El 28 de febrero de 2026 no fue una fecha cualquiera para Irán: fue el día en que las explosiones y la tensión geopolítica convergieron en un mismo punto. Lo que comenzó como una escalada de advertencias terminó en una operación conjunta sin precedentes entre Estados Unidos e Israel, cuyos objetivos no fueron solo centros de enriquecimiento de uranio, sino el corazón mismo del poder en Teherán.
El asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei, bajo fuego extranjero, dejó al régimen en una encrucijada histórica. Entre las primeras consecuencias emergió una sucesión ejecutada a contrarreloj: la transferencia del poder hacia su hijo, Mojtaba Jamenei, concretada en pleno ojo de la tormenta y en medio de la escalada del conflicto.

Pero mientras los misiles dominan la escena internacional, la verdadera presión se siente dentro de Irán, donde la crisis ha dejado al descubierto un país profundamente dividido. No existe una voz única: mientras los sectores más conservadores se apresuran a preservar el régimen de los ayatolás, parte de la población y comunidades iraníes en el extranjero ven en el escenario actual una oportunidad para recuperar la democracia. Detrás del frente militar y de la disputa entre potencias, otro conflicto atraviesa al país: el de una sociedad que desde hace meses protagoniza protestas, muchas de ellas encabezadas por mujeres que reclaman mayores libertades y cambios políticos.
Para comprender las múltiples capas de esta crisis y hacia dónde podría inclinarse la balanza de un Irán fracturado, la licenciada en Relaciones Internacionales Agustina Bonatti analizó, en diálogo con Hoy Día Córdoba, los escenarios posibles tras el inicio de una nueva guerra. Según Bonatti, Irán es una pieza clave en la pugna entre las dos grandes potencias globales: Estados Unidos y China.

“Hoy nos encontramos frente a un sistema bipolar, donde los polos son Estados Unidos y China. Israel se alinea con los intereses norteamericanos, mientras que Irán se acerca comercialmente a China, destino del 90% de su petróleo. Esta puja, que se remonta a la Revolución Islámica de 1979, se ha intensificado ante las denuncias del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) sobre el enriquecimiento de uranio iraní. Frente al fracaso de la vía diplomática, Estados Unidos intenta debilitar a los aliados de China antes de que la República Popular pueda crecer militarmente para hacerle frente, mientras Israel busca su propia supervivencia y consolidación regional”, explica Bonatti.
El conflicto repercute a nivel mundial en diversas áreas. Según la especialista, la ofensiva obliga a los países a posicionarse y reconfigura el comercio internacional. Varios estados de la región enfrentan dificultades para acceder a sus salidas al mar, mientras que las rutas aéreas permanecen interrumpidas en distintos puntos, lo que complica el intercambio comercial.
“Si las rutas energéticas o corredores marítimos como el Estrecho de Ormuz continúan siendo interrumpidos, se espera que los precios de los alimentos se disparen, los sistemas de salud se vean presionados y los suministros básicos se reduzcan en los países que dependen de importaciones”, explicó.
Sin embargo, Bonatti considera que el complejo panorama también puede representar una oportunidad para otros países, entre ellos Argentina. En ese contexto, surge la pregunta sobre quién será el próximo proveedor de petróleo de China. “Así, nuestro país aparece en la escena internacional como un gran productor de petróleo y gas a gran escala, un futuro productor de cobre y un consolidado productor de litio, todos ellos recursos estratégicos para las potencias”, destacó.
Futuro del régimen: ¿crisis o continuidad?
El asesinato de Alí Jamenei marcó un punto de inflexión en Irán y puso en jaque la estabilidad de un gobierno que llevaba más de tres décadas al frente del país. En este contexto, Bonatti plantea que quienes permanecen en la estructura del régimen —o han debido asumir responsabilidades más altas— buscarán transmitir al mundo una imagen de continuidad y control.
Sin embargo, este desafío sucesorio no ocurre en el vacío; el régimen ya daba señales de un profundo deterioro interno mucho antes de los recientes ataques. Las protestas que acompañan el conflicto actual tuvieron su origen el 28 de diciembre de 2025, tras un brusco hundimiento de la moneda iraní en un contexto de inflación galopante, mala gestión estatal de servicios esenciales y una degradación crítica de las condiciones de vida.
Las manifestaciones se extendieron rápidamente por todo el país y fueron reprimidas con violencia. Según cifras oficiales del gobierno iraní, al menos 3.117 personas murieron durante la represión, aunque organizaciones internacionales estiman que el número real podría acercarse a las 7.000 víctimas.
“Indignados, una vez más, por años de represión, exigían un cambio que venía de la mano con un sistema político que respete los derechos humanos y la dignidad de sus habitantes. Las protestas se convirtieron en manifestaciones masivas en las calles de todo el país que pedían el fin del sistema de la República Islámica”, recordó Bonatti.
Bajo este telón de fondo de fragilidad social, Bonatti destaca que Estados Unidos y sus aliados interpretan una eventual caída del régimen como algo inminente y parte de la solución al conflicto. A su entender, esta visión podría subestimar el peso del nacionalismo en la sociedad iraní, un factor que dificultaría la eventual transición hacia valores promovidos por Occidente.
Mientras tanto, Teherán ha desplegado una serie de respuestas destinadas a enfrentar la crisis. Desde el inicio del conflicto con Estados Unidos e Israel, Irán lanzó misiles y drones contra distintos puntos del Golfo Pérsico, que alcanzaron bases militares y misiones diplomáticas estadounidenses. La ofensiva golpeó principalmente a la ciudad israelí de Tel Aviv, aunque sus efectos se extendieron a otros lugares: ataques contra hoteles, el cierre de aeropuertos y daños en infraestructuras petroleras en distintos países, con un saldo de víctimas fatales y heridos.
En paralelo, los bombardeos sobre territorio iraní han provocado un elevado costo humano: el número de muertos en el país ya supera las 1.300 personas, según las estadísticas de la Media Luna Roja Iraní.

