Misteriosamente la ternura, por muy frágil que parezca, es el material que más dura. Y la paternidad -y al escribir paternidad seguramente podría haber escrito maternidad- es el mejor ejemplo. De todos los sustantivos abstractos que pueblan nuestro diccionario emocional, la madre y el padre son referencias tan poderosas como evanescentes. Un tema central para la arquitectura interior de las personas.
Incomprensible para máquinas
Imagino a una inteligencia artificial dándole vueltas a este texto. A poco de empezar, y luego de recalentar el radiador de los algoritmos, salta un error porque las máquinas nunca podrán computar y entender la matemática para enseñar a andar en bici, la preocupación por la ausencia o exceso de caca, la angustia que supone ver rendir a su hijo, así como la certeza que la paternidad es una asignatura que jamás se aprueba. La alegría de verlo salir con amigos a acariciar la gloria en puntas de pie, por ejemplo, será directamente proporcional a la inmediata desesperación de no verlo llegar y un sólo mensaje, ni hablar de una llamada de tu pequeño, será una explosión de gozo sólo comparable con la bronca que da verles usar tanto el celular.

La literatura le da alas a los hijos
De todos los cálculos infinitos, la geometría de la paternidad es de una complejidad tan sencilla como incondicional, lo que probablemente justifique siglos, incluso milenios de vigencia en todas las disciplinas creativas. Tema central de poemas, novelas y películas, la paternidad siempre fue una protagonista destacado: desde el mito de Dédalo, el padre que le dió alas a su hijo Ícaro, hasta Matar a un ruiseñor (de Harper Lee, 1960) pasando por Patrimonio (Philip Roth, 1991) la literatura ha sido un espejo infinito para reflejar las distintas y coincidentes formas de filiación.
Mi papá es el héroe de todas las películas
Las cintas sobre la relación entre padre e hijo componen una lista absolutamente imposible donde me doy el gusto de destacar a Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948) Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), o Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), entre cientos de obras preciosas.
Pero el caso es que este año, entre las candidatas a los Oscars, encontramos una llamativa coincidencia con la profunda Valor sentimental (Joachim Trier), donde la representación de los vínculos entre las generaciones es escrita, rechazada y representada, en un nacimiento que parece irreconciliable. La dolorosa Hamnet (Chloé Zhao), por su parte, aborda la pérdida generando una cascada de dolor entre las personas frente a la pantalla. Una conmovedora obra sobre una obra conmovedora, con garantía de ojos húmedos. En idioma español, y con una abrumadora y calurosa banda de sonido se presenta la terrible Sirat (Oliver Laxe) que esconde unos golpes brutales para una búsqueda que, desde un comienzo, es desesperante. Vale destacar que su guión es de Santiago Fillol, nacido y criado en Córdoba.

Seguramente Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, reciente ganadora del premio de la Academia Británica) sea la más celebrada, por cierto en un acto de justicia, entre las candidatas con brillo paterno. Aquí Leonardo DiCaprio es tan impecablemente desprolijo que consigue aplacar la magistral actuación de Sean Penn, el peor enemigo de papá. Pero tal vez toda esta columna sólo sea un pretexto para destacar la delicadísima Sueños de trenes (Clint Bentley) que nos va a partir el corazón a hachazos con una nítida fotografía para una gran novela americana. Toda la épica de una vida sencilla, como la de nuestro padre.
Economía de la nostalgia
El cine y sus plataformas, toda esa industria desesperada por el éxito y los premios, se ha dejado ablandar -y con resultados exquisitos- por los vínculos emocionales y su poder para activar el órgano más sensible de los espectadores, el corazón.
Estas historias conmueven porque pueden verse con los ojos cerrados, sintiendo como el perfume de papá, después de afeitarse, invade la sala. Su trama está escrita con la letra cursiva del amor incondicional, de ese mensaje que te dejaban en la mesita de luz con alguna indicación “cortar el pasto”, “alimentar los perros”, “pagar la cuenta del sodero”… una aritmética que supera cualquier cálculo y une generaciones.

Imposible entender, absolutamente comprensible
El entendimiento es un ejercicio lineal que puede traducirse como causa y efecto, puesto que ante determinado suceso las consecuencias y probabilidades tendrán un efecto estudiado, previsto. Pero la comprensión es casi lo contrario al entendimiento: frente a una situación inverosímil protagonizada por el ser amado habrá adaptación, y de una conducta completamente inaceptable surgirá cariño, generosidad y -paradigmáticamente- aceptación. Los padres, y los hijos después, no podrán entender el comportamiento de sus seres amados pero les comprenderán. Una condición estrictamente cariñosa, decididamente ilógica y puramente subjetiva.
En la enorme belleza de la comprensión se esconde el paso desde ser un hijo a ser un progenitor, como propuso Jaime Gil de Biedma “en la juventud lo que más le interesa a uno de uno mismo es lo que cree tener de único y con el tiempo descubre que lo más interesante es lo que tiene de común con otro”.
Porque el tiempo convierte en pretérito los verbos que rigen el presente, el laberinto de cada día sólo se resuelve siguiendo el perfume de tu papá. Él nos dijo dulcemente al oído cuál es el sentido de la vida mientras no estábamos listos para entenderlo, y cuando lo estuvimos ya no estaba, pero ha regresado en films. Es como si hubiera leído a Andre Gorz “En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”, por eso papá, te espero en cada película.









