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Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

Trabajo en casa

En 1767 el gobierno británico publicó por primera vez el Almanaque Náutico, una guía para los navegantes de ultramar que contenía información vital sobre el movimiento de los astros, las mareas y la actividad de los puertos. El Observatorio Real de Greenwich fue la institución encargada de la publicación, cuya elaboración requirió de cientos de observaciones y miles de cálculos.

Hizo falta, para ello, reclutar a decenas de calculistas. Como era imposible encontrarlos a todos en la misma ciudad, por más que ésta fuera Londres, las autoridades del Observatorio organizaron una inmensa red de comunicación a lo largo y ancho del país, que conectaba a los calculistas para que trabajaran desde su casa. A cada uno de ellos les llegaba por correo una serie de datos y tablas (en catorce libros) e instrucciones sobre cómo debían procesarlos e ingresarlos, luego, en unos formularios que se adjuntaban en el mismo envío. Estos formularios preimpresos contenían secciones que indicaban paso a paso qué valores tenían que buscarse y en qué tablas. Como sostiene la historiadora de la ciencia, Lorraine Daston, “era trabajo a destajo realizado en el hogar y que a menudo involucraba a otros miembros de la familia”. Las personas que realizaban esta tarea eran denominados “computers” y conformaban la mano de obra del trabajo intelectual, similar al trabajo manual que los trabajadores desarrollaban en los talleres manufactureros. De hecho, es posible que las autoridades del Observatorio hayan tomado la idea del trabajo domiciliario que ya había implementado la industria textil.

La oficina

Casi un siglo después, en la década de 1840, el observatorio cambió de estrategia y centralizó a todos los computadores humanos en su propio edificio. Ese fue el modelo que adoptamos aquí, cuando, en 1871, el presidente Domingo Faustino Sarmiento fundó en Córdoba el Observatorio Nacional Argentino. (Ver la nota de Diego Tatian, en la página 6 de esta edición). Su primer director, Benjamín Gould, le escribió una carta al año de haber asumido manifestándole su preocupación por la falta de mano de obra para realizar cálculos, los cuales requerían cierto nivel de conocimiento matemático y demandaban "un tiempo cuatro y más veces mayores que el de observación". Santiago Paolantonio cuenta que entonces se contrató personal provisorio “provisto por la Universidad y la exigua clase científicamente formada de Córdoba", a pesar de ello "las observaciones se comenzaron a acumular por miles, y para 1875 los cálculos estaban extremadamente atrasados”. A diferencia de Inglaterra, aquí no había recursos para establecer una red nacional de calculistas domiciliarios, y probablemente tampoco haya habido la cantidad suficiente de mano de obra capacitada en esa tarea.

Calculadoras mecánicas

Recién en la década de 1940 el Observatorio de Greenwich comenzó a incorporar las primeras calculadoras mecánicas, lo que permitió reemplazar en algunos cálculos a los computadores humanos. Una serie de cartas muestra que a finales de esa década también el Observatorio de Córdoba había incorporado máquinas de calcular. En una de esas cartas, en las que se realizaban gestiones para la reparación de máquinas existentes y la compra de otras nuevas, se afirmaba también que las tablas de cálculo ya se realizaban para ser procesadas por éstas, dado que “el cálculo directo a máquina, en este caso y en otros análogos, se impondrán cada vez más”. Aunque no fue el caso de Córdoba, al menos en esa época en Londres la incorporación de máquinas permitió contratar masivamente a mujeres, que no tenían una formación matemática académica, puesto que estaban excluidas, por lo que también se les pagaba menos. Además, para evitar “complicaciones”, el servicio civil británico prohibió contratar a mujeres casadas.

Los observatorios astronómicos posiblemente hayan inaugurado un ícono del mundo laboral en el siglo XX, que luego se extendería a todos los ámbitos: la oficina. Estos espacios centralizados reúnen en un mismo lugar a trabajadores y trabajadoras para que desempeñen tareas intelectuales, ayudados por diferentes dispositivos tecnológicos y supervisados por una autoridad. La oficina se convirtió así en el costado administrativo de la fábrica, que tenía el mismo esquema. Con el tiempo, las computadoras mecánicas devinieron en computadoras digitales. Las calculistas, por su parte, devinieron secretarias, y sus supervisores varones, en jefes. Un esquema de división de trabajo atravesado por el género que los feminismos han denunciado históricamente.

Pegar la vuelta

Aunque ya salió la versión 2021, probablemente, la publicación del Almanaque Náutico, en la era del GPS, tenga los días contados. También las oficinas. Ambos por el mismo motivo: internet. La palabra navegar, en nuestros días, está asociada al tránsito por una red global de computadoras digitales, cuya explotación comercial comenzó en 1993. La red de intercambio de archivos que el Observatorio de Greenwich había montado en el siglo XVIII ha encontrado su realización a escala planetaria gracias al dominio de la electricidad, que además de energía se ha constituido como el soporte y transporte de información. El trabajo domiciliario de los calculistas ha sido rebautizado como “Home Office”, y en la primera década del siglo XXI ya era una modalidad instalada en muchas empresas, para reducir costos y solucionar problemas de logística en relación con la mano de obra.

Por otra parte, aquellas instrucciones “paso a paso” que llegaban por correo, actualmente son programas o algoritmos que llegan directamente a las máquinas, a las cuales, coherentemente, se les ha trasladado el nombre de “computadoras”. Estas máquinas, además, se han vuelto tan sofisticadas que no solamente realizan cálculos, sino que prácticamente pueden hacer cualquier cosa que se les ordene.    Por ello, el “Home Office” es una modalidad que puede adoptar tanto el astrónomo como el asistente de dirección de cine. En consecuencia, desde hace unos años las oficinas se han ido despoblando y los centros de las grandes ciudades, poco a poco, van quedando vacíos. Un fenómeno que antes de la pandemia ya era interesante para los sociólogos y relevante para los urbanistas, parece consolidarse ahora. Los trabajadores y las trabajadoras migran a las periferias de las ciudades, o a ciudades más pequeñas, donde la vida es más tranquila y barata, y el puesto de trabajo está en el living. En ese contexto, desde las entrañas del pasado emergen antiguas figuras, ahora en versión cyborg, como los “freelancer”, trabajadores independientes que realizan tareas desde su casa, sin pertenecer a ninguna empresa y a ningún país, y que reciben su nombre (“lanza libre”) de los mercenarios medievales que luchaban por cualquier nación o persona que les pagara.

Ciertamente, la historia no es lineal ni va “hacia adelante”. Las tendencias se revierten, los nombres se resignifican, las prácticas se reciclan. Aunque los escenarios parecen repetirse, nunca son los mismos. Pero si aguzamos la mirada, vemos un montón de viejas novedades. Y el tiempo no para.

 
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