La muerte de Eugenio Zanetti, ocurrida el pasado viernes en Buenos Aires, deja un pesar profundo en la escena cultural cordobesa. Tenía 79 años y hasta sus últimos días permaneció ligado a su vocación: acababa de inaugurar en el Museo Tamburini de Bancor (San Jerónimo 166) la muestra “Eugenio Zanetti. El hombre que habita muchos mundos” y se encontraba preparando una nueva puesta de “Los cuentos de Hoffmann” para el Teatro Colón.
Su partida deja una trayectoria difícil de resumir en una sola disciplina. Zanetti fue escenógrafo, director de arte, pintor, dramaturgo y director de cine, teatro y ópera, con una obra que encontró en cada lenguaje una manera distinta de construir mundos. Su nombre quedó inscripto en la historia de Hollywood cuando recibió el Oscar a la Mejor Dirección de Arte por “Restauración”, en 1996, y volvió a ser reconocido por la Academia con una nominación por “Más allá de los sueños”. Hasta hoy, es el único cordobés que ha recibido un Oscar, un reconocimiento que coronó una de las trayectorias internacionales más singulares surgidas de la escena artística de la provincia.

Sin embargo, la estatuilla conforma apenas una parte de una trayectoria mucho más vasta. También fue uno de esos artistas cuya obra resulta difícil de encerrar en una disciplina: podía pasar del cine a la ópera, de la pintura al teatro y de una producción internacional a una historia profundamente personal.
Una vida hecha de escenas y mundos
Nacido en Córdoba el 19 de octubre de 1946, Zanetti cursó un año de Arquitectura en la Universidad Nacional de Córdoba. No terminó esa carrera. En cambio, encontró en la escena un territorio donde el espacio, la imagen y la imaginación podían convivir. En los años 60 participó del rodaje de “Medea”, de Pier Paolo Pasolini, una experiencia temprana que marcaría su manera de concebir la imagen mucho antes de instalarse en Estados Unidos durante la década de 1980.
Antes de construir su carrera internacional, dejó su huella en el cine argentino con “El poder de las tinieblas”, de Mario Sábato, y “Los pasajeros del jardín”, de Alejandro Doria. Aquellos trabajos anticipaban un oficio que más tarde encontraría en Hollywood el espacio donde alcanzó proyección mundial.

Allí desarrolló una extensa carrera como director de arte y diseñador de producción, dos roles decisivos en la construcción visual de una película: desde la arquitectura de los decorados hasta la elección de objetos, texturas y colores que terminan definiendo el universo de una historia. Trabajó junto a realizadores como John McTiernan, Roland Joffé y Alfonso Arau, y participó en títulos como “Línea mortal”, “El último gran héroe”, “Sopa de jabón”, “Zapata: el sueño del héroe”, “Encontrarás dragones” y “La maldición”, además de colaborar con figuras como Robin Williams, Robert Downey Jr., Hugh Grant, Meg Ryan, Ian McKellen y Sam Neill.

