América en la Ruta de la Seda

Por Esther Jorge Ricart

China se presenta como un país que, mediante su “Nueva Ruta de la Seda Digital” (DSR, por sus siglas en inglés), busca ayudar a países de renta media o en vías de desarrollo a cerrar la brecha digital. Sus objetivos: fortalecer la infraestructura de Internet en otros países, profundizar en cooperación espacial, desarrollar estándares tecnológicos comunes, y mejorar la eficiencia de los sistemas de seguridad y policía de países socios.

Entre el anuncio de la Ruta de la Seda Digital en un Libro Blanco publicado por el gobierno chino en 2015, y la primera vez que América del Sur aparecía como región de interés en cooperación al desarrollo en 2017, solo pasaron dos años. Meses después, en enero de 2018, se formalizaba la entrada de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) a la Ruta de la Seda en el Foro China-CELAC. Desde entonces, los programas de la Ruta de la Seda se han ido desplegando en la región. Ya antes de 2015, China invertía en el sector tecnológico, especialmente en las telecomunicaciones. Por ejemplo, Huawei recibía 240 millones de dólares de Electricidad Costarriqueña en 2009, o 300 millones para la construcción de satélites para Bolivia en 2013.

La diferencia con la Ruta de la Seda Digital es que ahora es difícil encontrar una lista definitiva o cerrada de proyectos. Tampoco hay criterios oficiales publicados sobre qué se considera o no un proyecto de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda (BRI por sus siglas en inglés). Aunque estos megaproyectos suelen financiarse con préstamos de bancos como el EXIM (Export-Import Bank of China), no hay un patrón. Por otra parte, sólo unos pocos países de América Latina tienen programas de inversiones, estrategias u hojas de rutas dedicadas a lo digital. La mayoría de países también se han unido, y han creado “eLAC”, una alianza para fomentar la Agenda Digital en LATAM. 

Es aquí donde entra la Unión Europea (UE). Que el sector de las telecomunicaciones aparezca como primer sector estratégico es un asunto relevante para la UE. Las tres empresas que lideran el desarrollo y despliegue de hardware en 5G en LATAM son Huawei, y dos empresas europeas: Ericsson (Suecia) y Nokia (Finlandia). Sin embargo, Huawei ha apretado el acelerador en los últimos años y su paquete de acuerdos y despliegue ya supera el total de los de Nokia y Ericsson en su conjunto. Además, con tecnologías de última generación 5G, y no con 4G, donde las europeas siguen trabajando. Las compañías sueca y finlandesa ya argumentaron en 2020 que se sentían excluidas en las negociaciones sobre 5G en la UE, y pedían mayor apoyo por parte de los Estados miembros para no perder competitividad global.

Pero no todo es 5G. Los cables submarinos se han convertido en activo estratégico para China. China Unicom y Huawei Marine Networks anunciaban en 2017 un acuerdo con Brasil para construir un cable de fibra óptica submarino en el Atlántico que conecte Brasil con Portugal a través de Cabo Verde. Un proyecto similar entre Brasil y Camerún terminó en 2018. Lo mismo ocurre con acuerdos para cámaras de reconocimiento facial mediante inteligencia artificial entre ZTE y el Programa de Seguridad Ciudadana de Bolivia; o la provincia argentina de Jujuy.

La presencia de tecnologías críticas de origen chino conectando LATAM con un país europeo, así como la pérdida de mercado de compañías europeas, deberían ser una llamada de atención para la UE para avanzar en políticas estratégicas. Por ejemplo, cuando Chile anunció un acuerdo de cable submarino con China, que conectaba Chile-Auckland-Sydney-Shanghai, el gobierno de EEUU reaccionó rápidamente, incluyendo una visita al país del anterior secretario de Estado, Mike Pompeo. Poco después, Chile anunciaba que la ruta finalizaría en Sydney, y el proveedor pasaba a ser la japonesa NEC.

Este escenario plantea la necesidad de que la UE articule su estrategia con LATAM en dos sentidos: en intensidad y en alcance. La UE debería incrementar las capacidades e instrumentos existentes del Servicio Europeo de Acción Exterior dirigidos a la región. Desde Bruselas, se debería reconsiderar la estrategia con América Latina, con un apoyo mayor a las empresas europeas. El papel de España en este sentido resulta clave. Una estrategia de política tecnológica para España debería incluir la mirada a América Latina como región estratégica, y medidas específicas para China en este asunto. Si los lazos históricos, el entendimiento cultural y las inversiones económicas han sido algo recurrente, en lo tecnológico lo debería ser todavía más si España no quieren quedarse atrás.

En medio de la rivalidad China-EEUU, Europa no debería dejar de mirar a América Latina en el mundo de la competitividad global tecnológica. No hacerlo sería un error.

 
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