Lawrence Ferlinghetti

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Oye viejo Lawrence, pero… ¿qué has hecho? ¿Cómo se te ocurre morirte? Tórrido y húmedo verano por aquí en Córdoba. No todo el Sur es frío como el de tu amigo Parra. Anoche, así, en pantalones cortos y ojotas, es decir, de entre casa, me entero que te fuiste. Y debo confesarlo: se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Te reís? Claro, y bueno, a mí todavía me queda algo de esa estúpida solemnidad que ustedes combatieron. A propósito del plural, ¿ya te viste con el grupo? Qué no pagaría yo por sentarme en el puente, con los pies colgando, viendo pasar los autos furiosos por la autopista, los ojos mareados por el LSD, el cigarrillo en la mano derecha, y la voz aullante de Allen. ¿A dónde van las luces, viejo Lawrence? Todo sigue siendo psicodélico en el mundo, solo que por estas latitudes somos demasiado tangotrágicos.

Trato de escuchar tu voz y viene así como de la nada un primer verso: “I am signaling you through the flames”. Mi inglés es tarzánico. Mi, no entender casi nada, yo hablar aún peor. Pero quiero escucharte en tu propia lengua. ¿Sabés una cosa?, odio tu país. Pero el odio no es bueno ya lo sé. ¿Lo decís vos o es Jack, que te sopla al oído las consignas del budismo zen? Vamos, viejo Lawrence, lo que quiero decirte es que si puedo amar algo, es esa irreverencia que tuvieron, ese cagarse en todo el poder y reírse a carcajadas de manera tan seria, tan honda. Por eso, espero que los editores del diario dejen los versos en inglés. Sabes algo, viejo y desconocido amigo, aunque no lo creas, a veces me dejan solamente la traducción. Hay que ahorrar líneas. Pero esta vez confío que vas a quedar así en la dulce aspereza de tu idioma. Igual voy a traducirte con ayuda de tu amigo Esteban Moore: “Te estoy enviando señales a través de las llamas”. En un principio pensé en los fuegos posibles de esta ciudad mediterránea, pero qué cuernos iba a encontrar en esta pequeña isla de cemento. Una tímida hornalla de cocina. Idiota yo. El fuego temblaba –que digo temblaba, tiembla- ahí, en la biblioteca. Cada librito tuyo, pura llama llamando. Moore y Gandolfo los traductores. Ya te dije, no manejo bien tu lengua. Alguna vez intercambiamos un mail en francés. Una formalidad, para qué voy a fingir. Pero siempre tan delicado, tan cercano a los desconocidos.

Puedo imaginarte, ahí, de pie, apoyado en la puerta de la librería, con un ejemplar de “Aullido” en la mano. Conjeturo que me hablás, abanicándote con el libro de Allen, como diciendo entre dientes, hagamos que sirva para algo, y te reís. Te escucho: “Instead of trying to escape reality, plunge into de flesh of the world”. Moore, Esteban Moore, ayúdame, please: “En lugar de intentar huir de la realidad, zambullite en las carnes del mundo”. Ah, ah, ahora entiendo. Pero sabés una cosa, Lawrence, tenemos una realidad dura, muy dura. Bueno, pero ¿qué te voy a contar yo? Pienso en las carnes del mundo, pienso en cómo desacartonaron tanto la poesía de la época. La llenaron de falos y vaginas. Bueno, vamos viejo Lawrence, hay que decirlo, ni falos ni vaginas, pijas y conchas. A ver, no sé. Qué opinarán Gandolfo y Moore, ¿será esta una buena traducción? Será como decía tu amigo Allen Ginsberg, “la revolución del cordero erótico”. Decime, decime cómo están las cosas por allá. Porque tiene que haber un allá ¿no es cierto? Yo todavía trato de aprender de ese verso que me sigue quemando en los talones: “If you have to teach poetry, strike your blackboard with the chalk of light” (Si tenés que enseñar poesía, golpeá la pizarra con la tiza de la luz). No podés ser así. Ando como loco buscando esa tiza.

Pero volvamos a los amigos, ¿viste a Ginsberg? ¿Y Corso? Vos lo dijiste tan claro alguna vez: “El mundo es un hermoso lugar… pero justo en la mirada de todo llega sonriente el funebrero”. Convengamos, querido amigo que 101 años es una edad bastante holgada para esperar al funebrero, que se debe haber sentado en la puerta de la City Light Books preguntándose: ¿y ahora cómo me llevo yo a este tipo? ¿Y la muerte? ¿Qué te dijo la muerte? ¿O es una señora muda? ¿O tal vez no es señora y es un señor de traje y corbata, completamente aburrido? Creo que ya sé lo que vas a decirme: “Why live in the shadows? Get yourself a seat in the Sun Boat”. (¿Por qué vivir en las sombras? Hacete un lugar en el barco del Sol).

Pensé que eras eterno, Lawrence. Una pléyade de poetas me dice que serás eterno en tus libros, en tus poemas, pero no, no. Me refiero a que teníamos una espalda, un lugar donde recostarnos. Ahora vamos a tener que dejar de ser niños. Vamos a tener que crecer, Lawrence. ¿A dónde vamos a dirigir nuestra mirada cuando estemos perdidos? Y ustedes, colegas, cállense, no me digan esa estupidez de volver a su poesía, eso ya lo sé, ya lo sé. Estoy hablando de otra cosa. Estoy diciendo que se nos ha muerto nuestro padre, y que tengo ganas de llorar, y en la tanguitragedia típica argentina solo me veo agitando una mano en el viento para decir: adiós, adiós, viejo Lawrence, yo pensé que eras eterno.

 
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