Nina Simone no fue solo una cantante; fue una fuerza de la naturaleza que se negaba a ser encasillada. Aunque el mundo la etiquetó como una diva del jazz, ella se definía como una artista folk. En su voz, de una textura andrógina y magnética, convivían el gospel de las iglesias de Carolina del Norte, la urgencia del blues y la disciplina técnica que adquirió en la prestigiosa Juilliard School.
El sueño truncado y la herida del racismo
El destino de Eunice Kathleen Waymon —su nombre real— estaba marcado por las teclas blancas y negras. Su gran sueño era convertirse en la primera pianista clásica negra de los Estados Unidos. Sin embargo, el racismo sistémico de la época le cerró la puerta del Instituto Curtis de Música cuando tenía 19 años.
Ese rechazo, nacido del prejuicio y no del talento, marcaría su carácter y su obra para siempre. La vida fue irónica: apenas dos días antes de su muerte en 2003, esa misma institución le otorgó un diploma honorario, un gesto necesario pero dolorosamente tardío.
El arte como herramienta de resistencia
Pocas figuras conectaron tan visceralmente la música con la militancia. Nina Simone no solo cantaba; denunciaba. Himnos como “Mississippi Goddam” o “To Be Young, Gifted and Black” transformaron los escenarios en tribunas políticas. Para ella, el artista tenía el deber moral de reflejar su tiempo, y ella lo hizo con una honestidad que a menudo incomodaba al poder.
Tras su partida en Francia el 21 de abril de 2003, su legado no hizo más que crecer. Su ingreso al Salón de la Fama del Rock and Roll en 2018 fue el sello final a una carrera que entendió el arte como un ejercicio de resistencia y dignidad.
Hoy la celebramos no solo por su técnica impecable o su voz irrepetible, sino por el coraje de haber sido, en sus propias palabras, «terriblemente libre».









