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Feria Filba en Buenos Aires

Jonathan Franzen y la “gran novela americana”

Por Ana Pérez Cotten

OpiniónPorOpinión
4 de octubre de 2023
Jonathan Franzen y la “gran novela americana”

Conocido por ser uno de los autores que contribuyeron a edificar la tradición de “la gran novela americana” y con la capacidad auténtica de activar los circuitos de la alta literatura, pero también de embarrarse en los debates culturales más coyunturales, el escritor norteamericano Jonathan Franzen visitó por primera vez la Argentina para participar de una serie de intercambios donde franqueará la trastienda de su inventiva y acaso su mirada sombría sobre el presente.

«Pensamos que marchamos al progreso cuando en realidad nos estamos sumiendo en una zona más oscura», nos dice, en una entrevista que tiene lugar a menos de una semana de su participación en Filba.

Por videoconferencia y desde su casa en California, el autor de obras como “Las correcciones” o “Libertad”, que ya cuentan con la impronta de los clásicos, dialogó sobre sus procesos creativos, la identidad de sus personajes y el espíritu de negación que impregna a la sociedad hoy. Nacido en Illinois en 1959, criado en St. Louis, Missouri, y ahora radicado entre Nueva York y California, había publicado ya dos novelas (“Ciudad veintisiete”, en 1988, y “Movimiento fuerte”, en 1992) cuando irrumpió con “Las correcciones”, el libro que le permitió salir de lo que él llamó “el silencio de la irrelevancia”. En pocos meses la novela vendió tres millones de ejemplares, se tradujo a 40 idiomas y se convirtió en un auténtico fenómeno de culto en el que reparaban los críticos, pero también el gran público. Dos décadas después de aquel éxito editorial que se publicó una semana antes del atentado contra las Torres Gemelas y que funciona como una obra que permite entender aquellos años (tras la publicación de otras dos novelas que también fueron bien recibidas, “Libertad” y “Encrucijadas”) Franzen conserva la impronta de un autor que logra articular el oficio literario necesario para construir libros que son artefactos literarios complejos, entre la historia familiar y el espíritu de la época, con su perfil de ensayista e intelectual, siempre conectado con los temas de la política y la actualidad.

Con lucidez y realismo, pero no desprovisto de cierta ternura, ha sabido descifrar a la sociedad norteamericana. Su crítica descarnada a las redes sociales, una polémica con la mítica Oprah Winfrey tras poner en dudas su reputación como lectora y recomendadora, o su visión sobre la crisis climática -que ha sido tildada de apocalíptica y resignada- lo han llevado a la arena de las polémicas más coyunturales y a ganarse cierta fama de “intelectual de alta esfera” que, en verdad, en nada coincide con el humor y la ironía con la que accede a pensar sus rutinas de escritor y su obra.

– Muchos de sus lectores y algunos críticos lo consideran un “novelista de la familia”. ¿Se identifica con esa definición? ¿Qué cuestiones literarias encierra la idea de familia?

– Jonathan Franzen: Nunca me gustó la etiqueta de “novelista de familia” porque en realidad hay familias en la gran mayoría de las novelas y las mías no me parecen particularmente inusuales como para precisar de esas categorías. Pero lo que ocurrió es que “Encrucijadas” (2021) es realmente la novela de una familia, de linaje. Nuestra cultura lleva 3.000 años pensando y especulando sobre las familias y muchas de las grandes historias de la humanidad no serían realmente lo que son sin el peso de la familia. Es un tema muy rico porque las relaciones familiares son intensas, encierran y habilitan mucho drama. Además, nadie puede escapar de las relaciones familiares. Todo esto toma una suerte de nuevo valor ahora que podemos, de alguna forma, volvernos otra persona.

– Tengo entendido que la inspiración para escribir “Encrucijadas” nació cuando conoció a una persona con antepasados menonitas. ¿Le suele suceder eso con los personajes o con las historias? ¿Dónde cree que está la semilla de una novela?

– J.F.: Me ha sucedido algunas veces. Conocí durante apenas unos meses a un hombre joven, era el hermano de una chica con la que yo estaba obnubilado. Yo no le caía nada bien y lo único que a él le preocupaba era que no quería verme en el departamento de la hermana. En cambio, a mí, él me caía muy bien porque era gracioso e intenso. Por eso, varios años después, mientras trabajaba en mi segunda novela, recurrí a él. Necesito una foto mental de la persona, eso es realmente muy importante para mí cuando estoy creando a los personajes. En las novelas me mueve la historia, pero necesito reparar en algún atributo particular del personaje, escuchar su voz. Los personajes más sólidos que he inventado los he sacado de personas que conocí, pero tan sólo un poco, no en profundidad; me cayeron bien y nunca más volví a verlos. Esa foto y el sonido de la voz se articulan en mi cabeza y me permiten tener un personaje más vívido desde el cual construir.

