sus días.
En una charla profunda con Hoy Día Córdoba, Dómina explicó las particularidades de este trabajo y el cambio de registro que implicó respecto a sus títulos anteriores. «Es distinto a los libros que yo he escrito, no es una biografía dura», remarcó el autor durante la entrevista, para luego fundamentar la propuesta: «A pesar de que no hay ficción, todo lo que aparece es la fuente bibliográfica y lo que se conoce de Rivadavia, pero está planteado en términos más informales -si se quiere más coloquial- porque le pongo voz al personaje».
Al analizar la imagen pública de Rivadavia en la memoria colectiva, el divulgador planteó una paradoja sobre la forma en que la sociedad percibe su figura. «Si uno hiciera una encuesta y le preguntara a la gente de modo abierto: ‘Bueno, dígame cinco, seis, siete nombres de próceres argentinos, de la historia argentina’, estoy seguro que Rivadavia figura en ese casting», reflexiona. Sin embargo, contrapuso que esa presencia masiva en las instituciones, en las calles y en los monumentos no siempre se traduce en un profundo conocimiento histórico: «Sin embargo, creo que es muy conocido y poco conocido, valga el oxímoron, ¿por qué? Porque no se sabe mucho más del asunto de que fue el primer presidente argentino y no mucho más».
En ese recorrido narrativo por la trayectoria del personaje, la obra indaga en medidas de un claro sesgo innovador para la época, como su gestión al frente del Ministerio de Gobierno de Martín Rodríguez en Buenos Aires entre 1820 y 1823. Durante ese período impulsó la fundación de la Universidad de Buenos Aires en 1821, promovió una controvertida reforma religiosa que recortó fueros eclesiásticos e impulsó una iniciativa de género inédita al asociarse con Mariquita Sánchez de Thompson para crear la Sociedad de Beneficencia, cediéndole a las mujeres patricias la conducción de tareas asistenciales y educativas antes reservadas al clero o al Estado.
A pesar de esos hitos, la tumultuosa presidencia iniciada en 1826 —sin una Constitución nacional aceptada por las provincias y cruzada por la guerra con el Imperio del Brasil— derivó en un rápido desgaste diplomático y en un posterior exilio sin retorno. Sobre la resentida distancia que guardó con el país hasta sus últimos instantes, Dómina subrayó: «El tipo se fue enojado con la Argentina y con los argentinos. Se fue y no quiso saber nada. En el testamento él deja expresamente asentado que no quiere ser sepultado en Buenos Aires ni en Montevideo porque estaba con bronca».
A la hora de reconstruir la trastienda de este libro, el escritor relató que el material permaneció durante una década en una carpeta de su computadora, macerándose lentamente hasta encontrar su forma definitiva. Respecto al método de trabajo y la decisión de asumir una voz en primera persona, citó referencias fundamentales de la literatura universal y nacional: «Tres obras que son a mi modo de ver fantásticas, de cabecera para quien quiera ir por este lado: es Marguerite Yourcenar, ‘Memorias de Adriano’ (…) ‘Yo, el Supremo’ de Roa Bastos (…) y uno nuestro, uno de mis maestros, ‘Soy Roca’ de Félix Luna».
Para Dómina, la historia debe compartirse de forma amigable y abierta, evitando caer en la tentación de imponer juicios masticados o lecciones morales al lector. Apoyado en los versos del poeta Hamlet Lima Quintana, el autor concluyó con una reflexión sobre el sentido de publicar: «Los libros son como los pájaros y uno los echa a volar. Uno los escribe para que vuelen y sean compartidos por el resto. Sería muy miserable escribir un libro para la autoestima o por autobombo». Asimismo, hace un llamado de atención respecto al modo de aproximación -que generalmente observa en otros divulgadores- para abordar las disputas de antaño: «… hay otros historiadores -cuidado, no estoy criticando a nadie- que dan opinión. Y sí creo que es un error muy grande que cometen algunos – y bastante común- de analizar los hechos del pasado con paradigmas del presente. Ahí le erras totalmente. Hay que ubicarse en el contexto cultural vigente en el momento que uno relata o que está estudiando, porque si no te equivocás«, sostuvo.

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