Según el Diccionario de la Lengua Española, una odisea es un viaje largo, lleno de aventuras adversas y favorables, o una sucesión de peripecias, usualmente desagradables. Se usa coloquialmente para describir situaciones con múltiples obstáculos. Eso desde lo académico. Desde lo rutinario, en una sociedad castigada con discursos de odio que muchas veces bajan desde lo más alto del poder, la odisea comienza apenas uno atraviesa el umbral del hogar y pone un pie en la vereda. Esa simple acción nos coloca frente a mil situaciones que nos sacan de las casillas, nos irritan y nos exasperan hasta límites insospechables.
Intentar cruzar la calle en Córdoba y que un auto o una moto se nos adelante cuando ya estamos por la mitad es suficiente para perder la calma. Esperar un colectivo -que puede demorar de cinco minutos a una hora, y más también-, subir y ver gente amontonada junto al chofer mientras el fondo está vacío, nos saca de quicio. En esa misma unidad, molesta, incomoda, ver a alguien con un niño ya en edad avanzada en brazos solo para conseguir un asiento, o que el conductor no se detenga en la parada porque interpretó, a ojo, que ya no entra nadie más. La irritación continúa en el consultorio médico: tras esperar con turno en mano, vemos a un visitador médico colarse con aire de suficiencia y un maletín lleno de muestras gratis que nunca recibiremos, mientras nosotros dejamos fortunas en la farmacia para la medicación que nos recetó el profesional.
La calle no da tregua. Enardece poner un pie en la senda peatonal con el semáforo a favor y que una moto pase en rojo, exponiéndonos a un accidente que ni deseamos ni provocamos. Enoja sacar número en el almacén, la verdulería o la carnicería y que alguien llegue, se ponga a charlar con el empleado y nos “camine” el lugar. O bajar al centro y quedar atrapados tras personas que caminan con ritmo cansino de turista por la peatonal o por las angostas veredas cuando uno tiene el reloj al cuello. Eso también nos saca.
A esto se suman las nuevas “torturas” modernas. Está el ancla del cajero automático: entrar con el tiempo justo y que la persona de adelante realice trámites que parecen la renegociación de la deuda externa. Papelitos, transferencias, tres tarjetas distintas y uno ahí, esperando y oliendo el encierro del box, viendo cómo el reloj vuela mientras el de adelante parece estar sacando un máster en banca electrónica en ese preciso instante. O la “dictadura del audio de WhatsApp”: estar en la sala de espera o en el mismo colectivo mencionado párrafos arriba y tener que fumarse al de al lado grabando o escuchando audios de cuatro minutos a todo volumen, sin noción de que el espacio público no es el living de su casa. O, en el peor de los casos, que vayan escuchando música (encima, un género que no nos gusta), con un volumen por encima de lo recomendado. Eso también nos enardece y nos pone de mal humor.

Ni hablar del que va en auto o moto y no avisa con el guiño, doblando de prepo con la soberbia de quien cree que el resto debe adivinarle el pensamiento. O la góndola bloqueada: cuando dos personas se encuentran en el súper y deciden ponerse al día justo en medio del pasillo, cruzando los carritos como una barricada y mirando con desdén a quien pide permiso. Finalmente, el “estaciono donde quiero”: el que pone las balizas en una calle angosta “por dos minutos” para comprar puchos, para que baje su hijo o su hija en la puerta del colegio, bloqueando un flujo de tránsito que se traduce en una eternidad de bocinazos y mala sangre para los que vienen atrás. A ellos, habría que darles cursos de materia tangible porque creen que las balizas los vuelve transparentes, los invisibiliza, los convierte en intangibles. No señor. No señora. Eso no se hace.
Hay una estudio interesante sobre la “desindividuación”. Así como en el auto nos sentimos protegidos por la carrocería y nos animamos a insultar a otro conductor (porque no lo vemos como persona, sino como “el del auto rojo, o azul o blanco, por ejemplo), en la jungla de cemento actual estamos sufriendo una desindividuación peatonal. El anonimato de la gran ciudad nos quita el freno inhibitorio. Como no conocemos al que está en la góndola bloqueando el paso, el cerebro anula la empatía y activa el modo combate.
¿Por qué saltamos así? Para entender por qué una persona que suele ser tranquila termina gritándole a un desconocido, hay que mirar las capas de nuestra realidad. Primero, vivimos una erosión del contrato social. Cuando desde las esferas de poder se legitima el “sálvese quien pueda”, las reglas de convivencia dejan de ser un pacto ético para percibirse como “obstáculos para giles”. En una sociedad que premia la astucia individual, el que cumple la norma siente que está perdiendo frente al que la rompe.

Milagros Aro, licenciada en psicología, aporta su visión: “Estamos atravesados por un contexto que promueve el estrés y la fragmentación. Hoy estamos preocupados por pagar el alquiler, darle de comer a quienes tenemos a cargo, pagar las facturas, y demás cuestiones. Vivimos para trabajar, y trabajamos para pagar cuentas. Este contexto genera, por lo menos, dos consecuencias: por un lado, la situación de poli empleo, en la que tenemos que sostener dos, tres o hasta cuatro trabajos, no nos deja tiempo para conectar con nuestros gustos, deseos y proyectos. Tampoco nos deja tiempo ni energías para tejer un lazo social que nos conecte a otros y nos permita vernos humanos y sufrientes”.