En sintonía con la llegada de Franzen a Buenos Aires, Salamandra tradujo y publicó recientemente “El fin del fin de la Tierra”, un libro de ensayos de 2018 que reúne los textos que el autor escribió para The New Yorker y el New York Times sobre su profunda preocupación por el cambio climático, su afición por las aves, un viaje a la Antártida y las Islas Malvinas o su amistad con el escritor William Vollmann. Entre esas páginas está su “Décalogo para el novelista”, en el que propone reglas como “el lector es un amigo, no un adversario ni un espectador” o “escribe en tercera persona, a menos que se te presente una primera persona verdaderamente única”. Pero también: “Nunca utilices “entonces” como conjunción: para algo tenemos “y”. Usar “entonces” como sustituto es la no-solución del escritor vago o sordo al problema del exceso de “y” en una página. Este, su tercer consejo, encendió una polémica en las redes sociales -que él detesta- bautizada “comma-then” (“coma, entonces”), en la que algunos lo defendían mientras otros lo acusaban de “aristócrata del estilo”.

– Cierra sus “Diez reglas para ser un buen novelista”, con una idea terminante: “Para ser implacable, primero tienes que amar”. ¿Cómo se relacionan el amor y la creatividad?

– J.F.: Como lector, me gustan los libros en los que el autor se preocupa por los personajes. Sé que muchas veces es más fácil hacer foco en sus defectos, sus debilidades, aquello que daña. Y creo que es muy importante que el autor tenga una mirada de afecto y compasión con ellos porque, si no se hace ese ejercicio, para el lector puede ser muy arduo leer sobre seres dañinos, malos, insoportables. Es muy fácil, bajo el influjo de esa sensación, caer en la tentación de cerrar el libro. Y eso que ubico tan bien como lector, la sensación de leer a un autor que ama a sus personajes, intento replicarlo al momento de escribir. Necesito amar a mis personajes para poder convivir con ellos. De lo contrario, ¿Cómo me explicaría a mí mismo que tengo que permanecer durante tres años con sujetos que ni siquiera me caen bien? Funciona así: escribo una página y al día siguiente me reencuentro con un personaje al que le tengo afecto y así es más fácil volver a la tarea de la escritura.

– ¿Se considera un ensayista? ¿Forma parte de su rutina como autor observar la realidad?

– J.F.: No siempre me he sentido así sobre mí mismo, pero es cierto tengo mucho que decir sobre cómo va el mundo y algunas opiniones. Hay cosas del mundo que realmente me indignan e intento que algunas aparezcan de forma velada en las novelas, pero me gusta que la historia tenga vida propia. Cuando descubrí que podía de alguna forma sacar estas opiniones de allí para hacer ensayos o artículos periodísticos creo que pude liberar a mis textos literarios de ese peso.

– Publicó por primera vez en los Estados Unidos “El fin del fin de la Tierra” en 2019, incluso años antes de la pandemia. ¿Qué cree que ha cambiado desde entonces?

– J.F.: Bueno, sólo se ha ido acumulando más carbono en la atmósfera. No me enorgullece decirlo, pero hace siete años ya era claro para mí que la Humanidad no estaba dando los pasos necesarios para frenar el calentamiento global que asumió un ritmo catastrófico. Una de las cosas por las que es muy difícil accionar en contra del cambio climático es que muchas veces la ciencia es inasible: uno sale afuera, el día es hermoso, y cuesta creer que vamos directo a la autodestrucción de la Humanidad. Sabemos que si seguimos sumando carbono a la atmósfera tendremos un aumento de la temperatura (aún cuando no podamos descifrar bien cuánto) y no hoy, pero seguramente en un futuro cercano. Es muy difícil, ante ese margen de incertidumbre, que la gran mayoría acepte un cambio radical en nuestras formas de vida. Creo que el coronavirus nos expuso a situaciones similares porque nos hizo pensar que hay algo más allá de lo obvio y observable en nuestra realidad más concreta. Nos gusta pensarnos como seres racionales, aún cuando no somos exactamente irracionales. Entiendo que nuestra dificultad para asimilar lo científico viene de la mano de todo este verdadero desastre que trajeron las redes sociales y las fake news que alimentan una situación aún peor de la que ya teníamos que administrar. Negamos la ciencia -y sé porqué pasa esto desde lo emocional- pero sólo es una prueba más de que pensamos que marchamos al progreso cuando en realidad nos estamos sumiendo en una zona más oscura. Creemos en lo racional, pero las fuerzas irracionales son muy fuertes. Con los años solo irán tomando más protagonismo.

– ¿La negación se ha convertido en la gran respuesta de nuestra época?

– J.F.: Sí, es cierto. Es algo que siempre me interesó reflejar en la ficción. Tal vez no en sí la negación, pero sí el autoengaño. Me resulta muy gracioso cómo las personas, ante lo obvio, eligen negar y es terrible porque tiene consecuencias devastadoras. Pero admito que como autor me resulta muy divertido imaginar todos los rodeos que hacemos a diario para no enfrentar la verdad.

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