De togas y pelucas

El jinete insomne | Por Patricia Coppola

Ya teníamos bastante en nuestro país con el “dialecto judicial” en procedimientos escritos que pocos entienden; y con la arquitectura de los “palacios de justicia”, donde todos se pierden, como modos en que nuestra administración de justicia exhibe sus veleidades monárquicas, para que, además, a algunos, como en la provincia de Mendoza, se les ocurra vestirse con toga. “La toga cumple una función simbólica de igualar, de que la ley es para todos, de que el juez es un engranaje del sistema y no tiene singularidad. Hace lo que la ley dice y no tiene voluntad propia, solo aplica la ley”, declaró a los medios de prensa el profesor de Derecho en la Universidad Nacional de La Pampa, Gustavo Arballo. Si es así, bien podríamos reemplazar a los operadores del sistema judicial por robots. O mejor: por robots con toga, por las dudas se les escape algo de la propia voluntad. También podríamos imaginarnos en los procedimientos escritos -como lo son la mayoría en nuestros sistemas- a jueces, fiscales, defensores y demás sentados en sus oficinas, vestidos con toga, para demostrar lo iguales que son entre ellos frente al resto de los mortales. Y si les queda incómoda, podrían ponerse un guardapolvo blanco, o cualquier otra vestimenta, total, nadie los ve.

¿Por qué la toga?, le preguntaron al Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Carlos Rosenkratz: “porque me parecen que recalca el hecho de que sólo tenemos autoridad en el momento en que juzgamos, y que después somos seres comunes, simples ciudadanos. Cuando nos togamos, nos tenemos que desapoderar de nuestra propia identidad, y lo crucial de ese desapoderamiento es abdicar de nuestras propias convicciones morales, que son solamente nuestras”. No se me había pasado por la cabeza que la toga representaba desapoderamiento de la identidad. Pero si así fuera, estaría bueno, por ejemplo, ponerles toga a los policías, para que los delincuentes adviertan una actitud no discriminatoria. Y tampoco les vendría mal a algunos profesores de abogacía un poco de abdicación de sus propias convicciones morales, sobre todo a la hora de tomar exámenes, lo que supone una especie de juicio imparcial del profesor acerca de los conocimientos del estudiante.

Convengamos que, en la Argentina, nunca se exigió ni existió la cultura del uso de la toga, pero es casi universalmente reconocida como símbolo que identifica a los jueces y al mundo de los profesionales del derecho. Sólo se observa en algunos actos académicos, como el de colación de grado de la Facultad de Derecho de Córdoba, donde la usan la mayoría de los egresados de la carrera de abogacía.

Sin mucha pretensión científica, hagamos un poco de historia. Dicen que dicen que la toga era la vestimenta preferida de Rómulo, así que en la Antigua Roma la adoptaron. Era de color blanco y se ponía sobre la túnica. Primero la usaban tanto hombres como mujeres, con el tiempo fue sólo para los hombres y para los ciudadanos romanos. Para Virgilio, los ciudadanos de Roma eran “rerum, dominos, gentemque togatam”, o sea “los dueños del mundo y la raza que viste toga”, con la que se diferenciaban de los esclavos y de los bárbaros.

Toda esa tela encima no debe haber resultado muy cómoda para realizar tareas de gente común, como cosechar verduras o limpiar las calles, así que nunca fue muy popular y fue quedando relegada para el uso ceremonial de las clases altas.

Otro elemento que suele acompañar a la toga, que aún no se le ocurrió a nadie proponer su uso en nuestro país, es la peluca. Originalmente se usaba, como en la actualidad, para esconder la calvicie. Pero parece que la razón por la que comenzó la tradición inglesa de su uso por parte de los jueces tuvo que ver con una suerte de disfraz, que les permitía no ser reconocidos por los familiares de los criminales condenados y así evitar ser agredidos por ellos. Con posterioridad se instala, ya no para disimular la calvicie o buscando el anonimato, sino para trasmitir imagen de dignidad e imparcialidad en los juicios. Hoy casi no existe en la práctica de jueces y abogados el uso de peluca, salvo en Inglaterra, donde todavía la utilizan con fines ceremoniales o en juicios magnánimos junto con la toga.

De lo que se trata, y eso es lo que realmente importa, es que, además de los atuendos en uso o desuso, a través de mecanismos menos visibles -como la falta de transparencia de la cultura del trámite y su lenguaje incomprensible- la administración de justicia se las ingenia para ocultar el trabajo del menos democrático de los poderes.

 
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