Con huevos, fútbol y mucho orgullo. Como aquel inolvidable partido de 1986. Con el peso de la historia y la ilusión, Argentina mostró su mejor versión para dar vuelta el trámite y derrotar 2-1 a Inglaterra. Ahora puede decir orgullosamente que es finalista del Mundial. Otra vez, y demostrando ser superior a su rival. En el partido decisivo, el domingo en Nueva Jersey, la Celeste y Blanca flameará. Del otro lado estará el seleccionado europeo.
Porque el primer tiempo fue un partido de ajedrez. Se midieron, se estudiaron y se marcaron de cerca. Las ocasiones escasearon, mientras abundó el roce propio de un clásico. En esa primera parte, los ingleses insinuaron por las bandas y la Albiceleste generó peligro con un remate de Enzo Fernández. Un adelanto de lo que sucedería más adelante.
Ya en la segunda mitad, ambos seleccionados salieron con el mismo once. Pero Argentina con un gramo más de ambición: empezó a aparecer el mediocampo, ese por el que tanto se pidió y tan feliz nos hizo. Y justo en su mejor momento, Declan Rice recuperó una segunda pelota, abrió para Rogers, quien metió un centro quirúrgico para la llegada de Anthony Gordon, que aprovechó un grueso error de Nahuel Molina para poner el 1-0.
Pero los buenos sacan a relucir su jerarquía en los momentos más bravos. Nuevamente, los de Scaloni dieron un paso al frente. Apareció Leo Messi y los cambios: primero Nico González, después Nicolás Otamendi, Rodrigo De Paul, Gonzalo Montiel y Lautaro Martínez. Avisó y empezó a meter atrás al equipo británico. Thomas Tuchel se resguardó, metió a sus jugadores cerca de su área. Grave error. Porque Argentina fue para adelante.
Cuando la pelota no quería entrar, primero por Jordan Pickford y después por el palo, la vigente campeona del mundo siguió. Y ahí la tomó Enzo Fernández. Minuto 85. Como si estuviera en su casa, tranquilo, remató desde fuera del área y la clavó contra un palo para igualar las acciones. Un desahogo merecido.
Todos intuían que si llegaba el empate, el segundo estaba al caer. Y así fue. Leo Messi —porque siempre tiene que ser él— la tomó en el costado derecho y con ese pie, el que en la teoría es el inhábil y en la práctica es un puñal, metió un centro para la aparición de Lautaro Martínez. Bien de 9, en el área, le ganó en el salto a John Stones y marcó el gol más importante de su vida.
Los últimos minutos se vivieron con el corazón en la mano. Corazón que a esta selección le sobra. Y fue por eso y por fútbol. Mucho fútbol. Argentina llega a la final por juego, por merecimiento y por su orgullo. Ese que deja de lado las sandeces de la prensa internacional, de aquellos que fogonean un arreglo, un guion escrito por Infantino y Donald Trump para beneficiarnos. Esos que han demostrado que, a diferencia de nosotros, no saben nada de fútbol. La Albiceleste sigue y está en la final.









