Hoy se cumplen 40 años de uno de los días más recordados por los argentinos. El 29 de junio de 1986, en el estadio Azteca de Ciudad de México, la selección dirigida por Carlos Bilardo venció 3-2 a Alemania Federal y se consagró campeona del mundo por segunda vez en su historia. Detrás del resultado hubo un proceso de casi tres años, una figura descomunal llamada Diego Armando Maradona y un entrenador que combinó rigor táctico con un universo propio de supersticiones que todavía hoy generan anécdotas.
Un Mundial que llegó en un momento bisagra
El campeonato de México 1986 se disputó en un contexto muy particular para la Argentina. El país transitaba apenas el tercer año de democracia recuperada tras la dictadura militar, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, y todavía procesaba el trauma reciente de la Guerra de Malvinas de 1982. La derrota bélica había sido, para buena parte de la sociedad, el principio del fin del régimen militar, pero también dejó una herida que estaba lejos de cerrarse: apenas semanas antes del inicio del torneo, la Justicia argentina condenaba a los excomandantes responsables del conflicto armado.
En ese marco, el cruce de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, la primera vez que ambas selecciones se enfrentaban en una cancha de fútbol desde la guerra, adquirió una carga simbólica que excedió largamente lo deportivo. Diego Maradona marcó dos goles en esa tarde, uno de ellos considerado por la FIFA como «el gol del siglo», y la victoria 2-1 fue interpretada por buena parte de la prensa y la sociedad como una suerte de revancha futbolística frente a una derrota que todavía dolía.
El proyecto de Bilardo, de las críticas a la gloria
El gran arquitecto de aquella conquista fue Carlos Salvador Bilardo. Médico de profesión y obsesivo del fútbol, había asumido la conducción de la Selección en 1983 en medio de cuestionamientos por los resultados obtenidos durante el ciclo previo al Mundial. Sin embargo, nunca abandonó su convicción de que podía construir un equipo competitivo.
Bilardo armó un plantel equilibrado, con una defensa sólida integrada por Nery Pumpido, José Luis Brown, Oscar Ruggeri y Jorge Olarticoechea; un mediocampo de enorme despliegue con Sergio Batista y Héctor Enrique; y una ofensiva encabezada por Jorge Valdano como socio ideal de Maradona.
Pero el entrenador también alimentó una fama que lo acompañaría durante toda su carrera: la de ser un hombre profundamente supersticioso. Las cábalas formaban parte del funcionamiento cotidiano de la delegación y eran respetadas por todos.
Antes de cada encuentro, el micro reducía la velocidad para que pudiera terminar de sonar una misma canción en la radio, entre ellas «Eye of the Tiger». Diego Maradona debía ingresar siempre primero al campo de juego y Jorge Burruchaga era el último en salir del túnel. José Luis Brown atendía invariablemente un llamado telefónico previo a cada partido, mientras que Bilardo vigilaba hasta el último detalle. Incluso antes de la final exigió que los policías encargados de custodiar al plantel viajaran ubicados exactamente en el mismo lugar que lo habían hecho durante todo el torneo. Para el entrenador, alterar cualquier costumbre podía romper el equilibrio que había llevado al equipo hasta esa instancia.
Maradona, la cima de un astro
Si hay un nombre que resume México 86 es el de Diego Armando Maradona. Capitán y máxima figura del equipo, disputó los siete partidos y convirtió cinco goles, entre ellos los dos ya mencionados frente a Inglaterra y otro de gran factura ante Bélgica en semifinales. Aquel Mundial terminó de consagrarlo como una de las máximas figuras de la historia del fútbol, en una trayectoria que después continuaría en el Napoli de Italia y en dos Copas del Mundo más, hasta su fallecimiento en noviembre de 2020.
No todo fue sencillo dentro del plantel. Existieron tensiones internas, entre ellas la disputa de liderazgo entre Maradona y Daniel Passarella, capitán del Mundial 1978, que llegó a México con la camiseta número 6 pero que una sucesión de enfermedades estomacales y una lesión muscular lo dejaron sin jugar un solo minuto. Pese a no haber pisado la cancha, Passarella recibió la medalla de campeón y se transformó, hasta el día de hoy, en el único futbolista argentino bicampeón del mundo.
Más allá de esas diferencias, el grupo logró mantenerse unido alrededor de un objetivo común, una de las fortalezas que Bilardo siempre destacó como decisiva para alcanzar el título.
Una final inolvidable
El 29 de junio llegó la gran definición frente a Alemania Federal. Argentina dominó buena parte del encuentro y sacó ventaja con los goles de José Luis Brown y Jorge Valdano. Sin embargo, los europeos reaccionaron y empataron el partido en pocos minutos, generando uno de los momentos de mayor tensión del torneo.
Cuando parecía que el encuentro se encaminaba al tiempo suplementario, apareció nuevamente Maradona. Con un pase magistral dejó solo a Jorge Burruchaga, quien definió cruzado para establecer el 3 a 2 definitivo y desatar el festejo argentino.
Instantes después, Maradona levantó la Copa del Mundo bajo el cielo del estadio Azteca, una imagen que se convertiría en uno de los íconos más reconocidos de la historia del deporte.
Los tres partidos que ponen en marcha la jornada de 16avos de hoy