“Por otro lado, y de la mano de la sociedad de consumo y de la inmediatez, cada vez tenemos menos tolerancia a la frustración. La tolerancia a la frustración es lo que nos habilita la espera, la resiliencia, pero eso hoy está roto porque pagar el alquiler no impone una pausa, es algo que tiene que suceder como sea. Todo esto genera malestar, nos priva del contacto con otros y nos bloquea la empatía. Cada uno va cuidando su ranchito, que está cada día más roto”, agrega la profesional.
Una mirada desde la sociología
Luis María Cravino Sociologo, Doctor en Sociología del Trabajo y Director de AO Consulting, respondió a estas inquietudes: “El tema de que nos sentimos crispados, irritados y molestos tiene que ver con casi el origen de la sociología con Émile Durkheim, uno de los padres de la sociología, que plantea que las sociedades nos dan orden y claridad, pero que en este momento, las cosas van demasiado rápidas, son ambiguas, las instituciones no tienen toda la legitimidad y las expectativas de la gente son infinitas, por lo cual también se suma que hay una sobrecarga digital, hay cambios tecnológicos constantes, hay una incertidumbre laboral muy grande y estamos todos, y tengo que citar al gran filósofo Byung-Chul Han, que estamos en una sociedad del cansancio, y el cansancio genera irritación. ¿Será el tránsito? ¿Será que trabajamos muchas horas? ¿Será que estamos desconectados? ¿Será que dormimos también mucho menos que antes? ¿Será que las redes sociales? ¿Será que los problemas son de distinta envergadura? Tenemos una sociedad mucho más compleja y desorganizada, por lo cual los niveles de crispación se reportan de manera más grande, estamos todos en un estado de crispación.
“Otro autor, Georg Simmel, que trabaja el tema del agotamiento de la vida humana, que es esta sobreestimulación cognitiva, ruido, velocidad, interrupciones, pero que además se suma el agotamiento digital que estamos teniendo, las redes sociales, las multitareas. Hay muchos estudios que dicen que en realidad la cantidad de WhatsApp que recibimos por día, las interrupciones de las redes sociales, nos bajan la atención y la capacidad cognitiva, como si estuviéramos fumando marihuana o algo así. Y además un concepto, que es el concepto de la multitarea, que parece como cool, que uno está haciendo varias cosas al mismo tiempo, manejando, escuchando la radio, hablando con una persona que está al lado, y además contestando un mensaje de texto en un celular. Y eso continuamente, porque también en el trabajo una persona está en la reunión, mirando una, dos o tres pantallas y atendiendo a alguien que está hablando. Esa multitarea nos da un desgaste terrible, que hace que nos sintamos mucho más cansados. Bueno, además, estamos todos mucho más apretados, estamos todos mucho más juntos, viajar en un transporte público, o lo que sea, nos pone mal. Y sumado a las condiciones que hoy vive la Argentina, donde la gente también tiene otras preocupaciones, que son de público conocimiento, como que, no sé, el trabajo, o que no llega a fin de mes, o que los hijos tienen ciertos problemas. Sumado al último tema que ya no es sociológico, es más psicológico, a síndromes de ansiedad generalizados que se están dando en muchos ámbitos”, agrega Cravino, quien además es Director de la Maestría en Dirección y Gestión de Recursos Humanos de la Universidad Blas Pascal.
La ventana
También sufrimos el agotamiento de la “ventana de tolerancia”. Estamos en un estado de hiperalerta constante por la incertidumbre económica y la inseguridad. Salimos de casa con el tanque de paciencia en reserva y cualquier roce actúa como el detonante de una bomba que ya estaba armada. No nos enojamos por el ahora, sino por el acumulado de frustraciones.
El psicólogo social Stanley Milgram acuñó el concepto de “sobrecarga cognitiva” en las ciudades. Según Milgram, al estar expuestos a un exceso de estímulos (ruidos, gente, tránsito), nuestro cerebro activa un mecanismo de filtrado para sobrevivir. El problema es que ese filtro nos vuelve distantes y menos dispuestos a ayudar o a ser corteses, lo que explica esa frialdad que sentís cuando alguien te “camina” el lugar en la fila o no te cede el paso.
A esto se suma la Teoría del Espacio Personal de Edward Hall. Hall explica que los seres humanos tenemos “burbujas” invisibles de seguridad. En la peatonal, en el cajero o en el colectivo, esas burbujas son invadidas constantemente. Cuando alguien se nos pega demasiado o invade nuestro espacio con sus audios de WhatsApp, el cerebro lo procesa como una agresión física real, activando la amígdala y disparando los niveles de cortisol, la hormona del estrés. No es solo “mal humor”, es una respuesta biológica de defensa.
Finalmente, ocurre el fenómeno de la “invisibilidad del otro”. La deshumanización nos hace ver al prójimo como un estorbo y no como un semejante. El hogar es nuestro refugio y, al salir, sentimos que el ruido y la falta de respeto son una invasión a nuestro territorio personal. Reaccionamos con violencia porque intentamos recuperar el control perdido sobre nuestro tiempo y nuestra vida. Esta odisea no es más que el síntoma de una sociedad estresada hasta la médula, donde la vereda dejó de ser un punto de encuentro para transformarse en un campo de batalla.





