Un estudio originado en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), reveló que a fines de 2017 existían 820.800.000 de personas que sufrían hambre en el mundo; de los cuales 515.000.000 corresponden al Continente Asiático. En el año 2005 estaban en esa situación 945.000.000, pero hasta el año 2014 siguieron un ritmo descendente que los redujo a 784.000.000. Desde entonces, esa tendencia se revirtió a punto tal que a fines de 2017 ascendían a 820.800.000; y viene acelerándose en forma notoria, solo ese año se verificó un incremento de 46.500.000. Esta preocupante situación ha sido ratificada por diversas reparticiones de la ONU y el hecho que ello suceda en forma continuada desde hace cuatro años debe ser motivo de estudio para tratar de evitar que se extienda.
La subalimentación había retrocedido durante una década (2005/14) pero desde entonces ha comenzado a crecer con singular rapidez. En la actualidad uno de cada nueve habitantes sufre hambre y en ese contexto en Sudamérica para 2014 se estimaba que afectaba a 38.500.000 y que al finalizar 2008 se habrían superado los 39.000.000; lo cual ha sido ratificado por la FAO. El virtual estancamiento, aún con una leve tendencia a que se incremente incluye a nuestro país. Esa tendencia a la creciente inestabilidad en las regiones dominadas por conflictos, así como a los fenómenos climatéricos adversos y la desaceleración económica que han afectado a otros lugares, ha empeorado la situación en materia de seguridad alimenticia.
Se suman las graves sequías originadas por el fenómeno “El Niño” durante el bienio 2015/16. Ello ha provocado una significativa merma en el agua disponible y tales condiciones no permiten que crezcan suficientemente los cultivos ni el pasto para los animales. Por lo tanto, en los países dependientes de la producción agrícola se ratifica la opción por la alimentación humana, aunque millones de personas carecen de ella en medida suficiente. La escasez de lluvias se convierte en causa directa para un 80% de las pérdidas y consiguientes daños generados por el mermado ritmo de producción, tanto agrícola como pecuaria.
El informe citado ratificó que nuestra región sufre en muy menor medida de una aguda desnutrición infantil (1,3%) pues implica a 700.000 niños menores de cinco años, y en América latina la situación es bastante semejante pero se eleva a 1,7% de la misma (alrededor de 10.000.000) pero a nivel mundial esa relación se eleva a 7,5% de dicha franja poblacional. No puede olvidarse que Argentina registra una producción agrícola total anual de alrededor de 125.000.000 de toneladas que permiten concretar exportaciones para atender alrededor de 400.000.000 de habitantes, incluyendo las habituales exportaciones a Brasil, Chile, Bolivia, Europa y China, cuyas producciones locales resultan insuficientes para atender a sus poblaciones. En nuestro país, tanto la producción pecuaria como el consumo actual -por partes iguales- corresponde por un lado a carne vacuna; mientras la otra mitad se distribuye entre pollos y porcinos que se han incorporado con singular firmeza a la dieta diaria de la población, que hasta un poco más de una década atrás hacía sentir su entonces indiscutida preferencia por la vacuna.
La pobreza en el tramo infantojuvenil
En estos aspectos gravita en forma decisiva el nivel de ingreso que poseen las familias. Es muy significativo que en la franja de la población (30%) que dispone de menores ingresos, las familias tengan mayor cantidad de hijos y, en promedio, estén constituidas por 5.7 miembros; mientras en el restante 70% (del cuarto al décimo decil) cuyos componentes, obviamente, disponen de mayores recursos, esa formación -también en promedio- sea de solo 3.7 miembros. Los especialistas consideran que tan notable diferencia se debe a la carencia de conocimientos en cuanto a las relaciones de pareja; lo cual explica que en el 30% de inferior ingreso se concentre el 48,5% de los niños y jóvenes hasta cumplir 16 años edad. Por lo tanto, la adecuada regulación de las relaciones sexuales por parte de la población en todos los continentes y países que los integran, constituyen los factores decisivos.
En nuestro país el mayor o menor nivel de ingresos también permite establecer diferencias por región. En el Gran Buenos Aires, los pobres cubren el 24,2% de la población pero esta relación es menor en las otras cinco regiones. En las regiones NEA incluyen al 21,5% y en el NOA al 17,6%. A su vez, en la Región Centro, al 17,2%; mientras en Cuyo y la Patagónica se reducen al 14,8 y 14,7%, respectivamente. Las privaciones pueden ser monetarias y no monetarias. Estas últimas se modifican lentamente y no gravitan en las comparaciones anuales aunque en el período analizado se afrontando una crisis. En cambio, las monetarias suelen hacer oscilar en forma notoria el poder adquisitivo e inciden directamente sobre el nivel de vida de las familias.
Se suele referir que la pobreza puede ser multidimensional y, para considerarla como tal, se deben concretar ciertas circunstancias que requieren una explicación. La misma se verifica cuando los niños no concurren al colegio, saltean comidas, se duermen con hambre, carecen de vestimenta y calzados adecuados, estar privados de oportuna atención médica, viven en una vivienda sin electricidad y agua potable, en condiciones de hacinamiento y con espacios inseguros.
La proliferación de la obesidad
Afecta al 25% de los habitantes de nuestra región y abarca a todos los sectores sociales, incluso a los más humildes, y es debido a las condiciones que vienen prevaleciendo en materia de alimentación, especialmente durante las dos últimas décadas. Ello es muy notorio incluso en países importadores netos de alimentos, donde se consume preferentemente comida procesada. Se ha estimado que para 2016, en nuestra región sudamericana, existen 104.700.000 de adultos obesos pero en los últimos cuatro años los mismos se incrementaron en 16.000.000. No se debe a una mejor situación económica sino a las equívocas modalidades alimenticias, especialmente en los sectores de escasos ingresos que no pueden ni saben seleccionar los componentes de sus dietas y ha generado una virtual “epidemia fuera de control” pues los componentes diarios de las mismas suelen ser totalmente inadecuados. Obviamente, donde el hambre azota con máximo rigor a la población es África, especialmente en la región Subsahariana, que constituye la mayor masa de hambrientos (30,4%). Los especialistas admiten que no menos del 22% de la población mundial en la franja de niños menores de hasta cinco años puedan sufrir problemas de raquitismo; lo cual se considera no sucederá en Argentina ya que la inadecuada composición de las dietas en nuestro país fomenta la obesidad pero no constituyen un peligro vital. A nivel mundial, el continente Asiático aparece con la mayor cantidad de habitantes que sufren hambre con 515 millones de personas, que representa el 11,4%.









