En la jornada de este martes, al cumplirse exactamente un año del fallecimiento de Jorge Mario Bergoglio, la Ciudad del Vaticano se transformó en el epicentro de una convergencia histórica entre el séptimo arte y la espiritualidad. El director italoestadounidense Martin Scorsese regresó al corazón de Roma para presentar “Aldeas, The Final Dream of Pope Francis” (Aldeas, el sueño final del Papa Francisco), un largometraje documental que captura el testamento visual e ideológico del pontífice argentino. La proyección tuvo lugar a pocos pasos del lugar donde el Sumo Pontífice vivió y falleció en 2025, otorgando al evento una carga simbólica y espacial sin precedentes. Además, el acto se consolidó como el primer largometraje en proyectarse como parte de los actos organizados en homenaje póstumo a Francisco.
La obra, codirigida por Scorsese junto a Johnny Shipley y Clare Tavernor, no fue simplemente un estreno cinematográfico, sino que se planteó como un caso de estudio en la convergencia entre cine, política cultural y legado institucional. El corazón de la pieza reside en la última entrevista audiovisual en profundidad concedida por Francisco, un material que se grabó poco antes de su muerte y que se había mantenido inédito y nunca difundido hasta ahora. Para Scorsese, la decisión de documentar este testimonio fue la culminación de una línea de interés religioso que ha atravesado sus producciones más recientes, tales como la adaptación de Silencio (2016) y la serie documental Los Santos (2024).
La poética de las raíces
El proyecto fue impulsado por Scholas Occurrentes, la organización global fundada por Francisco en 2001, con el fin de reforzar su movimiento de “community cinema” (cine comunitario). Esta propuesta estética, que el propio Francisco definió en vida como la búsqueda de “ir a las raíces de lo que significa la vida humana, los vínculos, los conflictos y el viaje esencial de cada existencia”, encontró en Scorsese a un interlocutor capaz de traducir esa visión a una narrativa visual potente. El rodaje de la película se desplegó en cuatro países —Italia, Indonesia, Gambia y la Ciudad del Vaticano—, subrayando el carácter global y multicultural del ministerio de Bergoglio.
Uno de los hitos del film fue el regreso de Scorsese al pueblo siciliano de su abuelo, donde el director trabajó junto a jóvenes locales en la realización de un cortometraje, integrando su propia biografía en el tejido del cine comunitario. Los materiales promocionales de Aldeas describieron esta unión como una “poderosa convergencia” de visiones sobre el arte y la humanidad, presentándola como un cine que trasciende lo convencional para convertirse en “un acto de resistencia, identidad y propósito”. De hecho, el propio Francisco llegó a calificar el proyecto como “extraordinariamente poético y profundamente transformador, porque llega a la raíz misma de la vida humana”.
La factura técnica del film no escatimó en excelencia, contando con la dirección de fotografía de Ellen Kuras y Salvatore Totino, y la participación de figuras internacionales como el director italiano Giuseppe Tornatore, el actor africano Babou Ceesay y la actriz asiática Happy Salma. Scorsese sostuvo que la vocación de la obra fue siempre propiciar espacios de escucha y entendimiento mutuo, señalando que para Francisco resultaba clave que “personas de todo el planeta intercambiaran ideas con respeto y sin perder su identidad cultural”, y afirmó con convicción: “el cine es el mejor medio para lograrlo”.
El perdón y la autoevaluación como última proclama
La última conversación registrada en el documental constituye, según Scorsese, una pieza central para comprender la visión antropológica de Francisco respecto al “valor del conocimiento, la importancia de la autoevaluación y la práctica de un perdón universal y constante”. En un escenario global marcado por tensiones institucionales y diplomáticas, la película se erigió como un espacio de calma y sabiduría. Scorsese, quien en los años 80 enfrentó polémicas con la Iglesia por La última tentación de Cristo, describió en esta ocasión a Bergoglio como “un ser humano excepcional en todos los sentidos”.
El director remarcó que el pontífice “nunca dejó de aprender ni de iluminar a otros”, destacando que incluso en sus momentos finales, Francisco “reconocía sus limitaciones, irradiaba sabiduría, bondad y tuvo siempre un compromiso inquebrantable con el bien”. La película, producida de forma independiente por Aldeas Scholas Films, Sikelia Productions y Massive Owl Productions, se financió mediante patrocinadores internacionales, asegurando que todos sus ingresos se destinen a expandir la iniciativa de cine comunitario a escala global.
Al presentar el film en el Vaticano, Scorsese fue enfático sobre el propósito del proyecto: “Este film es un homenaje al Santo Padre”, afirmó el director. “Honra su memoria encarnando el espíritu de su ministerio y su sueño de crear una cultura cada vez más humana. En este momento de la historia, creo que eso no es solo un sueño, sino una necesidad”. Visiblemente conmovido, el cineasta sintetizó el impacto de la partida del Papa tanto a nivel personal como histórico, concluyendo con una reflexión que resonó en el espacio privado de la proyección: “La pérdida para mí es profunda – tuve la suerte de conocerlo y extrañaré su presencia y calidez. La pérdida para el mundo es inmensa. Pero dejó una luz, y esa luz nunca podrá ser apagada”.
El papa León XIV recordó a Francisco en el primer aniversario de su muerte