La lucha de las mujeres en un país dividido
En medio de la crisis política y las protestas, la sociedad iraní también muestra profundas divisiones entre quienes respaldan la continuidad del régimen y quienes reclaman cambios estructurales. En ese escenario, la cuestión de las mujeres se ha convertido en uno de los ejes centrales del debate público y de las movilizaciones.
Bonatti señala que las mujeres están en el centro de la escena desde que Irán se consolidó como una teocracia chiita. Desde entonces, las leyes del país se rigen por la interpretación de eruditos religiosos, lo que limita la posibilidad de un sistema democrático pleno y mantiene profundas restricciones legales y sociales sobre las mujeres.
Si bien pueden acceder a la educación y al voto, sus derechos civiles y penales están severamente condicionados y, en muchos casos, dependen del consentimiento de un hombre de la familia. Esta brecha también se refleja en el ámbito laboral: aunque el 60% del estudiantado universitario está compuesto por mujeres, solo el 14% logra insertarse en el mercado de trabajo.
“Cuando hablamos de las protestas y movilizaciones se observa que muchas nacen en el ámbito universitario. En ese sentido, las mujeres han ocupado un rol central dentro de los grupos que se manifiestan contra el régimen. Nada es fácil: deben luchar para imponerse y para que se reconozcan sus derechos en un país donde enfrentan discriminaciones en todos los niveles”, sostiene Bonatti.

Este escenario también refleja la profunda división que atraviesa la sociedad iraní. El país enfrenta desde diciembre pasado una creciente presión de movimientos opositores que, sin embargo, se encuentran fragmentados, lo que dificulta la articulación de una alternativa política unificada.
Muchos de estos grupos están integrados por líderes en el exilio o miembros de la diáspora iraní. Entre los sectores opositores más visibles se encuentran los monárquicos encabezados por Reza Pahlavi, los Muyahidines vinculados al Consejo Nacional de Resistencia de Irán y la coalición Hamgami, que promueve la separación entre religión y Estado. A ellos se suman las minorías kurdas y baluchis, donde las protestas han sido especialmente intensas.
Con un conflicto que combina tensiones internas y presiones internacionales, el rumbo que tomará Irán aún es incierto. En este sentido, Bonatti sostiene que el desenlace de la crisis iraní podría derivar en distintos escenarios.
Uno de ellos contempla que, tras una rápida escalada militar, Estados Unidos logre debilitar o remover al régimen y establecer un control temporal del territorio hasta convocar a elecciones, una alternativa que favorecería principalmente a Washington e Israel. Un segundo escenario plantea que el régimen actual logre mantenerse en el poder e incluso fortalecerse, continuando con una política militar incierta y con el desarrollo de su programa nuclear. Finalmente, la analista menciona una tercera posibilidad: el surgimiento de un nuevo liderazgo dentro del propio sistema, capaz de negociar reformas internas en materia de derechos y represión, así como acuerdos externos con Estados Unidos e Israel.
En cualquier caso, advierte que el conflicto tendrá un fuerte impacto en el comercio internacional y en las relaciones económicas globales. “Sin embargo, con Donald Trump al poder, pocas cosas son predecibles”, concluyó Bonatti.









