Escribiré algo que, según anticipo, causará desagrado. Aunque lamento la pérdida estética, creo que lo que sucedió con el fin de Notre Dame puede llamarse en términos clásicos krisis y kairós.
Para muchas personas puede ser una oportunidad, un tiempo propicio para pensar y evaluar mil años de una influyente parte de nuestra historia. Es que Notre Dame, mucho más que la renacentista basílica de San Pedro, era el símbolo de la cristiandad. De la cristiandad, que solo es una parte –aunque tremendamente influyente- del cristianismo.
Su belleza y valor simbólico, así como los tremendos logros lógicos y filosóficos de su época no pueden enceguecernos ante lo que dio lugar, o sea un mecanismo de poder casi siempre aliado de los poderosos y en detrimento de los débiles. Y para quienes impenitentemente y contra todo escarmiento todavía sostenemos que algo queda valioso en los discursos y prácticas denominados cristianismo, esta incineración es una gran posibilidad. Roma no está en Roma, escribía Romain Rolland. La mampostería y la piedra, por bellas que sean, nada tiene que ver con la reunión de los vivientes… que ya no se sentían allí en casa.
Sabíamos ya que Dios ha muerto, y que la cristiandad –con su imposición de prácticas, dogmatismos y violencias– es una estrella cuya luz todavía vemos pero que ya se ha apagado, como dice Hugo Mujica. Pero sucede algo notable: por apagada que esté, lo que se llamó katechonta, o sea, las estructuras administrativas que permitieron al cristianismo imponerse, extenderse y perseverar en el tiempo, siguen subsistiendo. Fueron eficientes y al mismo tiempo un salvavidas de plomo, que le permitió a la institución extenderse a costa de su propio espíritu.
Mis amigos nietzscheanos y pragmatistas seguramente rechazarán esta separación entre los efectos históricos y el “espíritu” o “mensaje” cristiano. A su modo tienen razón, porque ese “espíritu” también fue una práctica, ciertamente no imperante, pero persistente. No podemos separar entre “ellos” y “nosotres”, porque nuestra historia, tanto de los que usaron esa tradición en desmedro de la vida como los que la usaron como inspiración liberadora, está ligada.
Romano Guardini en “El fin de los tiempos modernos” hacía una crítica a esta época carente de símbolo, admirando –como los románticos– aquel medioevo jerárquico, simbólico y estructurado. Aunque ya había terminado hace mucho, como las estrellas apagadas, ahora también constatamos su extinción con las últimas luces del fuego. Es el certificado de defunción de los tiempos medievales.
Un querido amigo, pensando estas cosas, me dijo: “Para mí el cristianismo tiene que morir de una buena vez, si es que alguna vez va a resucitar”. Aquí, morir significa llevar hasta su agotamiento la secularización, radicalmente, hasta que el fuego se apague del todo. Quizás, en la oscuridad de la noche, sin las prótesis simbólicas, cuando las palabras solo sean un grito, podremos reunirnos en nuestra fragilidad. Como en la noche donde desapareció un cuerpo, y todo empezó.