El reconocimiento mayor llegó con “Restauración”, la película dirigida por Michael Hoffman que recreó la Inglaterra del siglo XVII y le valió el Oscar a la Mejor Dirección de Arte en 1996. Aquella reconstrucción visual dio lugar incluso a una anécdota que el propio Zanetti recordaba con humor: después de ver la película, el rey Juan Carlos de España lo felicitó por la magnificencia del escenario y, cuando el artista aclaró que se trataba de una fantasía, respondió: “Ya hubiéramos querido tener semejante escenario”.
Tres años más tarde volvió a ser nominado por la Academia gracias a “Más allá de los sueños”, dirigida por Vincent Ward. Con el tiempo llegaría a decir que, aunque “Restauración” ocupaba un lugar especial en su recorrido, aquel trabajo junto a Robin Williams era el logro visual del que se sentía más orgulloso.
Su relación con el cine, de todos modos, nunca anuló sus otros lenguajes. La pintura fue una práctica permanente, con exposiciones en Argentina, México, Estados Unidos, Brasil, España y China, donde desarrolló un universo atravesado por referencias espirituales, fondos oscuros y composiciones de fuerte impronta pictórica que luego reaparecerían en muchas de sus escenografías.
En el Teatro Colón construyó otra parte decisiva de su trayectoria. Allí firmó la régie, la escenografía o el vestuario de producciones como “The Servant”, “Don Carlo”, “Fidelio” y “Los cuentos de Hoffmann”, la ópera en la que trabajaba al momento de su muerte. Su recorrido también incluyó “Nabucco”, “Un ballo in maschera”, “Madama Butterfly”, “Tosca” y musicales como “Chicago” y “Están tocando nuestra canción”, consolidando un lenguaje escénico donde pintura, arquitectura y dramaturgia parecían dialogar naturalmente.
En 2014 estrenó “Amapola”, su primer largometraje como director y guionista. La película, protagonizada por Camilla Belle, François Arnaud, Geraldine Chaplin, Elena Roger, Lito Cruz y Leonor Benedetto, cruzó realismo mágico, viajes en el tiempo y memoria familiar, con un trasfondo que recorría la Argentina entre el golpe de Onganía y la Guerra de Malvinas.
A lo largo de seis décadas también recibió premios María Guerrero, Trinidad Guevara y Estrella de Mar, además de doctorados honoris causa y reconocimientos como ciudadano ilustre de Los Ángeles y de Córdoba. En 2010 obtuvo un Cóndor de Plata especial, compartido con Juan José Campanella, Luis Puenzo, Gustavo Santaolalla y Luis Bacalov, por su aporte a la difusión del cine argentino en el mundo.
También imaginó para Córdoba una obra que nunca llegó a concretarse. Junto a Marcelo Periales, creador de Neverland, proyectó Diversia Ciudad, un complejo de 40.000 metros cuadrados que incluiría teatros, restaurantes, una calle temática, hotel y espacios de entretenimiento. El proyecto quedó trunco tras la muerte de Periales, en 2013, y aquellos planos quedaron como otro de los sueños que Zanetti había imaginado para su ciudad.
En diciembre de 2024, durante el homenaje que recibió en el Teatro Comedia por el décimo aniversario de Cabustra Entertainment, habló durante horas sobre su vida, sus comienzos y su manera de entender el oficio. Aquella charla permite hoy recuperar algunas de sus palabras. “Es un lugar común decir que sigan su corazón, pero no hay otra fórmula que seguir al corazón”, dijo aquella noche. También habló de lo que significó haber crecido en esta ciudad: “Le doy mucho crédito a Córdoba”, afirmó, al recordar que desde aquí había comenzado a imaginar su camino.
En esa misma conversación volvió sobre su regreso con una imagen tomada de la estructura narrativa que conocía tan bien: “Mi tercer acto es acá”, dijo. No hablaba entonces de un final, sino de una etapa vital y creativa que encontraba nuevamente en Córdoba un lugar de pertenencia.
Ese tercer acto tuvo uno de sus últimos capítulos en el Museo Tamburini, donde todavía puede visitarse “Eugenio Zanetti. El hombre que habita muchos mundos”. La muestra reúne pinturas, bocetos, objetos de utilería, fragmentos cinematográficos y vestuario original de ópera, entre ellos piezas de “Don Carlo”, en un recorrido que vuelve a poner en diálogo las distintas dimensiones de su obra.
Su muerte deja una ausencia difícil de mensurar. No sólo por la dimensión de los reconocimientos que alcanzó, sino por la singularidad de una trayectoria que nunca se dejó encerrar en una sola forma de creación. La talla de su obra deja zapatos difíciles de llenar: una medida que no se establece únicamente por los premios, sino por la capacidad de haber hecho de cada escenario, cada pantalla y cada tela un territorio propio.
El gran proyecto de Eugenio Zanetti para Córdoba que nunca se concretó










